Adelanto de «Vivir en un barrio cerrado», de Ricardo Greene

Este libro pone la lupa en Nordelta, el barrio cerrado más grande de Latinoamérica, que cada tanto se convierte en noticia por la sobreabundancia de carpinchos o por las protestas de las empleadas domésticas. A contrapelo del enfoque que ve a los countries como una burbuja, separada de su entorno, estas páginas cuentan cuál es el sueño de los nordelteños, qué los empujó a mudarse ahí, y cómo los dispositivos para vigilar al máximo los límites con el exterior se ven constantemente transgredidos. ¿Qué hay detrás de esa fantasía de aislamiento y control?

A través de conversaciones con taxistas, pileteros, guardias privados, policías, personal doméstico, sacerdotes, albañiles, profesoras y jardineros, y con muchos propietarios y familias residentes a quienes llegó a conocer de cerca, Ricardo Greene revela la gran heterogeneidad de Nordelta, con barrios donde vive la clase media acomodada y otros más exclusivos. En esa diversidad, advierte un sustrato común: el deseo de vivir una buena vida, sin conflictos ni tensiones, a salvo de la interacción con otras clases sociales e inmersa en una naturaleza domesticada y prácticas de cuidado del cuerpo y del alma. El autor se detiene especialmente en las zonas de pasaje y de mezcla que demuestran que las fronteras son borrosas y frágiles: cada día entran y salen 7000 trabajadores de ese santuario que se pretende autónomo, lo que debilita la promesa de un paraíso incontaminado.

Sin ánimo de caricaturizar ni condenar, Ricardo Greene reconoce en esa ética del confort el rasgo específico de las élites contemporáneas y de buena parte de los sectores medios y altos que todavía viven en las ciudades, y advierte la continuidad de prácticas de segregación y pureza racial que se remontan al siglo XIX. Al echar luz sobre las nuevas estrategias para construir ciudadanos blancos legítimos y estigmatizar a los foráneos, este libro ayuda a entender los rituales de exclusión en el mundo actual
y sus efectos en la vida colectiva.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Guardias, empleadas domésticas y un antropólogo

Las empleadas domésticas deben tomar el tránsfer cada día para entrar y salir de Nordelta. Se las puede ver en las paradas en todo momento, aunque naturalmente se ven muchas más en las horas pico. Las que trabajan cama adentro suelen tener los fines de semana libres: salen el sábado por la tarde y regresan el lunes a primera hora de la mañana. Entonces las paradas se llenan de gente y pueden pasar dos horas hasta que todos logren subirse a un transporte. “Las mañanas son lo peor”, reclama Lola, “Las filas son muy largas, hay mucha gente, y cuando estás por subir dicen ‘no más, nos vamos, ya está lleno’, y tenés que esperar al próximo. Lo mismo pasa varias veces. Algunas veces las chicas dijeron basta y cortaron la ruta”.

Una noche recibí un mensaje de texto de Gisella, la primera trabajadora de casa particular que conocí en Nordelta: “Mañana habrá una protesta en la parada, a las 7:30 am. Tratá de venir”. La llamé de inmediato para saber qué estaba pasando. “Nos hartamos. Las condiciones son cada día peores y ya no da más”, dijo. Me tomó de sorpresa que hubieran decidido actuar y en especial que armaran su protesta en la parada de Nordelta. Allí las trabajadoras domésticas no tienen un lugar “propio” y, por ende, para desafiar al orden dominante debían hacer uso de un lugar colonizado por el barrio privado. Su táctica, como cualquier táctica, era temporal y no iba dirigida a conquistar, asegurar o mantener un lugar sino solo a hacerlo suyo de manera inesperada y fugaz, a fin de mejorar sus condiciones de trabajo; querían perturbar un orden –el del otro– para ganar algo que solo recibirían cuando se restableciera el orden. En otras palabras, decidieron usar la parada de tránsfers en Pacheco, uno de los pocos lugares donde podían socializar entre pares, para crear un espacio transitorio de resistencia.

Después supe que no era la primera vez. Ya habían intentado varias veces bloquear la autopista de modo espontáneo. Rosa me contó que un día llegaron por la mañana y se enteraron de que la tarifa había subido de 1 peso a 1,5. Después de una hora esperando el tránsfer bajo una intensa lluvia, con la sensación de que “ni siquiera se preocuparon de explicarnos nada”, interrumpieron el tránsito. “Éramos tipo unas cien, todas empapadas… y no sé qué pasó, realmente, pero vi a un par cortando la ruta y de pronto estábamos todas ahí, ayudando”. Según Gallaretas¸ los guardias decidieron esperar órdenes del jefe de seguridad. Después de un rato se les ordenó despejar el acceso y todo terminó sin incidentes. “Estábamos muy enojadas pero también con mucho frío, así que luego de un rato, cuando los guardias nos pidieron movernos, lo hicimos”, cuenta Isabel.

Al día siguiente llegué a la parada de Pacheco a las 7:30 y la única diferencia que vi con cualquier día normal fue la cantidad extra de guardias: cuatro, en vez de los dos habituales. Había también unas cincuenta o sesenta trabajadoras esperando en silencio, pero ningún signo de protesta. Busqué a Gisella u otra cara familiar y no encontré a nadie, así que decidí llamarla. Ya estaba en su lugar de trabajo y me dijo que habían decidido no bloquear la autopista porque no había llegado tanta gente como esperaban y los guardias estaban sobre aviso. Esperarían un momento más oportuno.

Decidí intervenir. Durante ocho meses había estado llevando mi cámara, pero nunca la había usado en ese lugar. Recordé el consejo de Douglas: “La sociedad está sujeta a presiones externas; todo lo que no está con ella, no es parte de ella y no está sujeto a sus leyes, está potencialmente en su contra”. Conociendo como conocía las lógicas de ese espacio, sabía que en cuanto sacara la cámara todo cambiaría: me transformaría en un extraño, un ser “impropio” y quizás peligroso. Después de ocho meses, sin embargo, sentía que había saturado mi campo de investigación y que estando más tiempo allí no lograría producir más información realmente valiosa. Siguiendo la recomendación del antropólogo visual Jean Rouch, pensé usar la cámara, no para registrar un evento sino para provocarlo, trayendo a la luz elementos casi siempre invisibilizados pero que son parte del tejido social.

Crucé la calle e instalé el trípode sobre la vereda, frente a la parada. Nunca uso trípode, pero me parecía parte del ritual. Saqué la cámara, la encendí y comencé a grabar. La reacción fue inmediata: me había convertido en un sujeto amenazador. En menos de diez segundos se me acercó uno de los guardias mientras el resto supervisaba atentamente desde lejos. Caminando hacia mí, me ordenó que apagara la cámara. “O no tendré más remedio que llamar a la policía”, amenazó. En la parada, las mujeres miraban hacia los costados, desconcertadas y divertidas, mientras los choferes y el personal de la compañía de transporte sonreían. “Está prohibido grabar acá”, me dijo el guardia sin sacarme la vista de encima. “Es propiedad privada”. “Pensé que era una calle pública”, respondí “y que no necesitaba permiso”. Traté de mantener un tono tranquilo, pero su voz era intimidante. No dejaba de mirar la cámara y varias veces trató de cubrir el lente, dejando en claro que para él era un objeto que mediaba nuestra relación. Confundido por mi negativa a retirarme –era raro que la rutina se interrumpiera y más raro todavía que su autoridad fuese desafiada–, me dijo que esperara y fue a buscar a un supervisor.

Un auto se detuvo a pocos metros. Un hombre se bajó, se sentó sobre el capot y comenzó a mover las manos. Dos guardias se le acercaron y empezaron a hablar, señalándome y mirándome de tanto en tanto. Esperaban. Apagué la cámara, volví a cruzar la calle y me senté en la parada. En Notas sobre las riñas de gallos en Bali, Clifford Geertz relata que tuvo que huir de la policía junto a su mujer durante una redada a una pelea de gallos ilegal, y que el hecho de haber compartido ese acontecimiento con la comunidad hizo que finalmente lo aceptaran y abandonaran su reticencia inicial. El conflicto con los guardias fue mi propio acontecimiento reivindicador a los ojos de varias empleadas y choferes.

Carlos, de Mary Go, empresa privada de transporte de la que volveré a hablar, fue el primero en acercarse cuando vio que me acosaban: por primera vez estaba dispuesto a hablar de algo que no fuera el clima. “El de camisa, al que llamaron, es el jefe”, me advirtió, poniéndose de mi lado. “Está a cargo de la seguridad de Nordelta… Pero ellos no son la policía, no te pueden ni siquiera pedir los documentos”. “Qué suerte“, le respondí sonriendo, “porque no los traje”. “Están acá para controlarnos a nosotros. También nos controlan”. “¿No vas a tener problemas por hablar conmigo?”. “Yo no trabajo para ellos, y ya saben que no los quiero. Lo mismo ellas, los guardias no las tratan bien, son ellos los que maltratan, y la empresa, que no construye algo como se debe para que la gente pueda estar bien atendida”.

En eso llegó un patrullero y un policía se unió al corro de guardias. Se saludaron con cordialidad, conversaron, y al rato se me acercó el policía, pidió mis documentos y me preguntó qué estaba haciendo ahí. Le expliqué que realizaba una investigación para la universidad y discutimos unos minutos. Aunque se ablandó un poco, insistía en que no debía grabar y me pidió que me fuera “como un favor personal”. Me dijo que las personas del barrio estaban muy asustadas. “Hay mucha violencia y secuestros, así que hacé esto por mí”. Le dije que bueno, que me iba nomás.

En dos años de trabajo de campo viví numerosos episodios similares. Cada vez que sacaba la cámara, los guardias me amenazaban y al rato aparecía la policía. Sin embargo, su intención nunca fue castigarme sino normalizarme, enderezar mi acto desviado y hacerme adoptar un comportamiento “normal”, como el de cualquier otra persona.

Otro episodio tuvo lugar un día de semana, alrededor de las siete de la tarde. Había ido a la casa de Matilde, una trabajadora doméstica de General Pacheco, y cuando llegué a la parada me di cuenta de que nunca había grabado el área al atardecer. Me paré en la rotonda, encendí la cámara e hice un paneo lento, grabando los autos y los transeúntes. Cuando apunté a la caseta de vigilancia, advertí que me estaban observando y vi que un guardia me tomaba fotos con su teléfono. Junto a él había otros tres hombres conversando, se reían y me señalaban. Pensé que se estaban burlando de mí, pero en realidad se reían porque habían llamado a la policía y justo había un agente parado a mis espaldas. Me di vuelta y mantuvimos el siguiente diálogo:

Oficial: –Hola, buenas tardes. Sargento de policía. No podés grabar aquí.
Ricardo: –¿Por qué?
O: –Porque esta es la entrada a un country.
R: –Disculpe, ¿usted es policía?
O: –Sí.
R: –¿Puedo ver su identificación, por favor?
O: –¿Querés ver mi identificación? La vas a ver en la estación de policía.
R: –Okey.
O: –Dale, apagá la cámara.
R: –Pero dime por qué.
O: –Porque no podés grabar la entrada a un country.
R: –¿Este no es un camino público?
O: –Es la entrada a un barrio.
R: –¿Entonces no es público?
O: –Escuchá, ya tuviste problemas aquí.
R: –Pero los arreglamos [sonriendo].
O: –Sí, está bien [sonríe de vuelta], pero te digo que no podés grabar aquí, es un asunto de seguridad pública… ¿Por qué grabás?
R: –Es para un estudio que estoy haciendo en la universidad sobre cómo se vive en Nordelta.
O: –Mirá, por cómo está todo inseguro estos días, yo te diría que…
R: –¿Eso cambia la ley?
O: –No, no, para nada. La cosa es que no sé para qué estás grabando.
R: –Claro, me puedes preguntar y no tengo problema en responder, pero me parece que no puedes venir y obligarme a apagar la cámara.
O: –Yo nunca dije eso.
R: –Me dijiste que no podía grabar aquí.
O: –Quizás, pero lo que quería decir es que las cosas están muy inseguras, entonces no podés grabar acá. No sé quién sos ni qué hacés aquí. Mostrame una identificación. [Le mostré una carnet de la universidad de Londres y una carta con membrete de esa misma universidad].
O: –Mirá, por aquí pasan todos los autos que van a Nordelta. ¿Nos entendemos? ¿Entendés lo que estoy diciendo?
R: –Sí, claro, pero también creo que tengo derecho a estar aquí.
O: –¿Y grabar al que te parezca?
R: –Sí.
O: –¿Ah, sí?
R: –Bueno, si vas a [la calle] Florida y ves a un turista con la cámara, ¿le pedirías que la apague porque hay mucha gente?
O: –No.
R: –¿Y no es lo mismo aquí? Lo que yo no entiendo es por qué la policía está aquí para defender los derechos de Nordelta y no los míos.
O: –Estoy acá para defender los derechos de todos, no a favor ni en contra de Nordelta. Solo estoy a favor de lo que podés y no podés hacer… Así que te quiero pedir… Mirá, si te enojaste porque te pedí que apagaras la cámara y la identificación…
R: –No, para nada, no tengo problema en decirte lo que hago acá. Además, le he informado a Nordelta, llevo un tiempo aquí.
O: –Sí, sí, lo saben. ¿Vas a quedarte mucho rato más?
R: –No, no creo. Es tarde y tengo frío.
O: –Hacé tu trabajo, no hay problema.
R: –Gracias por entender. Chau.
O: –Chau.

Durante la conversación, le pedí varias veces que me mostrara su identificación; al final lo hizo, pero por un momento tan breve que no pude distinguir nada. Semanas después le conté el episodio a Roberto, un guardia que trabaja en el acceso principal, y me dijo que incluso cuando están fuera de servicio los policías se presentan como tales, cosa que no deberían hacer.

Me parece interesante situar este diálogo en relación con las ideas de Foucault cuando escribe que “la ‘verdad’ está vinculada en una relación circular con sistemas de poder que la producen y la sostienen, y a los efectos de poder que induce y que extiende”; en este caso, es evidente que el discurso sobre los peligros que acechan se exhibe como verdad y es constantemente empleado por Nordelta para justificar sus esfuerzos por regular, administrar y disciplinar a quienes transitan por los alrededores. En cierto modo, ha logrado que hablar de miedos y amenazas respalde su necesidad de modificar comportamientos desviados como el mío, constituyéndose como una institución necesaria y legitimando las relaciones de poder desiguales que asimismo reproduce.

Cabe mencionar, para concluir, que hechos como este hubo muchos, siempre estériles. Eso hasta 2018, cuando un evento particular consiguió lo imposible. Ese año, luego de un nuevo episodio en que el tránsfer no se detuvo a tiempo, unas veinte trabajadoras domésticas organizaron un piquete. El caso lo levantó un diario de izquierda y los testimonios de las trabajadoras fueron rápidamente reproducidos en cientos de periódicos, portales y sitios web. Yo estaba viviendo en Chile y, dado que había investigado el tema en profundidad, decidí darles mi apoyo publicando una serie de tuits con datos recogidos durante mi trabajo de campo. En cuestión de horas empezaron a contactarme de medios regionales, nacionales e incluso internacionales, y también políticos y asesores que solicitaban más información al respecto. Aún no sé si el repentino interés tuvo que ver con una condena colectiva de lo sucedido o con un morbo hacia el mundo secreto de los ricos, pero en aquel momento esta inquietud me pareció menos importante que visibilizar la situación y lograr cambios efectivos. En marzo de 2019, solo tres meses después, el gobierno local ordenó a Nordelta abrir sus puertas y permitir la circulación de transporte público en sus calles interiores. Esta decisión fue muy resistida por los nordelteños con el argumento de que el Estado no tenía derecho a intervenir y protestaron ante la Intendencia, pero la resolución fue definitiva. Pocas semanas más tarde tuvieron que apretar los dientes al ver pasar los primeros colectivos por sus dominios. Un pequeño triunfo para las trabajadoras domésticas, quizás, y sin duda un giro radical en el trato dispensado por el Estado argentino hacia los barrios privados, que hasta entonces se caracterizaba por una total permisividad –complicidad, incluso– ante sus prácticas discriminatorias, afirmaciones de soberanía e intentos por privatizar funciones públicas.

Solo cabe esperar que este breve episodio, junto con una mayor conciencia de la opinión pública acerca de los privilegios y acciones de los barrios privados, abra una vía hacia políticas más inclusivas y nuevas formas de acuerdos espaciales. No se puede callar esto: vivimos una época en que las políticas de ultraderecha están de regreso, y diferentes actores utilizan la intolerancia, la xenofobia y el odio para afirmar sus agendas separatistas. En la Argentina, las políticas neoliberales han aumentado las vulnerabilidades raciales y de género, y la especulación en el mercado de suelo ha ampliado la fragmentación de comunidades y territorios y de la vida pública en general. Las ciencias sociales han estado durante demasiado tiempo abocadas al estudio de los grupos marginales, lo que sin duda es necesario; pero también debemos asumir que jamás lograremos transformaciones sustantivas de la realidad si no comprendemos también cómo operan, cómo imaginan y cómo se organizan las élites. En esa línea, es sumamente valioso reflexionar sobre la paradoja espacial que conllevan este tipo de eventos: que pese a la energía que ha puesto en demarcar sus bordes, Nordelta ha sentido la necesidad de transgredirlos constantemente para reafirmar su control. Y aunque ha sido desafiado, es relevante observar que ha logrado casi todos sus objetivos: suprimir las protestas de las trabajadoras domésticas, mantener en orden a las compañías de transporte privado, lograr la complicidad de la policía, producir una subjetividad normalizada para los diferentes actores y reclamar una soberanía temporal sobre el espacio público.

Vivir en un barrio cerrado

Cómo se produce la ilusión de confort, pureza y aislamiento
Publicada por: siglo veintiuno editores
Fecha de publicaci贸n: 01/10/2025
Edici贸n: primera edición
ISBN: 978-987-801-509-5
Disponible en: Libro de bolsillo

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