domingo 23 de septiembre
Interesante

“Ja – La ciencia de cuándo reímos y por qué”, de Scott Weems

En este interesante trabajo, Scott Weems analiza, desde un punto de vista neurológico, los mecanismos y resortes de la risa, así como sus beneficios probados. Así como las computadoras no son capaces de apreciar la ironía, ningún libro de autoayuda conseguirá convertirnos en personas graciosas. Ja, basado en las últimas investigaciones, e ilustrado con reveladoras anécdotas (e incluso algunos chistes), revela, no obstante, numerosas claves para incorporar el humor a nuestras vidas.


Tratar de explicar una broma es un despropósito, pero eso no ha impedido a pensadores como Aristóteles, Bergson, Kant o Nietzsche, construir amplias y sutiles teorías de la risa. Sin embargo, ninguno de ellos contaba con la información que aporta un escáner. El humor surge de un conflicto interno en el cerebro y forma parte de nuestro proceso de comprensión de este mundo complejo. Desde el papel del humor negro hasta el beneficio de la risa para nuestro sistema inmunológico, Ja levanta el telón sobre la más humana de las cualidades.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Escala en el Empire State Building

“En el mundo, solo el hombre sufre de una manera tan atroz que se ha visto obligado a inventar la risa.”
Friedrich Nietzsche
“Aparte de eso, ¿qué le ha parecido la obra, señor Lincoln?”
Anónimo

Si el 11 de septiembre de 2001 fue el día que lo cambió todo en la política estadounidense, entonces el 29 de septiembre de 2001 fue el día que cambió el humor para siempre.

Pocas personas consideran que ese día fuera algo especial, pero para los neoyorquinos no hay ninguna duda. No fue el día que señaló la invasión de Afganistán por parte de Estados Unidos, que tardaría otra semana en ocurrir. Tampoco fue la aprobación de la Ley Patriótica, que aún tardaría un mes. No, el 29 de septiembre de 2001 fue el estreno de la vigésima temporada de Saturday Night Live.

Al igual que todos recordamos los trágicos sucesos del 11-S, también recordamos el abatimiento que siguió. Los canales de televisión dejaron de emitir series de humor y nada que no fuera veinticuatro horas de noticias. Los músicos cancelaron los conciertos, se suspendieron los partidos de baloncesto y fútbol profesional, y por segunda vez en sus cincuenta y seis años de historia, Disneylandia cerró sus puertas. Tal como descubrió Gilbert Gottfried al intentar hacer un chiste sobre la tragedia en la velada dedicada a Hugh Hefner, el país todavía no estaba preparado para reír.

El reto al que se enfrentaba Lorne Michaels, el productor de Saturday Night Live, con una audiencia de millones de personas, era enorme. Dieciocho días después del incidente que acabó con las vidas de dos mil quinientos neoyorquinos, de los que más de cuatrocientos eran policías, bomberos y personal sanitario, tenía que emitir un programa cuyo único propósito era… el humor. Nadie le hubiera culpado si hubiera cancelado la emisión. Solo un puñado de programas de entretenimiento se habían vuelto a emitir, pero Michaels sabía que Saturday Night Live era especial. Representaba la propia ciudad, y si el estreno no se emitía en la fecha habitual, se estaba enviando un mensaje inaceptable al resto del país.

«¿Qué estoy haciendo aquí?», preguntó el actor Stephen Medwid, un extra del espectáculo que tenía programada una audición con el coordinador de talentos solo dos días después de la tragedia. Las sirenas todavía resonaban por toda la ciudad, y a través de la ventana se podía ver el humeante árbol de la zona cero. «La única respuesta que se me ocurrió fue: a lo mejor la risa es la mejor medicina».

Cuando se emitió el espectáculo, lo abrió el alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, en el centro del escenario, rodeado por dos docenas de miembros de los departamentos de bomberos y de policía de la ciudad de Nueva York.

—Buenas noches. Desde el 11 de septiembre, muchas personas han dicho que Nueva York es una ciudad de héroes. Muy bien, pues estos son los héroes. Los valientes hombres y mujeres del Departamento de Bomberos de Nueva York, del Departamento de Policía de Nueva York, del Departamento de Policía de la Autoridad Portuaria, el director del Departamento de Bomberos, Tom Von Essen, y el jefe del Departamento de Policía, Bernard Kerik.

A continuación, tras comentar brevemente el heroísmo de los que habían perecido, Giuliani presentó a Paul Simon, que comenzó a cantar «The Boxer», una canción acerca de Nueva York que se grabó originalmente a muy poca distancia de la capilla de St. Paul. Una vez terminada la canción, la cámara volvió a enfocar a Giuliani, que ahora estaba junto a Michaels, el productor.

—En nombre de todos los que estamos aquí, quiero dar las gracias a todos ustedes por haber venido. Sobre todo a usted, señor —le dijo Michaels al alcalde.
—Gracias, Lorne —contestó Giuliani—. Muchísimas gracias.

Que las instituciones de la ciudad funcionen con normalidad absoluta envía el mensaje de que la ciudad de Nueva York ha recobrado su actividad habitual. Saturday Night Live es una de las grandes instituciones de Nueva York, y por eso es importante que esta noche hagáis el programa.

Michaels se lo pensó un momento antes de hablar.
—¿Podemos ser divertidos?
Aunque Giuliani no era un humorista, desde luego sabía estar delante de una cámara. Y con cara de palo dijo:
—¿Por qué empezar ahora?

No fue un chiste que hiciera troncharse de risa a la gente, pero sí una frase que todo el mundo recuerda. Necesitábamos desesperadamente permiso para volver a reír, y solo la aprobación del alcalde de la ciudad podía conseguir que eso fuera posible. De alguna manera, Giuliani nos hizo sentir que no reír era una falta de patriotismo.

Comienzo este capítulo con el regreso de Saturday Night Live después de la tragedia terrorista porque muestra lo delicada que puede ser la risa. Sin embargo, aquella noche el programa no fue especialmente mordaz. Por ejemplo, para comenzar el monólogo inicial, la presentadora invitada, Reese Witherspoon, tenía que contar un chiste acerca de una cría de oso polar:

Había una vez una pareja de osos polares que tenían un hijo que era una monada. Era el más guapo, podía correr muy deprisa y hablaba desde muy pequeño. Lo primero que le preguntó a su madre fue: «Mamá, ¿soy un oso polar de verdad?». Y la respuesta de su madre: «Naturalmente que eres un oso polar. Yo soy un oso polar, y tu padre es un oso polar, así que, naturalmente, tú eres un oso polar».
La cría sigue creciendo, aprende a pescar y sus padres están muy orgullosos. Al cabo de unos meses vuelve a preguntar: «Mamá, ¿estás segura de que soy un oso polar?». A lo que su madre responde:
«Sí, cariño, somos osos polares. Tu abuelo y tu abuela son osos polares. Eres un oso polar de pies a cabeza». A lo que le responde:
«Muy bien».
El día de su primer cumpleaños sus padres le dan una gran fiesta, le dicen lo orgullosos que están de él, y cuando está a punto de soplar las velas de la tarta, vuelve a preguntar: «Mamá, ¿estás segura de que soy cien por cien puro oso polar?». La madre, ya un poco confundida, pregunta: «¿Por qué me lo sigues preguntando? ¡Claro que eres un oso polar puro!».
«¡Porque tengo un frío de cojones!».

Hasta el momento del programa, Witherspoon estuvo un poco preocupada por el chiste, sobre todo por el final. Michaels le suplicó que lo contara, palabrota incluida. Le propuso pagar cualquier multa que la Comisión Federal de Comunicaciones le impusiera, con el argumento de que valía la pena el gasto para demostrar a los televidentes que la ciudad de Nueva York había recobrado la normalidad. Witherspoon entendió sus razones, pero cambió el final: «¡Se me están congelando las pelotas!», dijo. Todo el mundo se rió, y nadie supo que había censurado en chiste, aunque el efecto no fue el mismo.

En el humor interviene la emoción tanto como la sorpresa. Cuando los chistes utilizan en exceso un lenguaje desagradable, nos sentimos incómodos. Dicha incomodidad explica por qué el público abucheó el chiste de la escala en el Empire State Building de Gottfried, y por qué Witherspoon escogió no decir «cojones» en la televisión nacional. Pero cierta incomodidad es positiva. Resulta útil no solo para resolver problemas intuitivos y entender el final de un chiste, sino también para transformar nuestra tensión y emociones negativas en algo positivo, como la risa.

Este capítulo explora por qué.

U„na reprimenda para el humor‡…ƒ„‹ †ˆ

Resulta sorprendente que durante gran parte de nuestra historia el humor haya sido bastante impopular. Platón prohibió el humor en La República, ya que distraía a la gente de asuntos más serios. No era el único; los antiguos griegos, a pesar de lo instruidos que eran, consideraban que la risa era peligrosa porque conducía a la pérdida del autocontrol. Thomas Hobbes era un poco más práctico, y a/ rmaba que el humor es una parte necesaria de la vida, pero solo para la gente de intelecto inferior. Les proporciona la oportunidad de sentirse mejor consigo mismos, afirmaba, sobre todo cuando señalan las imperfecciones de los demás.

Los filósofos no son los únicos antagonistas del humor. La Biblia es decididamente agresiva. En diversas ocasiones el Antiguo Testamento menciona a Dios riéndose, pero siempre como burla o menosprecio, como leemos en el Salmo Segundo:

El que se sienta en los cielos se sonríe,
Yahvé se burla de ellos.
Luego en su cólera les habla,
en su furor los aterra.

No es el tipo de carcajada que nos gustaría oír. A lo largo de la Biblia, cuando la gente se ríe generalmente es por estupidez, como cuando Abraham y Sara se ríen de la idea de poder concebir un hijo. Algunos investigadores han llegado a contar el número de veces que Dios o sus seguidores se ríen, y han achacado cada ejemplo a la agresividad, la tristeza o la alegría. El ganador por goleada fue la agresividad, con un 45 por ciento. La risa debida a la alegría se daba solo dos veces.

Y aquellos que argumentan que el Antiguo Testamento es intrínsecamente más siniestro que el Nuevo Testamento, que consideren lo siguiente: hay varios debates en curso entre los eruditos religiosos acerca de si Jesús se rio alguna vez. No solo en la Biblia. En toda su vida. ¿Por qué el humor ha recibido este trato a lo largo de la historia? Una razón es que el humor es subversivo en sí mismo. Hay chistes inocuos, en los que un pollo cruza la carretera y un elefante se esconde en un cerezo, pero la mayor parte del humor no es así. Trata temas serios con frivolidad, y a veces de manera grosera y desconsiderada. Analicemos el siguiente chiste, que oí muchas veces durante mi infancia, pero que probablemente la generación actual desconoce:
¿Qué significan las siglas de la NASA? «Necesitamos Ahora Siete
Astronautas».

Poca gente lo entiende hasta que les explico que este chiste fue popular en 1986, después de la explosión del transbordador espacial Challenger. Setenta y tres segundos después de despegar de Cabo Cañaveral falló una junta del cohete propulsor de la nave, lo que provocó una fuga de combustible y la desintegración de la nave. Los siete pasajeros perecieron, entre ellos la profesora Christa McAuliffe, que participaba como parte del proyecto de la NASA «Profesores en el Espacio».

Ese no fue el único chiste sobre el Challenger ; hubo unos cuantos más. No aparecieron enseguida, sino una semana después del incidente. Un estudio2 identificó el periodo de latencia entre esa tragedia y el ciclo de chistes correspondiente como de diecisiete días. La muerte de la princesa Diana tuvo un periodo de latencia más breve. El del desastre del World Trade Center fue mucho más largo.

Nuestra fascinación con el humor negro la demuestra la inmensa variedad de chistes de mal gusto: los que tienen que ver con el Challenger, el sida y Chernobil, por nombrar solo unos pocos. Generaciones enteras de chistes han sobrevivido a la tragedia que los engendró. Cuando yo era niño, todo el mundo tenía su chiste favorito de «sin brazos ni piernas». «¿Cómo llamas a un chaval sin brazos ni piernas clavado la pared? Art». «¿Cómo llamas a un chaval sin brazos ni piernas que = ota en una piscina? Bob»*.

Lo que muchos lectores tal vez ignoren es que hubo toda una generación sometida a esa amenaza. La talidomida, a menudo recetada por los médicos en las décadas de 1950 y 1960, causó una amplia variedad de defectos de nacimiento. Uno de ellos era la focomelia: la ausencia congénita de extremidades. Puesto que la razón primordial del uso de la talidomida en la época era tratar las náuseas matinales, miles de niños quedaron afectados. La tasa de supervivencia en casos de focomelia era más o menos del 50 por ciento, así que probablemente había bebés nacidos sin brazos ni piernas, y sus nombres podían haber sido Art o Bob.
* En inglés art significa «arte»; como verbo, bob significa «cabecear» en el agua. (N.
del T.)

Algunas personas a/ rman que esos chistes ponen de relieve el peor aspecto del comportamiento humano. Dicen que los chistes sobre el sida no son más que una excusa para la homofobia. Los chistes sobre la talidomida se burlan de los discapacitados. Un crítico incluso a/ rmó que los chistes sobre el Challenger animaban a los estudiantes a burlarse de los profesores. Pero también hay quien considera que estas a/ rmaciones no son justas, que creen que la verdad es más complicada, y no debe sorprendernos que sus argumentos tengan que ver con las distintas maneras con que nuestro cerebro aborda el conflicto.

«Os diré una cosa. [Estos chistes] no son una forma de duelo», afirma Christie Davies, investigador británico del humor y autor de más de cincuenta libros y artículos sobre el tema. Si existe una persona que puede explicar la intención del humor de mal gusto, es él. Ha hablado sobre el tema en más de quince países, ha aparecido en la radio y televisión internacional, e incluso ha testificado ante el Tribunal Supremo. Resumiendo, por lo que se refiere al humor de mal gusto, Davies sabe de lo que habla. Y no es fácil de ofender.

«Lo segundo es que no son crueles. La explicación, creo, es la incongruencia». La teoría de Davies, y la que sustentan casi todos los investigadores del humor, es que a pesar de la naturaleza cruel o insultante de los chistes de mal gusto, la intención del que los cuenta no tiene por qué ser abominable3. De hecho, para comprender el auténtico mensaje de los chistes de mal gusto, tenemos que analizar los sentimientos incongruentes que hay detrás. Cuando una tragedia nos golpea, podemos tener muchas reacciones. Podemos sentir tristeza, compasión e incluso desesperación. También podemos sentir frustración sobre cómo los periodistas manipulan nuestras emociones, sobre todo en televisión. En resumen,  experimentamos emociones encontradas. Algunas personas afirman que los chistes de mal gusto suscitan sentimientos de superioridad, cosa que quizá sea cierta, pero esta opinión no explica por qué inventar alternativas que expliquen el acrónimo «sida» resulta divertido para algunas personas, pero chillar «¡Ja, ja, estás enfermo!» en un pabellón oncológico no resulta gracioso a nadie. Nos reímos de los
chistes acerca de grupos o sucesos solo cuando provocan reacciones emocionales complejas, porque sin esas reacciones no tenemos otra manera de responder.

Puede que algunos lectores juzguen peligroso considerar el humor de mal gusto como resultado de emociones en conflicto, porque significa que reírse de esos chistes no es cruel, sino más bien una manera de abordar nuestros sentimientos. Puede que incluso parezca una invitación a meterse con los enfermos, difuntos o minusválidos. Pero no lo es.

La mejor prueba de que el humor de mal gusto no tiene por qué percibirse como ofensivo procede de un estudio de chistes que al parecer se burlaban de las mismísimas personas que utilizaban como sujetos4. Dirigido por los psicólogos Herbert Lefcourt y Rod Martin, participaban en él treinta personas discapacitadas a las que se les pidió que contemplaran una serie de chistes gráficos sobre gente con discapacidad. Por ejemplo, en una viñeta se veía un patíbulo con una horca. A un lado había unas escaleras que conducían a la soga, y en la otra una rampa para sillas de ruedas junto a una señal de minusválidos. Otro chiste mostraba un acantilado con un cartel que rezaba: «Salto suicida». Junto a la cornisa había una rampa para sillas de ruedas y una señal de uso para minusválidos.

Los experimentadores no querían que los sujetos supieran que el propósito del estudio era evaluar su sentido del humor, así que les enseñaron los chistes como quien no quiere la cosa mientras preparaban la sala para las entrevistas posteriores. Después de observar de manera furtiva la reacciones de los sujetos, les entregaron una serie de cuestionarios y encuestas acerca de cómo se sentían en cuanto discapacitados.

Lefcourt y Martin descubrieron que los sujetos que más se reían de los chistes eran los que mejor se habían adaptado a su estado. En comparación con los demás sujetos, mostraban mayores niveles de vitalidad, más autocontrol y mejor opinión de sí mismos. En resumen, aquellos que veían su discapacidad de la manera más sana encontraban los chistes más divertidos. Los resultados no son sorprendentes a la luz de otras investigaciones que muestran que los viudos y las viudas que son capaces de reírse de su pérdida suelen ser más felices y estar más preparados para afrontar la ansiedad, y se adaptan mejor socialmente. Las mujeres que utilizan el humor como mecanismo para sobrellevar la extirpación de un pecho en caso de cáncer también demuestran un menor estrés postoperatorio.

Otra demostración de que los chistes de mal gusto no tienen por qué ser ofensivos para ser divertidos procede de la manipulación de esos propios chistes. Estos chistes varían de muchas maneras, no solo en su objetivo sino también su grado de crueldad y oportunidad, y al manipular cada uno de estos factores, los investigadores pueden determinar si utilizar objetivos vulnerables hace que los chistes sean demasiado ofensivos para poder apreciarlos (por ejemplo: «¿Cómo impides que un bebé muerto explote dentro de un microondas? Agujereándolo con una percha»).

Se han llevado a cabo experimentos como esos —por ejemplo Thomas Herzog6 en la Universidad Estatal Grand Valley de Michigan—, y de ellos deducimos dos cosas interesantes. En primer lugar, la crueldad no nos hace más graciosos. Los chistes que se perciben como más abominables (por ejemplo, los de bebés muertos) suelen considerarse los menos divertidos. Pero también los chistes considerados especialmente despreciables por su crueldad, pues pocos de ellos consiguen nuestra implicación emocional. Así pues, la crueldad no hace que un chiste sea más divertido, solo es una manera de introducir el con= icto emocional. Si es demasiado blando —demasiado poco conflicto emocional acerca de si un chiste es apropiado no—, el final no tiene nada de gracia. Y si es demasiado fuerte, tampoco hay con= icto porque desde el principio está claro que resulta inapropiado.

En segundo lugar, vemos que el segundo factor que mejor predice si algo será humorístico es la oportunidad. Se define por lo bien que la frase final conduce a la incongruencia y a la conclusión (de manera muy parecida a la fase de resolución comentada en el capítulo 2 de este libro). En otras palabras, cuanto más e/ cazmente conduzca la frase final a una conclusión sorprendente, más gracioso será. No basta con que nos escandalice o sorprenda. El humor tiene que llevarnos a un lugar nuevo, tanto emocional como cognitivamente.

La razón por la que hay tantos tipos de chistes de mal gusto obedece, en parte, a que nuestras mentes se enfrentan a emociones encontradas de muchas maneras. Por ejemplo, sentimos lástima por los discapacitados, pero también queremos que tengan sus derechos y tratarlos como se les debería tratar… igual que a todo el mundo. Y aunque nos aflijamos por las víctimas de los desastres naturales, al mismo tiempo nos sentimos manipulados por los medios de comunicación cuando nos dicen cómo hemos de sentirnos. La televisión, en concreto, puede ser una tremenda fuente de información y una importante fuente de con= icto, sobre todo porque es algo muy inmediato. ¿Qué hacemos cuando se desata algún desastre? Encendemos la televisión.

«La televisión intentará convencerte en el acto del impacto emocional de la situación, y la retórica tiene que ver con lo inmediato», dice Davies. «Pero no se puede sentir a través de la televisión lo que la gente siente en el lugar y momento de los hechos. Lo que estás viendo en la pantalla es una versión inocua, pero el tipo que lo describe está diciendo que es algo espantoso. Miras la pantalla y parte de ti reconoce que es absurdo».

Resulta que la inmediatez es un tema importante por lo que se refiere al humor. Como he comentado antes, los chistes acerca del Challenger tardaron diecisiete días en llegar a los campus y a los patios de colegio. Eso nos da dos días y medio de luto por persona perdida. Según ese cálculo, deberían haber transcurrido más de siete mil días —o diecinueve años— antes de que nadie se riera de los ataques al Pentágono y al World Trade Center. Aunque sospecho que no podemos fiarnos de una fórmula tan sencilla, puede que no vaya tan desencaminada. La película United 93 —que ni siquiera era una comedia, sino una recreación dramática— no llegó a los cines hasta casi cinco años después de la tragedia. Y aunque la publicación periódica The Onion bromeó hace poco sobre que los estadounidenses deberían honrar el 11-S dejando de masturbarse durante su aniversario, ese humor es poco común y suele ser respetuoso con las víctimas.

No obstante, surgieron muchos chistes justo después del 11-S; no en los medios de comunicación principales, sino en Internet. Fueron también algunos de los más patrioteros y violentos. Consideremos por ejemplo la foto manipulada de la Estatua de la Libertad sujetando la cabeza decapitada de Osama bin Laden. O la foto de un 747 que se dirige al corazón de La Meca con el siguiente texto: «No te desconsueles… desquítate». Es difícil confundir los mensajes emocionales que esas imágenes pretendían transmitir.

Pero el aspecto realmente importante de estos chistes del 11-S es que revelan nuestros auténticos sentimientos acerca del incidente. Hay cólera, naturalmente, pero también frustración y esporádicamente irreverencia. Me acuerdo ahora de un chiste en el que aparecen varios Teletubbies saltando alrededor de las Torres Gemelas en llamas sobre las palabras: «¡Oh, no!». Otro chiste muestra el cursor de un ratón sobre el World Trade Center, junto a una ventana de mensaje de ordenador que pregunta: «¿Está seguro de que quiere eliminar las dos torres?». Estos chistes no se burlan de los terroristas. Se burlan del propio proceso de duelo. Y, como se ha observado, aparecieron enseguida, mientras las emisoras de televisión seguían cancelando programas de entrega de premios y Lorne Michaels se devanaba los sesos pensando en cómo presentar un programa cómico en directo. No eran comprensivos ni sentimentales, sino todo lo contrario.

En resumen, refleejaban lo que la gente quería decir: «No me digáis cómo tengo que sentirme. Soy capaz de reconocer una tragedia cuando la veo sin que me lo recuerden en las noticias las veinticuatro horas del día».

Esos chistes revelan algo nuevo y notable acerca de la mente humana: cuando nos dicen que no nos riamos queremos reírnos. Nos entran ganas de coger el Photoshop y manipular una foto en la que un enorme gorila agarra los aviones de las Torres Gemelas mientras leemos un texto que dice: «¿Dónde estaba King Kong cuando lo necesitábamos?».

El cerebro humano es un animal obstinado. No le gusta que le digan lo que tiene que hacer.

Las películas de terror y el alivio

Cuando consideras la complejidad emocional, probablemente no te vienen a la cabeza películas como El exorcista o Salem’s Lot. Son películas de terror, y pretenden transmitir un sentimiento específico: el miedo. Lo consiguen bastante bien, cosa que suscita la pregunta: ¿por qué la gente quiere verlas? Si las películas de terror provocan sentimientos que casi todos queremos evitar, ¿por qué pagamos para verlas en el cine?

A mi mujer le encantan las películas de terror, pero a mí no. No es que sea una persona miedosa, o al menos espero no serlo. Más bien es sobre todo porque no les veo la gracia. Pero mi mujer, como muchas otras personas, no está de acuerdo. Ella dice que se divierte muchísimo pasando miedo. También le encanta la montaña rusa, cosa que para mí no tiene ningún sentido.

Siempre supuse que las películas de terror eran populares porque a la gente le gusta el alivio que sigue a las escenas de miedo. Esta creencia surge en parte de la teoría del alivio del humor, que a/ rma que nos reímos cuando de repente nos liberamos de la amenaza o la incomodidad. La idea arraiga en la teoría psicoanalítica de Freud, que sostiene que todo lo que hacemos (incluida la risa) está influido por la tensión que impone nuestro superego a los impulsos hedonistas de nuestro ello. Pero esta teoría resulta insatisfactoria por diversas razones, y una de ellas es que es tan científica como la quiromancia o la astrología. Tampoco explica por qué no nos pasamos días enteros golpeándolos en la cabeza con un martillo solo para disfrutar de la sensación de dejar de hacerlo.

Al parecer, no soy el único que pone en entredicho la cordura de las películas de terror. Eduardo Andrade, profesor de marketing en la Hass School of Business de la Universidad de California-Berkeley, también se siente incómodo con este popular género o, mejor dicho, con las explicaciones que da la gente a por qué las películas de terror son tan populares. Por ejemplo, ¿por qué necesitamos contemplar escenas de miedo o desagradables para sentirnos bien con nosotros mismos? Si los espectadores disfrutan de estas películas por el alivio que sienten cuando acaban, ¿por qué los malos siempre triunfan al final y regresan en la secuela? Y si es cierto que la gente a la que le gustan las películas de terror es menos sensible que los demás, y no les molestan las escenas truculentas, ¿por qué esas diferencias no se revelan en los test de personalidad?

Para encontrar una explicación, Andrade llevó a cabo una serie de experimentos de los que solo un aficionado a las películas de terror podría disfrutar. Mostró a sus sujetos cortes de diez minutos de dos conocidas películas de terror: El exorcista y Salem’s Lot. En una versión del experimento, les pidió a sus sujetos que calificaran su placer y malestar, también conocidos como afecto positivo y negativo, antes y después de visionar cada fragmento de película. En otro, les pidió que hicieran esas valoraciones durante las escenas de más miedo. Se evaluaron las sensaciones expresadas por aquellos que se consideraban a/ cionados al cine de terror y se compararon con aquellos que generalmente evitaban ese tipo de películas.

Contrariamente a lo esperado, tanto los aficionados como los no aficionados revelaron un aumento de desazón después de haber visto las películas. En resumen, todos los sujetos las encontraban inquietantes, les gustaran o no. Las diferencias experimentales aparecieron cuando Andrade observó los sentimientos de alegría de los sujetos. Los aficionados mostraban un incremento de la alegría, además de malestar, durante las escenas más terroríficas, y esa dicha continuó hasta el final del fragmento de película, mientras que en los no aficionados ese júbilo no aparecía por ninguna parte. En cuanto comenzaban las escenas truculentas, solo deseaban cerrar los ojos hasta que acabara el experimento.

Los datos de Andrade revelaron que los aficionados a las películas de terror de hecho experimentaban dos emociones a la vez: miedo y alegría.

La primera vez que leí estos resultados, fui con mi esposa a ver una película de terror para llevar a cabo mi propio experimento. No sabía qué esperaba ver, pero mientras entrábamos en la sesión de tarde de The Innkeepers, me prometí mantener los ojos abiertos. Por primera vez en mi vida, deseé que la gente que había en el cine se expresara en voz alta y me molestara para poder ver su reacción.

Durante la primera escena terrorí/ ca, muchas personas entre el público gritaron. Siguieron algunos periodos de calma puntuados por gritos ahogados que se anticipaban a lo que íbamos a presenciar, y luego volvieron los gritos. Al principio me pareció que la reacción del público ya no iba a ir más allá, pero algo extraño ocurrió. Durante la siguiente escena terrorífica, en la que uno de los personajes principales entra en un sótano poseído, más que gritar, varias personas se rieron. No se había dicho ningún chiste, y solo se habían oído unos pájaros asustados, pero la gente se rio de todos modos. Eso ocurrió varias veces, sobre todo en las escenas que llegaban después de un prolongado suspense.

¿Qué hizo reír al público? ¿Y por qué los sujetos del estudio de Andrade afirmaban sentir alegría durante las escenas de terror? Una de las últimas manipulaciones experimentales de Andrade proporcionó la respuesta a ambas preguntas. Antes de pasar a los fragmentos de las películas de terror, les presentó a los sujetos breves biografías de los actores principales para recordarles que iban a observar a personas «interpretando un papel». También colocó fotos de los actores junto a la pantalla durante las películas.

En esta ocasión, incluso los no aficionados revelaron sentimientos de dicha durante las escenas de terror, casi en el mismo grado que los aficionados. Evidentemente, las fotos y las biografías proporcionaban a los sujetos lo que Andrade llamó un «marco protector» con el que ver los sucesos que se desarrollaban en la pantalla. Al recordarles que simplemente veían una película, les permitía superar su miedo y que surgiera el placer. Es como si los sujetos quisieran disfrutar de las películas, pero su miedo no se lo permitiera. El experimento permitió liberar por fin esos sentimientos latentes.

Harald Høffding fue un filósofo danés bastante conocido a finales del siglo xix y principios del xx, pero que hoy en día ya no le suena a casi nadie. Llevó a cabo una inmensa contribución, a menudo olvidada, al estudio del humor que vale la pena mencionar: lo que él denominaba el «Gran Humor». Las emociones, afirmaba Høffding, se revelan en muchas formas, habitualmente en la de sentimientos «simples», como la tristeza o la felicidad. Pero en ocasiones nuestras emociones se fusionan y forman complejos organizados que re= ejan perspectivas completamente nuevas. Esto ocurre en lo que él llamaba «las cimas de la vida», momentos en los que sintonizamos tanto con nuestras emociones que actuamos basándonos en la totalidad de nuestras experiencias en lugar de responder a las exigencias emocionales o cognitivas inmediatas que nos impone nuestro entorno.

Las reflexiones de Høffding sobre el Gran Humor sirvieron de útil introducción a la idea de la complejidad emocional. De hecho, el Gran Humor re= eja una apreciación de la vida no solo desde la perspectiva de la felicidad o la tristeza, sino más total, a través de una síntesis compleja de esas emociones. Cuando el humor es realmente bueno, no solo nos sentimos simplemente de una manera u otra. Es más que eso. Nos reímos del chiste de discapacitados al tiempo que sentimos compasión por su protagonista.

«Es absurdo pensar en el humor en términos de catarsis. No estamos hablando de ninguna purificación», afirma Davies, y estoy de acuerdo. El humor de mal gusto no purga la tensión emocional de nuestro sistema: «cultiva» la tensión para que podamos alcanzar algún tipo de resolución. Esto nos lleva a diferenciar entre los conceptos griegos de catarsis y catexis. La catarsis es la purificación de los sentimientos. La catexis es justamente lo opuesto, una noción menos conocida. Es la inversión de la energía emocional, la aceleración de la libido. El humor nos proporciona alivio no mediante la eliminación de los sentimientos negativos, sino mediante su activación, junto con otros positivos, a / n de que podamos disfrutar de una experiencia emocional compleja.

Donde se ve más claramente es en el humor negro, la forma cómica más oscura en la que uno se toma a la ligera sus tristes circunstancias. Cuando los miembros de Monty Python cantan «Always Look on the Bright Side of Life» en el funeral de su difunto amigo Graham Chapman, no están celebrando su muerte: están celebrando su vida. De hecho, los entornos trágicos, como los funerales y las guerras, son un caldo de cultivo eficaz para el humor porque proporcionan la misma liberación que las películas de terror y permiten que los participantes aborden sin tapujos sus emociones. «“¿Por qué Hitler todavía no ha invadido Inglaterra?”, pregunta un checo en el otoño de 1940. “Porque los oficiales alemanes todavía no han conseguido aprenderse todos los verbos ingleses irregulares”».

Quizá el ejemplo más famoso de humor negro sea la historia de Gerald Santo Venanzi, un capitán de la Fuerza Aérea de Trenton, Nueva Jersey. Durante una misión sobre Vietnam del Norte, en septiembre de 1967, el RF-4C de Venanzi fue derribado cerca de Hanoi. Casi de inmediato fue hecho prisionero, y junto con otros soldados fue sometido a un trato brutal. Muchos de sus acompañantes estaban en peor estado que él, atados, abatidos y desesperados por ver algo positivo. Al ver la desolación que le rodeaba, Venanzi hizo lo único que pudo: creó una motocicleta imaginaria, y también un chimpancé / cticio llamado Barney.

Para divertir a los demás prisioneros de guerra, Venanzi «montaba» en su motocicleta por el complejo de la prisión siempre que podía, llevaba a cabo algunos trucos y de vez en cuando sufría una caída, tal como sería de esperar en unas maniobras tan arriesgadas.  Casi todos los guardias lo consideraban un desequilibrado mental, pero a los demás prisioneros les encantaba. Venanzi no tardó en añadir efectos sonoros, y de vez en cuando el espectáculo se animaba tanto que los guardias le obligaban a parar. No era justo para los demás prisioneros, explicaron, porque ellos tampoco tenían motos.

Por suerte, cuando los guardias se llevaban su motocicleta imaginaria, Venanzi tenía a Barney, que lo acompañaba mientras lo con/ naban en régimen de aislamiento, así como a los numerosos interrogatorios. Barney profería comentarios insultantes acerca de sus captores, siempre dirigidos tan solo a Venanzi, pero oídos indirectamente por todos los demás. Los guardias, ya convencidos de que se enfrentaban a un trastornado, le seguían la corriente, y a veces le pedían a Venanzi que repitiera las insultantes respuestas de Barney. Un guardia incluso le ofreció té a Barney, cosa que Venanzi rechazó, aunque posteriormente se rio de ese diálogo con los demás prisioneros. Aunque resultara extraño desde la perspectiva de sus captores, esas payasadas eran el máximo entretenimiento que Venanzi y sus compañeros podían compartir. Y el esfuerzo acabó granjeándole la Estrella de Plata, la tercera condecoración más importante que puede recibir un militar en tiempos de guerra.

Los prisioneros no son el único grupo que de manera habitual utiliza el humor para enfrentarse a unas condiciones macabras. También los médicos pasan parte de su tiempo expuestos a la sangre, las vísceras y la depresión general, y de nuevo su manera de afrontarlo parece ser la risa.

Lo que Catch-22 hizo por la guerra, La casa de Dios lo hizo por la medicina. Escrita bajo el seudónimo de Samuel Shem, esta novela de Stephen Bergman se centra en un grupo de internos de un hospital que se esfuerzan por hacer frente a la presión y la complejidad de la medicina. Crean nombres para pacientes que están graves pero no son interesantes, como Sauri (un acrónimo de «salga de urgencias inmediatamente»), y hablan de «endosar» a los pacientes difíciles a otros equipos. Incluso se suicidan y, en secreto, practican la eutanasia a los pacientes, todo ello como reacción a la tensión extrema que les impone su trabajo. Aunque no tan extrema como la guerra, la situación de los internos es intensa, y las decisiones que toman pueden salvar una vida o perderla.

La medicina está plagada de humor, incluso allí donde no esperaría encontrarlo. El libro de texto Base patológica de la enfermedad describe el en/ sema intersticial como una hinchazón del tejido subcutáneo hasta alcanzar «el aspecto alarmante, pero generalmente inofensivo, de un neumático Michelín». El mismo libro de texto advierte que, puesto que la probabilidad de contraer hepatitis por comer ostras es de 1 entre 10.000, los médicos advierten a los aficionados a las ostras que nunca consuman más de 9.999 de una sentada. El Manual de diagnóstico y terapia Merck clasifica la descarga del flato, también conocida como pedo, en tres categorías: el deslizante, el esfínter cañón y el stacatto.

Si estos ejemplos parecen suaves, y nos cuesta decidir si el humor es inapropiado o no, consideremos la siguiente historia real sobre un grupo de médicos que debatían cómo tratar a un bebé que había nacido con graves defectos neurológicos. Los médicos comentaban numerosas pruebas, contemplaban toda la posible información que podían reunir acerca del estado del niño. Pronto quedó claro que la situación no tenía remedio, aunque ninguno quería ser el primero en tirar la toalla. Finalmente uno de los médicos finalizó el debate: «Mirad. Es más probable que sea la segunda base a que juegue en ella».

¡Uau! Por suerte, los padres no estaban presentes. Pero esa no es la cuestión. El médico no pretendía ser cruel. Estaba haciendo lo que el autor estadounidense George Saunders denomina «la verdad sin florituras». El término fue acuñado originariamente en referencia al uso que hace Kurt Vonnegut del humor rotundo y sin adornos en el libro Matadero cinco para describir la depravación de la guerra. Tal como lo expresa Saunders: «El humor es lo que ocurre cuando nos cuentan la verdad de manera más rápida y directa de lo que estamos acostumbrados». En otras palabras, comparar a un bebé que lucha por su vida con una zona del campo de béisbol es divertido por la misma razón que es horrible: expresa una idea tan espantosa que no estamos acostumbrados a abordarla de manera directa.

En casi todos los ejemplos de humor de mal gusto, no está claro de quién se burla. El humor médico, sobre todo el macabro, no se ríe de los pacientes: se ríe de la muerte. He aquí una antigua historia, también cierta, acerca de un grupo de médicos que una noche trabajaban hasta tarde en urgencias y deciden pedir una pizza. Son las tres de la mañana y todavía no se la han traído; de repente una enfermera interrumpe sus quejas al traer a un paciente herido de bala. Los médicos enseguida reconocen que el paciente es el repartidor de pizzas, al que al parecer han disparado mientras entregaba su pedido justo delante del edi/ cio. Trabajan durante horas para salvarle la vida, y llegan a abrirle la caja torácica para practicar un masaje cardiaco. Pero sus esfuerzos son inútiles y el muchacho muere.

Cansados y deprimidos por haber perdido a su paciente, uno de los médicos finalmente pregunta lo que todos están pensando:
—¿Qué creéis que ha pasado con la pizza?
Otro médico sale del edi/ cio y divisa la caja, boca arriba, a pocos pasos de las puertas de urgencias. Recupera la comida y la coloca delante de sus colegas.
—¿Qué propina crees que deberíamos darle?
¿Qué transmite realmente la pregunta de la propina? Yo creo que diversas cosas. En primer lugar que todos moriremos, y que los asuntos triviales, como por ejemplo las propinas, seguirán existiendo mucho después de que hayamos desaparecido. En segundo, que estar vivo es algo muy especial, y que no habría que desperdiciarlo, al igual que la pizza. Y en tercero, que la muerte puede llegar y llevarse incluso a las personas más inocentes, pero no puede asustarnos si no se lo permitimos. El enemigo es la muerte, no la pizza, y la única manera en que el cerebro puede expresar todas estas ideas complejas es mediante la risa.

Ja - La ciencia de cuándo reímos y por qué
¿Sabías que el sentido del humor está estrechamente relacionado con la inteligencia o con la capacidad para resolver problemas? ¿Y que también depende de la edad, del sexo, de la nacionalidad o del nivel de dopamina que se tenga? El humor surge de un conflicto interno en el cerebro y forma parte de nuestro proceso de comprensión de este mundo complejo. Desde el papel del humor negro hasta el beneficio de la risa para nuestro sistema inmunológico, Ja levanta el telón sobre la más humana de las cualidades.
Publicada por: TAURUS
Fecha de publicación: 06/01/2015
Edición: 1a edición
ISBN: 9789877370065
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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