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“Don Francisco. Biografía no autorizada de un gigante”, de Laura Landaeta Larrosa

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Mario Kreutzberger, conocido por todos como Don Francisco, es uno de los animadores de televisión más populares del mundo de habla hispana. Luego de un paso por las pantallas chilenas, su carrera internacional marcó un hito tras cincuenta y tres años de transmisiones de Sábado Gigante. Carismático como pocos, también es el hombre tras la mayúscula obra caritativa de la Teletón y un referente indiscutible para artistas, políticos y presidentes de la república.

Pero este astro tiene también su lado oscuro. Se le ha acusado de acoso sexual, de hacer negocios con la caridad, de poseer cuentas en paraísos fiscales, de relacionarse con agentes de la  dictadura y de diversos excesos; se le ha tratado de altanero, maquiavélico y mentiroso; incluso Mike Patton, el famoso vocalista de Faith No More, lo bautizó públicamente como “Don Corleone”.

Si bien mucho de lo que se dice de Don Francisco es falso, hay bastante verdad y es eso lo que la periodista Laura Landaeta intenta desentrañar en esta apasionante investigación, que fluye, página a página, como si leyéramos una novela. Con un rigor intachable, la autora nos sumerge en el lado más sombrío de Don Francisco: la historia secreta de un gigante. Un gigante con pies de barro.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:


El negociador

El 11 de septiembre de 1973, Chile vivió uno de los momentos más dolorosos de su historia. El golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet no solo terminaba con la democracia en el país, sino que además inauguraba un período que se llevó consigo a miles de compatriotas que pensaban diferente.

Más allá de las simpatías políticas que este golpe de Estado generó en diferentes sectores del país, es un hecho indesmentible que, con los años, el mundo entero conoció las atrocidades genocidas y los fuertes atentados a los derechos humanos que se cometieron en la dictadura más larga de Sudamérica.

Ese mismo 11 de septiembre no solo se bombardeó el Palacio de La Moneda con su presidente electo democráticamente aún en él. No solo murió Salvador Allende, sino que además miles de chilenos fueron apresados, torturados y asesinados por los militares. Los mismos uniformados que en la tarde de esa sangrienta jornada fueron hasta la casa de Don Francisco y de su entonces compañero y amigo Mandolino para llevarlos hasta el comando central del Ejército, en la Academia de Guerra. Antes de eso le pidieron realizar una nota en la casa del fallecido presidente Allende en la cual mostraba, entre otras cosas, su colección de vinos, las armas que guardaba y una serie de obsequios que había recibido de Fidel Castro. La idea de la nota era plantar la imagen de un ex presidente terrorista, materialista y ladrón que era un peligro para la patria.

La figura fue decidora. Era el animador con más arrastre del país siguiendo al dedillo un guión de los militares que buscaba justificar la matanza que ocurría en las calles y la muerte de un presidente democráticamente elegido. Y ese estigma lo persigue hasta el día de hoy.

El animador contó la historia varias veces en los años venideros, aunque después intentó bajarle el perfil hasta que el hijo de Mandolino la reflotara escribiendo sobre ella en el libro biográfico de su padre. En estas páginas se recuerda lo sucedido en la Academia de Guerra ese fatídico día y del requerimiento que se le hizo a la dupla para realizar «una pequeña presentación a las tropas. De mala gana, Armando tuvo que vestirse y salir a entretener».

Años después conoceríamos otra parte de esta misma historia que nuevamente tendría como protagonista a Kreutzberger. Un periodista chileno se dirigía a su muerte apresado en un camión militar cuando en la gasolinera en la que se detuvieran estaba también Kreutzberger. Cuando lo vio, lo saludó, le dio comida e intercedió para que los militares lo soltaran. Y lo hicieron. Es difícil definir con precisión lo que Kreutzberger pensaba en ese entonces. Cercano a la Democracia Cristiana, era claro que los militantes de esa coalición no solo apoyaron el golpe de Estado, sino que además participaron activamente en él, al menos en su primera etapa. Luego se arrepintieron y finalmente lo enfrentaron. Pero Kreutzberger navegaba entre las aguas con el mismo rostro inexpresivo con el que enfrenta diariamente la vida. Un misterio.

En una entrevista contó una anécdota decidora: en plena campaña presidencial de 1952, el encargado de gritar a favor del candidato radical en la plaza Ñuñoa era analfabeto, entonces, cuenta Kreutzberger, «para no perder la pega, me ofrecía unas monedas para que yo hablara. Un día a mi mamá le pareció escuchar mi voz diciendo “porque el candidato Pedro Enrique Alfonso…”. Fue a la plaza, me pescó, me sacó y me retó más que la cresta. Ellos eran extranjeros y venían muertos de miedo de la política. Me dijo: “Nunca te metas en política, nunca”».

Respecto a la participación en el registro de la casa del fallecido presidente Allende, Don Francisco dijo al programa TV o no TV del Canal 13 de Chile: «Yo pensaba que esa era el final de mi carrera, porque nunca me había involucrado en política. Ahí se me ocurrió una idea luminosa y le digo al oficial: “Esta es una gesta del Ejército y creo que un civil no es el que tiene que transmitirla”. Entonces, el oficial agarró papa y se puso a transmitir».

Lo cierto es que Mario Kreutzberger siempre se cuidó de mantener una imagen despolitizada. Evitaba ser fotografiado con Pinochet y para el plebiscito del Sí y el No –que exigió tomar partido a los chilenos–mantuvo una santurrona indefinición personal.

Si bien la dictadura militar le permitió construir su paraíso televisivo con total apoyo, su fino olfato supo detectar que los tiempos de la dictadura acabarían algún día y tendría que encajar en la pactada transición. Y se definió, o al menos trató de hacerlo, mostrando su apoyo por el presidente Patricio Aylwin, el primero luego de la salida de Pinochet. Demócrata cristiano igual que él.

Durante la dictadura, Don Francisco era el rey de la entretención de todo un país en toque de queda. En su programa, cada tarde de sábado, familias pobres competían por planchas, jugueras, cuchillos eléctricos, refrigeradores y hasta un auto, si se le daba la gana al animador. Las décadas del setenta y ochenta fueron de oro para Don Francisco. El éxito de audiencia consiguió que en 1986 y 1987 el programa durase hasta siete horas ininterrumpidas, base para su éxito internacional posterior que lo mantuvo cincuenta y tres años en pantalla.

Kreutzberger aprovechó incluso el espacio para proteger a amigos que eran perseguidos políticos, como el pianista Valentín Trujillo, algo que hasta el día de hoy le agradecen muchos. Pero navegar en aguas calmas en medio de la tormenta requiere de sacrificios y él lo sabía.

A Pinochet le gustaba mucho Don Francisco y trató en innumerables ocasiones de fotografiarse con él en eventos públicos e invitarlo a encuentros privados. Y aunque siempre buscó la forma de zafarse, no siempre dijo que no. En una entrevista el animador recuerda por ejemplo que «un día me invitó a un almuerzo en La Moneda, me pilló a la salida de un evento. Era un tipo cazurro. Mi posición siempre ha sido gobiernista independiente; tengo que estar con ellos, al servicio de sus necesidades, pero no formar parte», dijo. Una postura bastante tibia en política que ha mantenido hasta el día de hoy, pese a su conocida tendencia de centro y cercanía con el neoliberalismo.

Durante la dictadura, a varios colaboradores del animador les consta cómo este inventó muchas excusas para no asistir a las invitaciones que el dictador le hacía. «Una vez recuerdo que llegó a la oficina y le dicen que Pinochet lo invitó a una cena el viernes en la noche, era miércoles. Entonces él le decía a su asistente, “dile que lo lamento pero que tengo pasajes comprados para ir a Buenos Aires en familia a una reunión impostergable”. Antes de llamar a la secretaria consígueme un pasaje en avión para el viernes, no importa lo que cueste». Sutiles evasivas, tan sutiles como las loas al modelo económico de Pinochet que hasta hoy, décadas después del fin de la dictadura, el animador sigue haciendo en entrevistas donde ha valorado enormemente «el aporte económico que Pinochet le hizo al país, convirtiendo a Chile en una economía sólida».

Y es que en dictadura su rol fue fundamental. A cargo de la entretención, Don Francisco se convirtió en un referente para el mundo político totalmente adictivo. Y no solo en Chile, también en Estados Unidos, donde los candidatos republicanos y demócratas elegían su programa como el primer lugar en el que dar una entrevista dirigida a la población latina residente y votante.

En Chile, en tanto, la propia presidenta Michelle Bachelet, en una maniobra mediática objetada hasta el día de hoy, adelantó cambios en su gabinete ante la mirada atónita del conductor. En mayo de 2015, la mandataria enfrentaba la crisis más grande de su segundo período. En medio de las críticas sociales, la presidenta dio una entrevista a Don Francisco, la cual fue emitida en el noticiero central de un canal chileno. En este espacio, en el canal de Andrónico Luksic, quien era cuestionado por el préstamo millonario e irregular que le concedió a la nuera de la mandataria días antes de que esta comenzara su segundo período presidencial, anunció un cambio de gabinete. Más allá de los protocolos republicanos y la independencia ficcional del Poder Ejecutivo o del impacto mediático de hacerlo frente al animador número uno de Chile, la operación da luces del rol que ha asumido el reconocido animador de televisión en la política chilena.

De Don Francisco se han hecho varias lecturas en materia política. Hace poco, el lobbysta chileno Eugenio Tironi decía que es «el notario de la transición»; el rector de la UDP de Chile, Carlos Peña, en tanto, lo calificó de «experto en entretención y hábil manipulador de la levedad emocional de las masas». Su programa Sábados Gigantes «era a la vez un palacio y una casa del horror, el parque temático con el que la tele construyó nuestra identidad por décadas y una fantasía cultural tan potente que fue capaz de transformar el tedio de un sábado en la tarde en una mitología que tuvo que salir a vender al resto del mundo», en palabras del escritor Álvaro Bisama en un medio chileno.

 

La entrevista de la presidenta chilena demostró además que Kreutzberger no decide aún si optar por lo nuevo o seguir siendo el mismo animador que entretenía a un país entero en los ochenta con su estilo misógino y burlesco, un animador que transita entre la credibilidad de quien animaba al Chacal de la Trompeta y la promesa de un «proceso constituyente», como señaló esa noche la presidenta.

Por eso transita las aguas de la política desdiciéndose de todo, escondiendo sus preferencias y sus amistades, para no quedar mal con Dios ni con el diablo.

De hecho, una de sus mayores incomodidades a lo largo de estos años es que se le haya vinculado con el asesino número uno de Chile, Manuel Contreras, quien murió el 2015 condenado a quinientos veintinueve años de cárcel por ciento seis casos de derechos humanos, y quien fue director de la DINA y estuviera a cargo de la Operación Cóndor –aquella en la cual las dictaduras latinoamericanas se pusieron de acuerdo para asesinar en sus países a los prófugos de izquierda de otras naciones– y de la inteligencia militar chilena en los primeros años de dictadura.

Según consta en el archivo chileno de DD.HH. del Museo de la Memoria (donde se guardan todas las declaraciones de Contreras), el hijo de este señaló: «Una vez comimos con Don Francisco. Estábamos cenando con el periodista Pablo Honorato en un restaurante y Don Francisco estaba con su esposa en la mesa de al lado. Los invitamos a sumarse con nosotros y comimos juntos. Don Francisco le preguntó muchas cosas a mi padre sobre su vida».

Kreutzberger negó esta cercanía con Contreras, pero el hijo fue más allá y dio una entrevista al semanario The Clinic donde contó que su padre y el animador conversaban sobre el Mossad (servicio de inteligencia israelí) y su opinión sobre este, entre otras cosas.

Ciertamente, al tratar de averiguar si existe o no un vínculo real entre Manuel Contreras y Don Francisco, uno que los haya hecho más que solo simples personajes públicos que se encuentran en un restaurante en plena dictadura, salta a la luz un hecho sorprendente:

Manuel Contreras y Mario Kreutzberger no solo se conocían, sino que además fue el propio Kreutzberger quien lo puso en contacto con uno de sus grandes amigos y socios (quien también es miembro del directorio de la Fundación Teletón): Lázaro Calderón, entonces dueño de la multitienda Johnsons (llamada así por Lyndon Johnson, el presidente que sucedió a Kennedy). Y es que fue ahí, en los talleres de San Diego con Ñuble, donde empezó a trabajar un joven ayudante de sastre obsesionado con el mundo del espectáculo: Mario Kreutzberger. En ese lugar, Kreutzberger entabló una estrecha amistad con Marcelo, Lázaro y toda la familia Calderón. Esto le trajo excelentes dividendos a Johnsons, quien despegó como auspiciador de Sábados Gigantes, a la par que Kreutzberger se convertía en uno de los personajes más creíbles de Chile. La familia sabe que es necesario establecer buenas conexiones para el éxito en los negocios y Don Francisco les abría inusitadas puertas. ¿Como cuál? La más rentable por ese entonces: el salvoconducto a la impunidad. Johnsons fue la multitienda que vistió en forma gratuita a los agentes de la DINA en la década de los setenta. Así al menos lo aseguran varios testigos con los cuales fui conversando durante esta investigación.

Era difícil de creer que pese a no ser amigos, Calderón y Kreutzberger tuvieran ese vínculo tan siniestro con el hombre más temido de Chile después de Pinochet. Es por eso que seguí la pista de Amelia Negrón, actualmente secretaria en el Ministerio de Educación y que fue una de las pocas detenidas de Villa Grimaldi que salió con vida de ese lugar. Villa Grimaldi fue una de las casas de tortura de la DINA que hoy se conserva como centro cultural y memorial de los derechos humanos en Chile.

Estando presa, Amelia –por su simpatía y carácter alegre– logró acceder a ciertos privilegios que otros no tuvieron. Ella debía limpiar y para poder hacerlo tenía permiso para circular por los pasillos que daban a las celdas y las piezas de tortura. Vio y escuchó muchas cosas y su testimonio fue vital en la reconstrucción de los hechos llegada la democracia a Chile.

«Había dos niños chicos que hacían guardia; ellos hicieron el servicio militar el 73 y el golpe los pilló en plena actividad. Los mandaron a la DINA y eran guardias en la Villa Grimaldi», recuerda la detenida. «A uno le decían el Gato y al otro el Lolo. Los conocí mucho a ambos, especialmente al Gato, Samuel Fuenzalida», recuerda. Fuenzalida fue preparado por Miguel Krasnoff y el coronel Raúl Labbé para integrar la DINA en el campo de prisioneros de Tejas Verdes. Trabajó en dos emblemáticos centros de tortura de la dictadura –Londres 38 y Villa Grimaldi– y además fue quien años después confesó y prestó testimonio para constatar cómo el ciudadano pedófilo alemán residente en Chile, Paul Schaeffer, torturaba y asesinaba víctimas de la dictadura por pedido de Pinochet en Colonia Dignidad, el predio alemán hacendado en el sur del país.

Fuenzalida huyó de Chile en 1978 y pidió refugio en Europa, ofreciéndose a declarar en casos de derechos humanos y aportar a esclarecer la verdad del genocidio ocurrido en Chile. Ahí, entre otras cosas, contó que la DINA se vestía con ropa de Johnsons.

También se lo dijo años después a Amelia. Por eso ella lo sabe. Fue difícil pero contacté al suboficial a través de Amelia y, efectivamente, aunque fue reacio a profundizar en el tema, afirmó: «Sí, es verdad, Johnsons nos regalaba la ropa. Yo fui varias veces a cobrar mi ropa con sus vales al centro de Santiago».

Fuenzalida confirma además que al parecer era frecuente que los compañeros de la DINA aseguraran al ver a Kreutzberger en televisión que «gracias a él tenemos ropa linda».

Bajo la dictadura también Don Francisco labró su faceta más reconocida. El modelo de la Teletón lo convirtió en el primer gran articulador público y privado del país en el año 1978, cuando llevó a todo un país a creer que la solidaridad era posible comprando en el supermercado.

En 1978, impresionado por el impacto producido por la primera Teletón, Pinochet invitó a Don Francisco al edificio Diego Portales para felicitarlo. «Es un genio», le decía a quien quisiera oírlo. Y claro, los beneficios de imagen que ofrecía al dictador un evento de tal magnitud nunca fueron puestos en duda, por eso cuando el animador chileno Antonio Vodanovic propuso que TVN siguiera a Canal 13 y que juntos trabajaran en esa gran cruzada televisiva –algo inédito, más aún tratándose de dos canales competidores, uno de ellos del Estado–, Pinochet no dudó en dar su visto bueno.

Vodanovic tomaba las decisiones en TVN por ese entonces, pero nada se hacía sin la venia del general. A Kreutzberger le convenía estar bien con el dictador y, por su parte, a Pinochet, acostumbrado a poner cortinas de humo en el día a día para así desviar la atención de sus robos y los atentados a los derechos humanos, le quedaba como anillo al dedo esta campaña social.

Pero no todos en la Junta Militar chilena querían al animador. Su más profundo detractor fue el almirante José Toribio Merino, comandante en jefe de la Armada. Merino siempre decía que Kreutzberger era peligroso, más aún dado el tremendo arrastre que tenía en el público chileno. «A este huevón hay que tenerlo cerca, es útil y nos sirve mucho», repetía siempre Pinochet tras las críticas de Merino al animador.

Pero el almirante no se quedó solo en críticas…Uno de los episodios más desconocidos hasta ahora sobre la relación de Kreutzberger y la dictadura chilena es aquel que probablemente ni el mismo animador conozca y que luego de meses de investigación doy a conocer en estas páginas.

En el año 1988 no solo comenzaron las protestas más álgidas contra Pinochet, sino que además se vislumbraba la posibilidad de generar cambios muy importantes para el país. En las urnas se votó la continuidad de Pinochet en un plebiscito que perdió.Inmediatamente comenzaron las encuestas públicas y los sondeos de opinión para que los chilenos expresaran quién creían que podría ser presidente de la nación luego de quince años de dictadura. Para sorpresa de muchos, las encuestas siempre las encabezaba un chileno que ni siquiera era candidato: Don Francisco. Esto aumentó el recelo de Merino –según cuenta una fuente de la inteligencia naval–, quien decidió sacar a relucir un informe fruto de una investigación que le había solicitado un amigo hacía cuatro años. En su momento, el almirante guardó la evidencia «porque no sentía que era de importancia para el gobierno militar», asegura la misma fuente, pero viendo el arrastre que tenía Kreutzberger en el nuevo escenario, decidió tomar el toro por las astas y reactivar la investigación.

Según relata esta fuente, el informe fue hecho por un detective privado a pedido de uno de los dos empresarios más importantes del país y de la región en el año 1984. Los hermanos Kreutzberger –Mario y René– habían manifestado su interés por involucrarse en negocios navieros, convirtiéndose en un poderoso enemigo potencial para los dos más grandes controladores de las navieras de la época: Ricardo Claro y la familia Von Appen, de procedencia alemana y cuyo patriarca fue miembro del Tercer Reich, según una investigación contenida en el libro Chile y los hombres del Tercer Reich, de María Soledad de la Cerda.

El informe llegó directamente a manos de Merino, recuerda un miembro del Ancla 2 (A2), el departamento de inteligencia naval de la Armada en Valparaíso. «Don Francisco era visto como enemigo porque tenía mejor llegada que Pinochet. El almirante Merino consideraba que este amenazaba a la supervivencia del régimen y que había que hacerlo caer», revela esta fuente.

Dicho dossier se guarda hasta el día de hoy en la bodega general de la Dirección Nacional de la Armada en Santiago, un sitio donde muy pocos documentos tienen cabida, casi todos ligados a temas de derechos humanos o secretos de Estado. Y fue guardado ahí porque Pinochet, pese a leerlo, no permitió que Merino lo divulgara. «Hacerlo habría devastado al animador», señala esta fuente.

Básicamente, este informe –del cual solo pude ver una fotografía del original– habla de presuntas actividades del animador y su hermano ligadas a temas sexuales y de drogas, en los cuales profundizaré en una futura investigación.

Conversando con otro miembro de la inteligencia de la Armada, este me confirma que «la única manera en que un informe de inteligencia haya tenido valor en esa época es que se tratara de alguien con tendencias marxistas o bien alguien con problemas conductuales en materia sexual, conductas con menores o de tipo homosexual. Las drogas no son relevantes para algo así porque en los ochenta mucha gente consumía drogas y la sexualidad solo en algunos temas es cuestionada por la Armada. En los ochenta se consideraba normal lo que hoy es penado por la ley, entonces si el almirante Merino quiso ir contra los hermanos Kreutzberger debe haber tenido motivos fuertes».

Curiosamente, en el reporteo de este hecho salió a la luz un defensor de Kreutzberger a quien ya conocíamos: Manuel Contreras. «Fue Contreras quien pidió no tocar al animador con esta investigación y el almirante Merino cedió, aunque muy molesto», confiesa el miembro de la Armada.

Fue así como Kreutzberger sorteó la época más compleja en términos políticos de su país. Llegó a la transición a la democracia ayudado por quienes insiste en que no son sus amigos, pero cargando un sino de dudas sobre sus hombros con respecto a su tendencia y su opinión política. En los años venideros, solo buscó sacar partido de los gobiernos para apoyar a la Teletón, sin jamás casarse con ninguno de los presidentes o candidatos, aunque en más de una ocasión y a través de su cruzada solidaria consiguió coordinar compras importantes del Estado chileno en el extranjero, así como también más ingresos para su caridad.

Ha estado con todos, compartido con todos e invitado a todos. Y hasta el día de hoy, cuando intenta seguir la corriente de Canal 13 de Chile y se lanza a entrevistar a los políticos del momento con un dejo de seriedad bastante cuestionable, el animador sigue sosteniendo su neutralidad. En una entrevista reciente le preguntaron: «¿Se puede ser gobiernista sin estar de acuerdo con las ideas del presidente?», «Pero es que no hago cosas políticas –respondió–, las que realizo son de tipo humanas, familiares y de información. Ahora, si el gobierno me pide colaborar con una emergencia lo haré, pero jamás diré “vote por tal cosa”». Finalmente agregó: «Admiro a los que se dedican al servicio público, pero no tengo disciplina política,

pertenecer a una tendencia, a un partido. A veces estoy de acuerdo con la más rancia derecha y luego con la más rancia izquierda».

Ahora, pese a su lucha por la independencia que dice mantener, no pudo quedarse ajeno a la polémica de moda en Estados Unidos: la creciente popularidad del precandidato conservador Donald Trump y su eventual llegada a la Casa Blanca. Como es sabido, Trump señaló en una entrevista en mayo de 2015 que «los Estados Unidos invitarán a El Chapo [el narcotraficante mexicano que escapó de prisión el 2015] a convertirse en ciudadano estadounidense, porque nuestros “líderes” no pueden decir NO. El Chapo y los cárteles mexicanos de la droga utilizan la frontera sin impedimentos, como si fuera una aspiradora. Nosotros tenemos a los asesinos, drogadictos y criminales y ellos se llevan el dinero».

No conforme con esto, el 16 de junio del mismo año el magnate de sesenta y nueve años indicó que si llegaba a la presidencia colocaría «un gran muro» en la frontera sur de Estados Unidos y haría que «México lo pagara». «[México] manda a su gente, pero no manda lo mejor. Está enviado gente con un montón de problemas […]. Están trayendo drogas, el crimen, a los violadores. Asumo que hay algunos que son buenos», agregó el empresario y candidato.

Inmediatamente, los latinos de América comenzaron a manifestar su repudio por el racismo y fascismo de los dichos de Trump. Sin embargo, Mario Kreutzberger se mantuvo en silencio hasta el mes de septiembre, cuando, en medio de su despedida de Sábado Gigante, comentó en la BBC: «Yo nunca me he metido en política y soy muy cuidadoso de hablar de los demócratas y republicanos en Estados Unidos, así como de la izquierda y la derecha en Chile, pero usted me hace una pregunta que no es de política…

Es posible que alguien diga que no le gustan los inmigrantes, es posible que no le gusten los inmigrantes mexicanos o que no le gusten las políticas migratorias. Lo que para mí es inaceptable es que alguien diga que los mexicanos son ladrones, que trafican con droga o que son violadores. Eso para mí es inaceptable. Eso no es política. Es racismo, puro racismo», concluyó.

A día de hoy, Kreutzberger intenta mantenerse en el límite entre la opinión y el compromiso. Sin embargo, y como hemos ido viendo en los capítulos de esta biografía, más que por falta de convicción o ideales, lo que motiva su tibieza es el interés creciente por hacer negocios con quien pueda proveerle o facilitar sus anhelos económicos. Pinochet lo avaló en su cruzada más provechosa: la Teletón. Ricardo Lagos le cedió terrenos de valor incalculable en la Patagonia chilena con apoyo de Bachelet, que entonces era ministra. Ella misma ya como presidenta le otorgó fondos y beneficios a la Teletón y Sebastián Piñera lo utilizó como rostro de la reconstrucción y también como intermediario en la compra de materiales para el Estado luego del terremoto.

En Estados Unidos, en tanto, Kreutzberger ha sido más cauto. Con un sistema político en el que ambas coaliciones prácticamente se turnan los gobiernos, el animador entendió desde sus inicios allá que no era conveniente para sus planes televisivos, inmobiliarios y comerciales ponerse la camiseta de los republicanos o los demócratas. Y coquetea con ambos.

Don Francisco. Biografía no autorizada de un gigante
El libro recorre la principal mitología asociada a Sábados Gigantes, la Teletón y la vida personal de Mario Kreutzberger, uno de los animadores de televisión más populares del mundo de habla hispana.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 02/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 978-950-49-5049-3
Disponible en:Libro de bolsillo