La revelación reciente en X expone cómo cuentas virales que simulan operar desde Estados Unidos son administradas por creadores en países como Bangladesh, India, Vietnam, Marruecos o Macedonia, quienes publican contenido polarizante con un objetivo específico: acceder a los programas de monetización de las plataformas y maximizar ingresos.
La nueva funcionalidad de X permite identificar la ubicación real de las cuentas que difunden contenido político divisivo y expone un fenómeno que no surge de operaciones encubiertas estatales, sino de incentivos comerciales creados por las propias redes sociales. El modelo de monetización, basado en recompensar el engagement sin importar su origen, instaló un mecanismo global de producción de contenido pensado exclusivamente para audiencias estadounidenses, que pagan mejor a través de la publicidad.
Cuentas como «Ivanka News», ubicada en Nigeria, o «Native American Soul», administrada desde Bangladesh, ilustran una práctica extendida: construir identidades ficticias para simular voces norteamericanas. Este patrón no es nuevo y afecta a X, Facebook, Instagram, YouTube y TikTok. Las plataformas habilitan esquemas de reparto de ingresos, bonos para creadores y sistemas de visualizaciones pagas que alimentan una red global de emprendedores digitales dedicados a producir videos, posteos y comentarios generados con herramientas de IA.

Detrás de esta economía paralela aparecen tutoriales, guías y cursos que enseñan a crear cuentas «faceless» dirigidas al público estadounidense. En YouTube proliferan instructivos en hindi, portugués o vietnamita que explican cómo abrir perfiles, automatizar publicaciones, copiar contenidos de medios, utilizar VPN u optimizar la visibilidad en redes. Estos videos muestran paso a paso cómo generar contenidos sobre historia, deportes, noticias internacionales o motivación usando ChatGPT, editores automáticos y generadores de voz.

Los creadores priorizan los temas que mejor funcionan en Estados Unidos porque la publicidad paga más por audiencias norteamericanas. Esta diferencia económica explica por qué personas en otros continentes producen contenido hiperoptimizado para polarizar o captar la atención en ese mercado: cada mil visualizaciones de un público estadounidense genera ingresos muy superiores a los de otros países.
La masividad de esta práctica muestra que la desinformación no depende principalmente de operaciones políticas, sino de una infraestructura comercial global que recompensa el volumen antes que la calidad. Las plataformas reconocen la ubicación real de las cuentas en sus páginas de transparencia, pero esto no altera el funcionamiento del ecosistema ni disminuye el flujo de contenido automatizado.
El fenómeno también alcanza a sitios web alimentados por IA que replican artículos, reescriben noticias y posicionan contenido para SEO, en muchos casos monetizado con anuncios de Google. La capacidad de generar textos, videos e imágenes en pocos minutos permite a miles de personas construir canales completos sin presenciarlos.
El resultado es un volumen creciente de contenido viral creado no para informar o persuadir, sino para generar ingresos apoyados en la polarización estadounidense. La discusión sobre transparencias o «psyops» queda reducida ante un hecho central: el mecanismo que impulsa estas prácticas fue diseñado por las propias redes sociales, que monetizan el engagement sin distinguir su origen ni su autenticidad.
La polarización se convirtió en un negocio global y las plataformas que la alojan muestran pocos incentivos para modificar un sistema del que obtienen beneficios.






