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El Coso del rock y el Dr. Merengue

Hace unos días se realizó en Buenos Aires la presentación del libro «El coso del rock. Diario íntimo del under», escrito por el músico Alejo Auslander y publicado por Gourmet Musical Ediciones.
En el evento, el autor conversó con Alfredo Rosso, periodista especializado en rock, con la cantante y escritora Rosario Bléfari (autora del posafcio del libro) y con el editor Leandro Donozo.

Antes de comenzar la charla Rosso leyó un texto escrito para la ocasión que aquí reproducimos a modo de reseña de El coso del rock.

(Por Alfredo Rosso) Hace muchos años había una revista llamada Rico Tipo, donde había una historieta que se llamaba “El otro yo del Dr. Merengue”. Esta revista en la superficie era una revista humorística, pero como suele ocurrir con las buenas revistas humorísticas, en el fondo era muy seria: era un oasis de “blanqueo” del porteño real, en una época en que Argentina en general y Buenos Aires en particular eran mucho más careta de lo que son ahora, si eso es posible.

Entonces, “El otro yo del Dr. Merengue” partía de una premisa muy simple. El susodicho Doctor era, en la superficie, muy formal y serio, abocado a las convenciones y al protocolo de la vida cotidiana. Pero siempre, en el cuadrito final de la historieta, le salía una especie de fantasma del cuerpo, que expresaba lo que el súper formal doctor jamás se atrevería a decir en público.

Porque, seamos sinceros: vivimos pasándonos en limpio todo el tiempo. De hecho, bebemos, nos drogamos con estimulantes o anti depresivos con la intención de que salga afuera esa bestia que grite como el Angel Caído: “non serviam” (no serviré). No me atarán, no me domarán, no me callarán.
Esperen: no se depriman. A veces, lo conseguimos. En una fiesta, en una reunión de amigos, o para peor a veces entre desconocidos… de repente, nos transformamos y gritamos al viento lo que creemos que son unas cuantas verdades. Y lo acompañamos con algún gesto al tono: un puñetazo en la mesa, que generalmente tira y destroza vasos, botellas y demás. Uno se siente en el medio del vaho alcohólico o narcótico como uno de esos paladines antihéroes anti Hollywood reivindicando injusticias ancestrales; humillando a los poderosos con la espada de la verdad. Nadie logra calmarnos… Nadie logra callarnos… Hasta que aburrimos y los reflectores pasan a apuntar a otro lado.

Al día siguiente, con la inevitable resaca o el infaltable bajón… nos cuentan… O lo que es peor, nos muestran… ¿vieron que ahora todo se filma y se graba? Y socarronamente nos dicen: ¡”Che… No te conocía esa faceta…! ¡Se te soltó la cadena! Y uno vuelve a ser el Dr. Merengue, como si todo eso le hubiese pasado a otro o a otra…

¿Qué tendrá que ver todo esto que estoy diciendo con El coso del rock y con Alejo Auslender, aquí presente? Bueno, para empezar, le quiero agradecer a Alejo el préstamo que me hace del escenario. Después de todo, su apellido en alemán, vendría a ser algo así como “Del prestamista”. Aus lender. Y yo le agradezco de veras a él, a Donozo, y a Rosario, que me banquen este salirme levemente, inofensivamente de mi propio Dr. Merengue, para contarles que El coso del rock es primero que nada un pastel de humildad que me tuve que comer mientras lo leía.

Porque Alejo no da la impresión, en estas páginas, de haberse pasado en limpio. No hay aquí un “discurso armadura”; ese cúmulo de frases que uno repite como lemas, como escudos para protegerse, para que nadie cale un poco más hondo y meta el cuchillo de la pregunta donde duele, donde no hay defensa, donde solo hay un espejo… que no nos favorece.

Alejo Auslender… El coso del rock… no se pasó en limpio. Ese under que tanto glamorizamos los periodistas “de música”, de pura culpa, porque es más fácil alabar que escuchar y que entender… Ese under del rock, en este libro está contado como Alejo lo vive, contado sin anestesia. Llueve y hay que ir a una casa donde tardan en abrirte la puerta y no hay un miserable techito para guarecerte y llevás dos guitarras y un equipo y adentro hay un espantoso perro mezcla de pequinés y caniche que no para de ladrar y un tipo gordo que ocupa un sillón de tres cuerpos y un pibe carilindo que por fin abre la puerta y todo esto para grabar dos canciones en una salita claustrofóbica…

El coso del rock está muy bien escrito. Y como todo libro que realmente vale la pena leer, te dice algo sobre vos, sobre todo algo que no te gusta reconocer. Porque ese Dr. Merengue que sale por radio o escriba crónicas sobre shows u opina sobre bandas, no puede permitirse decir: “Qué mierda es este lugar. Qué mal tratan a la gente. O sentir la vergüenza ajena de estar en una sala semi vacía con una banda que bien, mal, mediocremente o genialmente, sigue y sigue tocando. ¿Qué los mueve? ¿Qué los hace seguir? ¿Qué hacemos todos ahí?

El coso del rock plantea todas esas preguntas de mil maneras. Y además tiene la cantidad justa de humor y veneno y está muy bien escrito. Un libro incómodo, que te cachetea y te dice… “No te hagas el gil, Dr. Merengue, que el defecto te nombra…”
Alejo, CHAPEAU!