martes 11 de diciembre
Interesante

Adelanto de “Sociedades comparadas”, de Jared Diamond

9789873752483


Jared Diamond comenzó su carrera académica como naturalista: observaba a los pájaros y deducía reglas de su comportamiento. Más tarde cambió el objeto de su interés y empezó a estudiar organismos tan complejos como las sociedades humanas, pero con el mismo método.

Así, en siete breves capítulos explica por qué unos países son pobres y otros ricos, cómo influyen las instituciones en la prosperidad, de qué modo la geografía condiciona el devenir de China frente al de Europa, cuál es el papel de las crisis nacionales y los grandes problemas que el mundo afronta hoy en día.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:


1 – Por qué unos países son ricos y otros pobres: el papel de la geografía

Supongamos que fuera usted a conocer a una persona a quien no ha visto jamás. Le gustaría saber lo máximo posible sobre ella. Pero solo se le permite formularle dos preguntas y esa persona puede responder a cada una con solo una palabra. ¿Con qué dos preguntas, que puedan responderse con una única palabra, obtendrá la mayor cantidad de información posible sobre alguien?

Muchos dirán que las dos preguntas susceptibles de contestarse con una sola palabra que aportarían más información son: ¿dónde nació usted? ¿En qué año?

Por lo que respecta a la fecha de nacimiento, supongamos que un italiano contesta que nació en 1920, en 1940, en 1950 o en 1990. Esto nos permitirá conjeturar muchas cosas sobre cómo ha sido su vida. Un italiano nacido en 1920 se crió durante la dictadura. Es probable que uno nacido en 1940 sufriera los bombardeos y combates, así como las dificultades de los años de la posguerra. Un italiano de 1950 no vivió los años más penosos de la posguerra, pero sí los de las Brigadas Rojas. Uno nacido en 1990 solo conoce por los libros la dictadura, los bombardeos y combates, los años de la posguerra y las Brigadas Rojas. Así pues, bastará con que un natural de Italia nos diga su fecha de nacimiento para que sepamos mucho sobre su experiencia vital.

En cuanto a la respuesta a «¿Dónde nació?», supongamos que la persona a quien acabamos de conocer contesta que nació en Italia, Haití, Estados Unidos, Ruanda, Irak o Corea del Sur. Eso nos aportará inmediatamente mucha información respecto a su probable forma de vida. Por ejemplo, los europeos y los estadounidenses vamos al trabajo en coche o en metro. Vivimos en casas unifamiliares o en pisos que alguien ha construido para nosotros. Comemos lo que otros han producido y lo compramos en mercados. Llevamos ropa confeccionada por terceros. Disponemos de atención médica, incluida la dental, y disfrutamos de entretenimientos de masas como la televisión y el cine.

Sin embargo, muchas personas de otras partes del mundo no hacen todo lo que hacemos los europeos o los estadounidenses, por la sencilla razón de que han tenido la desgracia de nacer en Haití o en Ruanda. En el mundo hay haitianos, ruandeses y otros miles de millones de personas que, siendo tan inteligentes y trabajadoras como los europeos y los estadounidenses, carecen de un empleo remunerado. Cuando lo tienen, van a trabajar a pie, no en coche o en metro. Ellos mismos se construyen sus casas o chozas. Producen sus propios alimentos y se confeccionan su ropa, y a veces ni siquiera tienen ropa que ponerse. Carecen de atención sanitaria y dental. Tampoco cuentan con entretenimientos de masas como la televisión y el cine.

Todas estas diferencias entre europeos y haitianos ponen de manifiesto que el lugar donde por azar nacemos tiene una enorme influencia en nuestra vida.

 

Los diferentes grados de riqueza nacional constituyen un elemento clave de la geografía regional del mundo. ¿Por qué unos países son ricos y otros pobres? En los más ricos, como Noruega, Italia y Estados Unidos, la renta per cápita anual llega a ser cuatrocientas veces superior a la de los más pobres, como Burundi y Yemen. Los diferentes grados de riqueza nacional no son solo un interesante problema académico. También tienen importantes repercusiones políticas. Si supiéramos responder de forma adecuada a esa pregunta, quizá los países pobres podrían aprovechar las respuestas para aprender a hacerse ricos, y los ricos para idear pro gramas de ayuda más eficaces destinados a los países pobres.

Les contaré una experiencia personal acerca de las diferencias de riqueza nacional que me dejó huella. Hace unos diez años pasé unos días en los Países Bajos. Después realicé un largo viaje en avión para pasar otros pocos días en Zambia. Si un visitante extraterrestre viera los Países Bajos por primera vez, diría: «¡Qué país más desgraciado! ¡Solo tiene desventajas! ¡Qué pobre debe de ser!». Descubriría que en en los Países Bajos los inviernos son largos y los veranos cortos, de manera que los agricultores solo pueden recoger una cosecha al año. El país carece de recursos minerales importantes. Como el terreno es bajo y llano, no dispone de embalses que generen energía eléctrica, por lo que ha de importar petróleo y carbón. Además, tiene la desgracia de compartir frontera con Alemania, un país mucho mayor, que en 1940, cuando contaba con un ejército potente, invadió a su vecino, causando grandes estragos. Un tercio del país se halla por debajo del nivel del mar y corre el riesgo de quedar anegado por el océano. Por tanto, sería comprensible que el visitante extraterrestre creyera que los Países Bajos es una nación muy pobre.

A continuación viajé a Zambia, un país de África meridional. Puede que el visitante extraterrestre hubiera oído decir en el espacio exterior que los países africanos suelen ser pobres. Así pues, le impresionarían las ventajas de que disfruta Zambia en comparación con la mayoría de los otros países africanos, e incluso con los Países Bajos. A diferencia de Europa y Estados Unidos, no necesita comprar petróleo, gas natural ni carbón para producir energía: todos sus recursos energéticos proceden de los enormes embalses situados en el río Zambeze, que generan tanta electricidad que el país la exporta a sus vecinos. A diferencia de lo que ocurre en los Países Bajos, en Zambia abundan los minerales, sobre todo el cobre. Como tiene un clima cálido, los agricultores recogen varias cosechas al año, no solo una como en los Países Bajos. Al contrario que la mayoría de los países africanos, Zambia es pacífico, estable y democrático, sus tribus no están enfrentadas y nunca ha sufrido una contienda civil ni una guerra con sus vecinos. A diferencia de los Países Bajos, nunca ha sido invadida por un vecino. En el país se celebran elecciones libres y los zambianos son un pueblo afable y trabajador que valora la educación.

Les ruego ahora que intenten adivinar cuál es la renta per cápita media de Zambia. ¿Les parece que es mayor, menor o igual que la de los Países Bajos? Si creen que la de los Países Bajos supera a la de Zambia, ¿dirían que es 400 veces, 10 veces o 1,5 veces mayor?

La respuesta es: ¡la renta media de los Países Bajos es cien veces mayor que la de Zambia! En el primer país la renta media es de unos 22.000 euros al año, mientras que en el segundo es solo de 220. Esta diferencia le resultaría increíble a nuestro visitante extraterrestre. ¿Por qué, a pesar de todas las ventajas de Zambia y las desventajas de los Países Bajos, el segundo es mucho más rico que el primero?

Este ejemplo ilustra el problema general de por qué unos países son ricos y otros pobres. La respuesta tiene que ver con dos conjuntos de factores: los geográficos y los institucionales. En este capítulo me ocuparé de los primeros, pero eso no significa que no tenga en cuenta la relevancia de los segundos. Simplemente, este capítulo se centra en los geográficos, no en los institucionales, cuyo análisis dejo para el capítulo siguiente.

 

Uno de los factores geográficos más importantes es la latitud. En general, los países situados en zonas templadas son considerablemente más ricos que los tropicales. Hasta los de este último grupo que cuentan con instituciones honradas, como Costa Rica, son más pobres que países europeos con instituciones no tan honradas, como Bulgaria.

Es interesante que la influencia de la latitud en la riqueza se observe incluso dentro de ciertos países con una amplia gama de latitudes de norte a sur. Por ejemplo, el noroeste de Estados Unidos, con estados como Nueva York y Ohio, situados en zonas templadas, es mucho más rico que las áreas del sudeste, más cálidas y tropicales, como Mississippi y Alabama. La diferencia de riqueza entre el nordeste y el sudeste de Estados Unidos era todavía más acusada en el pasado. Del mismo modo, la zona rica de Brasil es la templada, la más alejada del ecuador, en torno a las prósperas ciudades meridionales de Río de Janeiro y São Paulo. (Brasil se encuentra al sur del ecuador, y Estados Unidos al norte; por eso la zona templada de este último país es la septentrional, mientras que en Brasil lo es la meridional.) La región más pobre de Brasil es la tropical del norte cercana al ecuador. Dicho de otro modo, la influencia de la latitud en la riqueza queda patente no solo al comparar países, sino también en el interior de países que poseen la suficiente extensión de norte a sur. En consecuencia, cabría preguntarse si la geografía, además de las instituciones, ayuda a explicar por qué el norte de Italia es más rico que el sur.

Las principales razones de la pobreza de los países tropicales en comparación con los templados son dos: su menor productividad agrícola y sus mayores problemas sanitarios.

Empecemos por la productividad agrícola. Cabría suponer que, por diversas razones, las zonas tropicales habrían de tener mejores cosechas que las templadas. Una de esas razones es que en las zonas tropicales el período vegetativo de los cultivos dura todo un año, no solo medio año como en Italia o un par de meses como en Suecia y Canadá. Otra razón para esperar mejores cosechas en los trópicos es que las temperaturas son cálidas todo el año, suele haber luz solar de sobra y las lluvias y la disponibilidad de agua acostumbran a ser considerablemente mayores que en las regiones templadas. Por ejemplo, un índice anual de precipitaciones de 1.000 mm se considera bueno en Italia, pero en Nueva Guinea no hay ninguna región con precipitaciones tan escasas. En todo el país dicho índice se sitúa por encima de 2.000 mm, supera los 5.000 en aproximadamente la mitad del territorio y los 10.000 en las zonas más húmedas.

Pese a que estas razones justificarían la esperanza de que los trópicos contaran con excelentes cosechas, los campesinos de esas zonas saben, para su pesar, que no es así. Cuando contemplan magníficas zonas agrícolas de Italia como las del valle del Po, sienten asombro y envidia. Dos razones explican que en las zonas tropicales, en contra de lo que cabría esperar, las cosechas sean reducidas. Una es la escasa fertilidad y profundidad de los suelos. En Europa, Estados Unidos y otras regiones templadas, los agricultores están acostumbrados a suelos profundos y fértiles. Esto se debe en parte a que los glaciares recorrieron de norte a sur la mayoría del territorio estadounidense y europeo, para después retirarse de sur a norte, un mínimo de veintidós veces durante las glaciaciones de los últimos millones de años. Al avanzar y retroceder, los glaciares machacaban las rocas subyacentes y generaban suelos profundos con una renovada provisión de nutrientes. Por el contrario, las cálidas zonas tropicales nunca tuvieron glaciaciones, por lo que carecen de suelos jóvenes y profundos que se regeneren de manera constante.

Pasemos a otro problema de los suelos tropicales. Cuando caminamos por un bosque templado como los de Italia y Estados Unidos, solemos ver en el suelo multitud de hojas muertas y ramas. Es decir, hay mucha materia orgánica caída, que al descomponerse poco a poco devuelve nutrientes a la tierra a lo largo de mucho tiempo. En cambio, en los trópicos las hojas y ramas caídas, así como otros restos de materia orgánica que se desprenden, no tardan en desmenuzarse a causa de las elevadas temperaturas. Debido al calor, microorganismos y animales diminutos descomponen las hojas caídas. Más tarde las intensas lluvias tropicales arrastran esos nutrientes a los ríos y después al océano.

Estos son los dos motivos por los que los suelos tropicales suelen ser superficiales y estériles.

La segunda razón de la escasez de las cosechas en los trópicos estriba en que, como es bien sabido, estos cuentan con muchas más especies que las zonas templadas. No solo hay multitud de variedades de aves para hacer las delicias de los aficionados a la ornitología que visitan Brasil, sino también muchísimas más especies de agentes patógenos, insectos y moho, que infestan y dañan las cosechas y terminan por destruir gran parte de ellas.

Estos son los dos conjuntos principales de razones por las que, en contra de lo que cabría esperar, las cosechas son menores en las regiones tropicales que en las templadas. Por eso los principales exportadores agrícolas del mundo —Estados Unidos, Canadá, Rusia, los Países Bajos, Argentina, Sudáfrica, entre otros— se encuentran en su mayoría en zonas templadas. Solo Brasil, que en cualquier caso cuenta con una extensa región templada además de una amplia zona tropical, es un importante exportador agrícola de las latitudes tropicales.

 

Por tanto, la baja productividad agrícola es uno de los dos grandes motivos de la tendencia a la pobreza de los países tropicales. El otro gran motivo tiene que ver con deficiencias sanitarias. Acabo de afirmar que los trópicos poseen más especies que las zonas templadas, como las aves que hacen las delicias de los aficionados a la ornitología. Pero esa gran variedad tropical también incluye especies patógenas como parásitos, lombrices, insectos y gérmenes. Los encargados de sanidad suelen decir en broma que la mejor medida sanitaria del mundo son los fríos inviernos de las zonas templadas. El frío del invierno acaba con los parásitos y gérmenes, que en consecuencia tienen que volver a crecer en primavera. Por el contrario, en los trópicos los parásitos y gérmenes proliferan durante todo el año.

Esto no quiere decir que las zonas templadas sean lugares totalmente saludables. Como sabrá cualquiera que conozca la historia de Europa, en el pasado sus habitantes morían de enfermedades infecciosas. En general, las enfermedades de las zonas templadas, y las que a lo largo de la historia han afectado a los europeos, solían ser de carácter epidémico y se propagaban debido al hacinamiento, como la viruela y el sarampión. Sin embargo, la mayoría de esas afecciones epidémicas propias de poblaciones densas solo se contraen una vez en la vida, por lo común en la infancia. Si de niño tenemos la suerte de sobrevivir a la viruela y el sarampión, seremos inmunes a ellas durante toda la vida y no volveremos a contraerlas. Por el contrario, las enfermedades tropicales suelen ser recurrentes y no proporcionan inmunidad de por vida si se sobrevive a un episodio, de manera que pueden padecerse una y otra vez. En la historia de Italia, por ejemplo, la enfermedad tropical recurrente más habitual ha sido la malaria.

Los europeos que hayan visitado los trópicos habrán conocido de oídas o sufrido la acción de parásitos crónicos como helmintos, protozoos y otros organismos patógenos que afectan a los habitantes de los climas tropicales. Por poner solo un ejemplo: en todo momento el indonesio medio es portador de unos seis tipos de parásitos. Después del sida, la malaria es, por número de casos y de muertes que ocasiona, la enfermedad infecciosa más importante del mundo. Debido a las parasitosis, a la malaria y ahora al sida, la esperanza de vida media en Zambia es solo de cuarenta y un años.

Naturalmente, es una enorme tragedia vivir en zonas tropicales donde una persona está expuesta a parásitos y enfermedades y es probable que muera a los cuarenta y un años. Pero un frío economista también diría que las enfermedades tropicales son perjudiciales para la economía por varias razones. Una es la escasa esperanza de vida que ocasionan, lo cual implica una vida productiva media igualmente breve de directivos y trabajadores cualificados. Pongamos el ejemplo de un ingeniero formado en Zambia: en torno a los treinta años se encontraría totalmente preparado para contribuir a la economía de su país, pero solo podría hacerlo durante once años, ya que, según el promedio de vida en Zambia, moriría con cuarenta uno. En Europa, donde la esperanza de vida se sitúa en torno a los setenta y siete años, ese ingeniero podría contribuir a la economía de su país durante un mínimo de treinta años hasta que se re tirara, o durante cuarenta o cincuenta si se le permite trabajar más allá de la edad de jubilación.

La segunda razón por la que las enfermedades tropicales son perjudiciales para la economía es que, además de una elevada mortalidad, causan una alta morbilidad. Es decir, aunque la malaria no mate, produce debilidad y malestar, que incapacitan para trabajar gran parte del tiempo. De ahí que los afortunados zambianos que a los cuarenta y dos años siguen con vida trabajen menos días al año que los europeos, ya que enferman con frecuencia.

Otro motivo por el que las enfermedades tropicales resultan perjudiciales para la economía es que descompensan el perfil de edad de la población. Un promedio de vida corto junto con tasas de mortalidad elevadas comporta la necesidad de tener muchos hijos para compensar el hecho de que es posible que muchos de ellos mueran pronto. En consecuencia, la proporción entre el número de trabajadores y el de habitantes no productivos es baja; es decir, hay pocos adultos productivos y muchos niños, no productivos, lo cual significa una renta media per cápita baja en el conjunto de la población.

Finalmente, otra desventaja económica derivada de los problemas sanitarios en las zonas tropicales es que en general las mujeres pasan mucho tiempo embarazadas o dando el pecho, pues traen al mundo a un número de niños suficiente para que algunos sobrevivan y no mueran de enfermedades tropicales. Sin embargo, a las mujeres embarazadas y lactantes les cuesta seguir trabajando.

Estas razones explican por qué las enfermedades tropicales no son únicamente una tragedia humana. Junto a la escasa productividad agrícola de los trópicos, constituyen el principal motivo por el que los países tropicales suelen ser más pobres que ricos.

¿Resultan deprimentes estos datos sobre los trópicos? Por supuesto que sí. ¿Significan acaso que las desventajas de esas zonas son insuperables y que los países tropicales están irremediablemente condenados a seguir en la pobreza? Por supuesto que no. Las desventajas de los trópicos son reales, pero es útil conocerlas. Podemos establecer una analogía con una persona a quien diagnostican una enfermedad. Es deprimente que le digan que la padece, pero ese suele ser el primer paso para averiguar cómo curarla. Del mismo modo, los países tropicales que han reflexionado sobre las deprimentes razones que suelen conducirlos a la pobreza han aprovechado esa información y se han esforzado por acabar con los motivos de su pobreza. Los países tropicales con mayor crecimiento económico en los últimos tiempos son los que más han invertido en sanidad. Además, no han centrado sus inversiones en la agricultura, conscientes de que nunca se harían ricos dedicándose en exclusiva a ese sector, ya que nunca podrían competir con las zonas templadas. Entre los países tropicales que recientemente han utilizado el diagnóstico de sus problemas para enriquecerse figuran Malasia, Singapur, Taiwan, Hong Kong y Mauricio.

Hay otra consecuencia de los grandes problemas sanitarios de los trópicos que interesa a la Agencia Central de Inteligencia estadounidense, y quizá también a organismos europeos equivalentes. La CIA tiene mucho interés en pronosticar la aparición de «estados fallidos»; es decir, qué regímenes corren más peligro de derrumbarse y sumir en el caos a sus países, situación que lleva a que la gente, desesperada, intente emigrar, prospere el terrorismo o surjan otros problemas. De ahí que la CIA haya realizado un gran esfuerzo para identificar qué factores predicen mejor el derrumbe de los estados y el caos.

Para sorpresa de los analistas de la CIA, ¡resulta que el mejor predictor nacional del derrumbe de un régimen es una mortalidad infantil elevada! Una de las razones de que exista tal correlación radica en que una tasa elevada de mortalidad infantil es perjudicial para la economía por los motivos antes expuestos. Implica que las mujeres pasen mucho tiempo embarazadas o dando el pecho y apartadas de la población activa, y que haya montones de niños improductivos a los que han de mantener unos pocos adultos productivos. La otra razón de la correlación observada por la CIA es que un índice elevado de mortalidad infantil también constituye una de las primeras señales de alarma de que un régimen es débil, ineficaz e incapaz de curar las enfermedades de sus niños.

Estos datos sobre las desventajas de los países tropicales tienen evidentes repercusiones políticas. En comparación con otras formas de ayuda a la economía como la construcción de presas o de minas, las medidas sanitarias y los programas de planificación familiar, destinados ambos a afrontar los problemas fundamentales de los países tropicales, son baratos. Por ejemplo, solo el proyecto de la presa de las Tres Gargantas acometido por China costará más de 22.000 millones de euros. En cambio, los programas de control de la malaria, la tuberculosis y el sida, las tres principales enfermedades infecciosas del mundo, solo le costarían al conjunto del planeta unos 18.000 millones de euros. En comparación con las pequeñas cantidades que hay que invertir en medidas sanitarias, esas inversiones suelen generar enormes beneficios económicos. Por otra parte, la prevención de la malaria nunca ha tenido ningún tipo de efecto secundario perjudicial. En cambio, construir presas y minas sí suele producir secuelas inesperadas.

En consecuencia, la escasa productividad agrícola y los grandes problemas sanitarios de las zonas tropicales son las principales razones de las desventajas geográficas de los países situados en esas latitudes. También merece la pena mencionar que en esos países, a causa del calor, la maquinaria industrial suele estropearse con más rapidez y frecuencia que en los templados. Por eso durante mi infancia, en las décadas de 1940 y 1950, las cálidas zonas meridionales de Estados Unidos eran en general considerablemente más pobres que las septentrionales, hasta que en esa última década se generalizó el aire acondicionado en los estados sureños, con lo que se redujeron las averías de la maquinaria y la vida de la población se volvió más cómoda.

 

Con todo, las desventajas de los países tropicales no son el único factor geográfico que ayuda a explicar por qué unos países son ricos y otros pobres. Otro factor geográfico que suele causar pobreza es la falta de salida al mar. Es algo de lo que los italianos no tienen que preocuparse: como Italia es una península larga y estrecha, cualquier punto de su mapa queda a una distancia relativamente corta de la costa. Incluso en la parte más ancha del país, la septentrional, la mayoría de las casas se hallan a una distancia reducida de algún afluente de un río navegable: el Po. Del mismo modo, a franceses y españoles tampoco tiene que preocuparles mucho vivir en zonas sin acceso al mar, pues ambos países poseen costas y ríos navegables. Tampoco los estadounidenses debemos preocuparnos mucho de vivir en lugares sin acceso al mar, porque contamos con largas costas y un enorme río navegable, el Mississippi, cuyos afluentes bañan una amplia extensión del continente norteamericano.

Pero no ocurre lo mismo en otros muchos países del mundo, que no tienen costa ni se encuentran cerca de vías fluviales navegables. Entre esos pobres países sin salida al mar figuran Bolivia en Sudamérica; Moldavia en Europa; Laos, Afganistán, Nepal y Uzbekistán en Asia; y Zambia, la República Centroafricana y otras naciones en África. ¿Qué ventajas presenta estar en la costa o junto a un río navegable? La respuesta es sencilla: resulta mucho más barato transportar mercancías por mar que por carretera o por vía aérea. En promedio, el transporte marítimo es siete veces más barato por kilo que el terrestre. En consecuencia, Bolivia es el segundo país más pobre de Sudamérica: se convirtió en el único sin salida al mar del subcontinente en 1884, al perder la franja costera en una desastrosa guerra con Chile. Moldavia, igualmente sin acceso al mar, se cuenta entre los países más pobres de Europa. Ningún continente tiene tantos países sin salida al mar como el africano: de los cuarenta y ocho del África continental, quince, entre ellos Zambia, carecen de costa. No solo muchos países africanos carecen de costa, sino que además el único río de todo el continente cuyo curso navegable abarca una gran distancia es el Nilo. En África, la maldición de la falta de acceso al mar, junto con su ubicación tropical, explica en gran medida por qué en la actualidad es el continente más pobre.

 

La penúltima razón geográfica que se encuentra en la base de la riqueza o la pobreza de las naciones es una paradoja llamada «maldición de los recursos naturales». Algunos países tienen la suerte de contar con valiosos recursos naturales como oro u otros minerales, petróleo y árboles tropicales que producen excelente madera noble. Nigeria, por ejemplo, disfruta de esos recursos, en tanto que Italia tiene la evidente desgracia de no estar repleta de oro, de petróleo ni de árboles tropicales de madera noble. Naturalmente, al principio los economistas pensaron que sus análisis demostrarían que países con abundantes recursos naturales como Nigeria tendrían que ser mucho más ricos que países pobres en esos recursos como Italia.

Pero resulta que es al revés. Paradójicamente, los países ricos en recursos naturales suelen ser pobres. En concreto, basar las exportaciones de un país y su mercado de divisas en los recursos naturales es perjudicial para la economía. Estados Unidos sí tiene minerales valiosos y petróleo, pero ha escapado de la pobreza porque dichos recursos naturales solo representan una pequeña parte de su sector exportador: dependemos más de la industria y la agricultura.

En consecuencia, los economistas tienen que explicar una paradoja. Cabría esperar que los países con abundantes recursos naturales fueran ricos. Sin embargo, suelen ser pobres. De ahí que los economistas hablen de la «maldición» de los recursos naturales.

Se han identificado varios factores que explican por qué los recursos naturales suelen ser una maldición en vez de una suerte. Uno de ellos es que normalmente no se distribuyen de manera uniforme dentro de los países, sino que se concentran en ciertas zonas. Está claro que esa situación incentiva el estallido de guerras civiles y la aparición de movimientos secesionistas. La parte del país que dispone del recurso natural o bien quiere separarse del resto y quedarse con todos los beneficios, o bien no se separa pero se queja de que una porción excesiva de los beneficios se distribuya en otras zonas. Esta es la razón que sub yace en el carácter crónico de los movimientos secesionistas que surgen en las regiones ricas en minerales del Congo oriental.

Otra de las razones que explican la maldición de los recursos naturales es que estos suelen generar corrupción. Cuando hay un producto fácil de esconder en el bolsillo, en un contenedor de transporte, en un oleoducto o gaseoducto, o dondequiera que sea fácil controlar el acceso a él, se invita a la corrupción. Quienquiera que se lo guarde en el bolsillo, o que controle los contenedores o el oleoducto, se quedará con el dinero o bien podrá cobrar sobornos a las empresas mineras o petroleras para que accedan a las minas o los campos petrolíferos. Los diamantes y el oro son los recursos naturales más fáciles de transportar o de esconder en el bolsillo, y también es muy fácil controlar el acceso a las minas y explotaciones donde se encuentran. Por eso los países ricos en diamantes y oro suelen tener un especial problema de corrupción.

Otra de las razones que explican la paradoja de los recursos naturales es que la gran cantidad de dinero que se gana con ellos suele incrementar el sueldo de quienes trabajan en ese sector. También suele llevar al aumento de los precios, ya que esos trabajadores, como tienen un buen salario, pueden pagar precios elevados. Sin embargo, esos salarios y precios abultados dificultan que otros sectores económicos compitan con los centrados en los recursos naturales y que prosperen.

Otro motivo por el que los países que ganan mucho dinero con los recursos naturales suelen ser pobres es que normalmente se olvidan de que algún día se quedarán sin ellos y tendrán que acabar desarrollando otros sectores económicos. Esperan que los diamantes y el petróleo sean eternos, no desarrollan otros sectores ni invierten en educación. De ahí que vuelvan a encontrarse en la pobreza cuando se agota el dinero de los recursos naturales.

Todos sabemos de países que, siendo ricos en recursos naturales, son económicamente pobres. Entre ellos figuran Nigeria y Angola, que tienen mucho petróleo; el Congo, rico en minerales; Sierra Leona, rica en diamantes; y Bolivia, rica en plata. Muchos países pueden considerarse afortunados por no tener ni diamantes ni petróleo y por no sufrir los problemas que estos ocasionan.

Pero ya hemos visto que una ubicación tropical no es una maldición fatal. Algunos países tropicales han diagnosticado los problemas derivados de su situación geográfica y han aprovechado ese conocimiento para solucionarlos. Del mismo modo, otros que sufren la maldición de los recursos naturales han utilizado ese conocimiento para encontrar la forma de escapar a ella. Un buen ejemplo es Noruega, que tuvo la desgracia de descubrir enormes reservas de petróleo en sus aguas jurisdiccionales del mar del Norte. El gobierno noruego es uno de los menos corruptos del mundo. Noruega considera que los ingresos petroleros pertenecen a todos sus ciudadanos, no solo a las pocas comunidades situadas en la costa del mar del Norte, y los invierte en un fondo fiduciario a largo plazo.

Del mismo modo Botsuana, uno de los países más pobres de África al acceder a la independencia en 1966, tuvo la desgracia de descubrir diamantes. Pero proclamó que la totalidad de los ingresos que reportara ese producto pertenecían a todos los botsuanos, no solo a los pocos que viven en la zona donde están las minas. Botsuana ha invertido asimismo los ingresos generados por los diamantes en un fondo de desarrollo a largo plazo. Otro ejemplo, en este caso sudamericano, es Trinidad y Tobago, que tuvo la desgracia de encontrar petróleo, pero que ha invertido los ingresos de su explotación en educación y desarrollo.

En resumen, aunque los recursos naturales sean una maldición, esta no tiene por qué ser fatal.

Queda por considerar otra razón geográfica que explica la riqueza o pobreza de los países. No es cierto que las sociedades tiendan a ser más ricas con el paso del tiempo. Lamentablemente hay muchas que con el tiempo se han vuelto más pobres, y muchas que se han derrumbado. Entre los ejemplos conocidos de sociedades del pasado que se empobrecieron y al final se desmoronaron está el de la isla de Groenlandia. Los vikingos noruegos la colonizaron en el 984 d.C., pero unos quinientos años después habían desaparecido de la isla. También están los reinos mayas de México y Guatemala, en su día las civilizaciones indígenas más avanzadas del Nuevo Mundo, que sin embargo se derrumbaron en torno al año 800; y el Imperio jemer de la actual Camboya, con Angkor como centro neurálgico, que, aunque llegó a ser el más poderoso del Sudeste Asiático, entró en decadencia a comienzos del siglo xv.

Resulta que, cuando sociedades ricas del pasado cayeron en la pobreza y se desmoronaron, por lo general hubo problemas medioambientales y demográficos que contribuyeron a esa situación. Por ejemplo, los vikingos de Groenlandia tuvieron problemas con la destrucción del suelo y un clima cada vez más frío; los mayas con la deforestación, la erosión del suelo y la superpoblación; y los jemeres con la gestión del agua, la deforestación y el cambio climático.

Deberíamos tener presente la lección de que los problemas medioambientales y la superpoblación normalmente han ocasionado pobreza y derrumbes de sociedades en el pasado. En nuestro mundo globalizado, cuando los países se empobrecen y se vienen abajo, en general acaban creando problemas que les afectan no solo a ellos, sino también a otros países. Pensemos en la lista de los que en las últimas décadas han causado problemas a terceros, bien por convertirse en emisores de emigrantes o terroristas, bien por el asesinato de muchos de sus propios ciudadanos, bien por haber dado motivos para la intervención de tropas de Estados Unidos o de la Unión Europea. Entre esos países problemáticos figuran Somalia, Afganistán, Ruanda, Burundi, Nepal, Haití, Madagascar y Pakistán. Todos ellos se encuentran en entornos ecológicamente frágiles o muy dañados por la acción humana. Varios están superpoblados.

En el pasado, cuando Groenlandia, los reinos mayas y el Imperio jemer se vinieron abajo, los efectos de su derrumbe no llegaron muy lejos. Pero en el mundo globalizado actual, cuando se desmorona un país, aunque esté en el centro de África o de Asia, es probable que su derrumbe tenga consecuencias en el resto del mundo.

Nuestro análisis de los factores geográficos que contribuyen a la riqueza y la pobreza de las naciones nos lleva a una conclusión práctica: que cuando los donantes extranjeros, como los países de la Unión Europea y Estados Unidos, quieran ayudar a los países más pobres del mundo, deberían invertir no solo en la creación de instituciones, sino también en sanidad, planificación familiar y protección del medio ambiente. Hoy en día la ayuda exterior no es simplemente, como lo era en el pasado, un acto de generosidad desinteresada y un noble gesto de caridad por parte de los donantes extranjeros. En la actualidad la ayuda exterior es un acto de autoayuda para los propios donantes extranjeros. En el mundo globalizado, los países más pobres pueden causar multitud de problemas a los ricos al convertirse en emisores de imparables oleadas de inmigrantes ilegales, nuevas enfermedades, terroristas y situaciones que invitan a una intervención militar. A la larga, a Estados Unidos y otros países del primer mundo les resultará más barato y eficaz ayudar a los países más pobres a solucionar sus problemas económicos que enfrentarse eternamente a cuestiones tan complejas e irresolubles como la inmigración, las enfermedades y el terrorismo.

Sociedades comparadas
Un libro fascinante que en pocas páginas aborda las grandes cuestiones de la actualidad y nos muestra las lecciones que podemos extraer de las ciencias sociales.
Publicada por: Debate
Fecha de publicación: 06/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 9789873752483
Disponible en:Libro de bolsillo

 

1 comentario

  1. Interesante, aunque Diamond no es Marvin Harris. La razón por la que los países son pobres o ricos es más política que ecológica. Y muchos países son “pobres” porque los empobrecieron los países “ricos” con colonialismo y explotación. Con el criterio de la “zona templada” y los recursos, la Argentina debería ser una potencia mundial y sus habitantes, tener un nivel de vida altísimo. Pero la Argentina es un país subdesarrollado. El subdesarrollo es un problema cultural y político más que económico o ecológico. Supongo que en los siguientes capítulos trata un poco más del tema. Saludos!

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