Periodismo Justo

Mankell

De Cervantes a Hemingway, de Borges a Roberto Arlt –por elegir la cara más luminosa y la más oscura de la gran narrativa nacional– los escritores que más me interesan son aquellos que logran conciliar verdad y belleza. Es esencial que cuenten buenas historias, claro, y que lo hagan bien pero si además despliegan humanidad y compromiso el combo es completo. Henning Mankell es uno de esos héroes. En su propia definición: “alguien capaz de hacer realidad lo que la mayoría no se atreve ni a soñar”. Autor de cuarenta libros, con medio centenar de traducciones, Mankell no sólo creó a uno de los mejores detectives de la historia de la literatura: Kurt Wallander, también fue un intelectual que decidió echar su suerte junto a los humillados de la tierra (africanos y palestinos en particular) sin medir las consecuencias.


Nació en Estocolmo, Suecia. Su padre era juez y su abuelo pianista. Su madre lo abandonó. De adolescente se subió a un buque mercante en busca de aventuras. Sus viajes por Estados Unidos, Inglaterra, París y África modelaron su personalidad. “Mi universidad fue ese barco”, contó. Cuando regresó sabía que su destino no estaría en una oficina. Se dedicó al teatro: primero como actor y luego como autor. Le fue muy bien pero fueron sus novelas las que le dieron fama internacional. A comienzo de los 90 creó a Kurt Wallander, un detective melancólico, hosco y sentimental cuya vida familiar es un desastre pero con una enorme capacidad para resolver crímenes complejos. Los amantes del policial nunca terminaremos de agradecer este nacimiento.

Hasta que leí la primera novela de Wallander, Suecia era un territorio modélico en mi imaginario. Un sitio dónde el capitalismo mostraba un rostro eficiente y solidario. Es sabido que el género policial permite, como ningún otro, contar una sociedad en detalle. De pronto aparecieron en esa Suecia ideal asesinatos, xenofobia, nazis, corrupción. Todo entrelazado por un guía entrañable y sensible al que le cuesta superar su fracaso matrimonial, tiene problemas con su amante y una hija, Linda, que seguirá sus pasos.

“¿Quién mató a quién? A mí lo que me interesa es indagar qué ha pasado y por qué”. Ese interés hace a Wallander un personaje diferente. La saga saltó a la pantalla con gran éxito. A su pesar, el detective se convirtió en su alter ego: misma edad, mismos gustos musicales, preferencia por la soledad y preocupación por los males del mundo. “Nunca me gustó mucho su personalidad y no habríamos sido amigos en la vida real. Preferiría conocer a Sherlock Holmes”, señaló. Publicó otros libros notables, los policiales representan apenas un cuarto de su producción.

En 2009 fui a escucharlo en la Feria del Libro de Buenos Aires. Dedicó gran parte de su ponencia a hablar de su amada África. Entre otras cosas de la arrasadora colonización china. Contó que su vida se repartía en partes iguales entre Suecia y Mozambique. En Maputo dirigió el Teatro Avenida y nunca dejó de denunciar las injusticias que sufre el continente que le cambió la vida: “África me hizo mejor persona y mejor escritor”. En ese invierno se dio tiempo para recorrer discretamente Buenos Aires, la ciudad le ofreció por igual maravillas y miserias.

“¿A cuántas personas recordamos de verdad a los 10 años de su muerte, a los 100, a los 500? A muy pocas. Galileo, Shakespeare… Pero los demás solo tenemos esta oportunidad para brillar en nuestra vida”. Mankell dijo esto en la última entrevista que concedió antes de su muerte en octubre de 2015. Dos años antes le habían diagnosticado un cáncer que lo atacó como un rayo en el pulmón y la nuca. La reflexión es certera y triste. Mankell supo brillar en la vida. Su obra, como una estrella extinguida, seguirá brillando todavía.