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Sobre The Economist simplificando a Argentina en su tapa

La última tapa de The Economist, dedicada a la Argentina, está repleta de inconsistencias, cabos sueltos y comparaciones sesgadas con datos convenientes.

En el invierno de 2011, una amiga vietnamita llevó a una de las reuniones que solía organizar en Nueva York a un chico inglés recién llegado a la ciudad. Alto, pelirrojo y con un humor seco prodigado con acento londinense, Paul calzaba impecablemente con el estereotipo británico. Durante la comida, hablando de un viaje por África, alguien comentó que si uno era occidental, la gente inmediatamente suponía que uno era rico. Paul dijo que en Estados Unidos pasaba lo mismo: si uno era inglés, la gente inmediatamente suponía que uno era inteligente.


La sistemática calidad del lenguaje en The Economist puede estar causando lo mismo: la suposición de que la revista entrega pronósticos o análisis incisivos sobre la realidad en vez de meros resúmenes de situación; su elevación a status de autoridad intelectual global más allá de sus posibilidades.

The Economist fue fundada por James Wilson en 1843 con el objeto de “tomar parte en la batalla entre la inteligencia, que empuja hacia adelante, y la ignorancia tímida e indigna que obstruye nuestro progreso”. Con un seguimiento bastante factual, condensado y elegante de las noticias globales, en marzo de 2012 alcanzó una suscripción de 1,5 millones en la edición impresa y 123 mil en la versión digital. Muchos de estos suscriptores, según la propia revista, constituyen la elite política y corporativa global.

Pero a pesar de este éxito innegable, The Economist permanece a una marcada distancia de su pomposa misión. Aunque resulta eficiente para informarse de temas que uno no sigue, se limita fundamentalmente a un repaso mecánico de esos temas. Y aunque bien redactada, contiene fundamentalmente sabiduría convencional.

Leer The Economist puede inspirar un asentimiento autocomplaciente, pero difícilmente implique aprender algo nuevo sobre un tema familiar. O logre sorprender. O incite a revisar una convicción arraigada.

Todo esto no tendría nada de malo si no fuera por la pretensión que la revista exuda. O si no fuera porque, en parte alentados por su marketing, los lectores de The Economist suelen confundir la prolijidad y economía de su prosa por perspicacia.

Este es también el caso de las notas sobre Argentina en la edición del 15 de febrero, la nota de tapa, “The parable of Argentina”, y el allí citado y más detallado briefing, “The tradegy of Argentina: A century of decline”. Entre ambas cubren todos los clichés posibles sobre el país: el pasado esplendor, el fútbol, la carne y los frigoríficos, la culpa de los militares, el modelo agro-exportador versus el industrial mercado-internista, la sensualidad del tango y hasta los good looks.

Hay un atisbo analítico en el briefing al enumerar tres candidatos para explicar nuestro innegable declive relativo –dependencia de commodities combinada con mala educación, política comercial, instituciones débiles. Pero es una elección entre poco original y caprichosa, cuya fundamentación está repleta de inconsistencias, cabos sueltos y comparaciones sesgadas con datos convenientes para reforzar un punto o simplemente a mano .

¿Por qué, por ejemplo, es terrible que Argentina haya sido dependiente de commodities desde 1914, pero no fue un problema en los 43 años precedentes, cuando el artículo reconoce creció a 6% por año o –según otro artículo en una edición de 1997– era la “época dorada” (sic) gracias a su exportación de trigo, carne y lana a la Inglaterra imperial? ¿O por qué fue un problema en Argentina, pero no en Latinoamérica, que fue cerrando sus brechas de producto con respecto a Argentina? ¿O en Australia, citada entre los pocos países más ricos que Argentina en 1914? Curiosamente el artículo “explica” que lo que pasó fue que Australia desarrolló una economía de base más amplia  y “creció más rápido”. Luego “explica” que esto sucedió porque Australia tenía una democracia en la que la clase trabajadora estaba representada; y en el mismo párrafo reconoce  que Argentina tuvo sufragio universal (masculino) desde 1912.

Un poco más original pero pobrísimamente fundamentada es la noción de que el declive fue por culpa de la educación. The Economist repasa que, comparado con un 95% de alfabetización en Chicago, “menos de tres cuartos de la población de Buenos Aires sabía leer”, pero solo unos párrafos antes había contado como un elogio que “la mitad de la población de Buenos Aires no había nacido en el país”. ¿No sería por eso que no sabían leer?  Y desmereciendo lo adelantado que fue el país en sancionar una ley de educación pública gratuita, laica y obligatoria, critica la escasa educación superior. ¿Eran mejores las cifras de educación superior en Australia, al menos? Misterio: la nota no se molesta en averiguarlo.

Lo mismo pasa con las supuestas consecuencias de ese supuesto déficit educacional: “Argentina consumió tecnología del exterior en vez de inventar la propia”. ¿Acaso no fue el caso de los otros países periféricos, quienes crecieron más que Argentina?. O “los inmigrantes se gastaban la plata en vez de ahorrarla”.  ¿Al contrario de lo que pasaba en Brasil, el cual según el artículo cerró una ventaja de 1 a 4 veces el PIB per capita con respecto a Argentina, y cuya tasa de ahorro hoy no supera 15%?

Ni hablar sobre el cliché de las malas instituciones. The Economist salpica una enumeración que va desde los golpes militares, a intentos de reforma constitucional, a débiles derechos de propiedad. Nada que no comente algún cuñado en alguna mesa de navidad y con similar tono y fundamentación: ¿derechos de propiedad?: “preguntale a Repsol”.

Esta superficialidad afecta sobre todo al contenido de la revista, pero a veces contamina hasta su fuerte, su estilo. Los títulos de The Economist en general apelan al ingenio y a juegos de palabras y le hacen honor al dictamen “Brevity is the soul of wit”. Pero es un buen hábito degenerado en fórmula.

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