jueves 11 de agosto de 2022
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Adelanto de «Jamás tan cerca», de Agustín Valle

Jamás tan cerca estudia no tanto los aparatos como las operaciones y movimientos que se forjan con su uso y constituyen la subjetividad. Desde el chequeo incesante del celular al escroleo sin fin en redes; de la disponibilidad permanente a la autopromoción y la sonrisa de selfie; de las aplicaciones de citas a la aceleración de audios; del VAR como pedagogía perceptiva a, también, los tatuajes y el Metrobús. Porque la tendencia a estar sin estar, la ansiosa necesidad de micronovedades continuas se enmarcan en la idolatrización de las pantallas como umbrales de una esfera luminosa e incorpórea (¿ultraterrena, omnisciente?) que ofrece imágenes de la vida plenas, tanto mejores, pareciera, que nuestros propios cuerpos.

Este libro propone pensar la compulsión conectiva, el apego encandilado a las pantallas. La ubica en un linaje histórico que incluye la vieja alienación religiosa y la mercantil. Donde confluye, también, el capital financiero, que organiza junto a los dispositivos mediáticos la estresante temporalidad en que vivimos, el “continuo de la Actualidad” que no descansa.
Un ensayo preciso y fundamental para entender la existencia que armamos en torno a la mediósfera y preguntarnos por la necesaria recuperación del presente.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Religión celular, pantallas divinas y alienación conectiva

Me aturdo al saberte tan cerca y tan distante.
José María Contursi

1. Una pareja, mujer y varón de treinta y tantos, vuelve en auto de noche a su casa por un camino despoblado; maneja él. Es tarde y no hay nadie, la cena fue amena y afectuosa. Van tranquilos, sin apuro. Ella duerme en el asiento de acompañante, él mira el asfalto, conduce la máquina, siente la noche. El silencio y la espera un poquito lo aburren, y aunque está haciendo algo, manejando, se ve que le queda un pequeño saldo de atención disponible, acaso la que usaría si la novia estuviera despierta y fueran conversando. Pero no es el caso, y él recuerda quién sabe qué, los amigos, los familiares, el trabajo, las noticias de actualidad, el mundo de sociabilidad en general, y como tiene el celu ahí, a mano, el camino es monótono y desierto, puede agarrarlo tan solo un instante, lo abre, o “desbloquea”, abre pues su red social favorita, chequea rápido —con ojos entrenados en esa inmediatez, habituados a pescar al instante signos de eventos acaecidos o mensajes recibidos—, y justo, mala suerte, la desgracia, mandinga, venía un camión, pam, crash, chocaron, muerte. Muere ella; él, indemne.

Fue solo un instante, ni siquiera un momento. Dos máquinas, dos artefactos (el auto y el celular; tres contando al otro vehículo) y un gesto, o un automatismo conectivo con una tracción psicofísica muy elevada, un movimiento casi no se diría que decidido, hecho como sin pensar, rayano en el tic, un tic de desatención —o de atención secuestrada—. ¿Qué es lo que ejerce semejante poder sobre la persona, lo que la sujeta con la eficacia de una sustracción letal de su presente inmediato? No es un objeto, ¿no?, es algo mediante el objeto.

Esta es una escena de una serie televisiva de gran impacto en la segunda década del siglo, Black Mirror: un conjunto de historias que generaron una impresión masiva, en buena medida por cuánto alertaron acerca de posibles sentidos de —hacia dónde van— las tendencias de los modos de ser contemporáneos. (Bueno, serie “televisiva” es un decir, porque ese formato nació televisivo y hace años que fue prohijado por internet.) Casi todas las historias de la serie son de ciencia ficción distópica. Pero el primer capítulo, conocido como “el del chancho” (son historias autónomas e independientes, “unitarios”), no emplea ningún artefacto ni técnica ficcional. Le basta con los dispositivos actualmente existentes para mostrar algo imaginable dentro de los modos de vida ya mediatizados como están —es decir, de la subjetividad conformada con las pantallas conectivas como técnica clave. Tampoco la escena de tragedia vial-celular recién relatada precisa ninguna ciencia ficcional. Basta buscar en internet —operación que tiene un nombre popular que ahora omito— para encontrar docenas de informes, en diversos países, sobre la incidencia del uso de los celulares en los “accidentes” de tránsito.

Pero sigo con la historia: el personaje entra en una honda crisis de depresión, culpa, furia… Abandona su trabajo como profesor de secundaria. Se hace taxista, en realidad como fachada, para vehiculizar su nueva obsesión: poder hablar con el joven dueño y fundador de la red social que él chequeó sacando los ojos del camino, a cuyo carácter adictivo culpa de la muerte de su novia. Su plan es así: cada día, espera con el coche en la puerta del edificio central de la corporación. Finalmente, un día sube un empleado y lo secuestra llevándolo a un descampado. Llama a la empresa y amenaza con matarlo si no lo comunican con Mark Zuckerberg —bueno, los nombres de la corporación y su líder son sustituidos por unos ficcionales—. El capítulo en sí no es muy especial, pero tiene un punto que merece detenimiento; a saber: sentado en su taxi cada día esperando que suba algún empleado o empleada, el viudo enloquecido contra la red social escucha un podcast de relajación. Más que un podcast es un audio tutorial, acaso una aplicación con una voz que, suavemente, le va indicando cómo serenarse. Con esa guía cierra los ojos buscando bajar un poco. Tener un rato, al menos, de paz mental, o algo así. Dentro de su auto como cápsula que silencia el ruido urbano, con el cerebro quemado, atormentado, hace lo que puede para descansar inundándose de una voz computarizada que tutorea su desconexión. Obedece a la voz virtual para relajarse. Pobre tipo. Ahora bien, cuando los gerentes de la corporación alter-Facebook encuentran al alter-Mark, ¿a dónde está el joven poderoso y multimillonario? Les cuesta encontrarlo, contactarlo, porque está solo, en el medio de la nada más absoluta, en un gigantesco desierto rocoso donde se ve que tiene una pequeña casa, minimalista pero cool, es de suponer que construida especialmente para él por su poderoso privilegio. Alejado de redes y pantallas, en escape de todo sonido maquínico, de todo brillo eléctrico, el alter-Zuckerberg está sentado estilo yogui a la vera de un cañón tipo el famoso del Colorado, en un elaborado esfuerzo de meditación silenciosa.

El exitoso y el destrozado, el poderoso y el chofer, el multimillonario y el común son personas con suertes muy distintas, acaso opuestas; incluso quizás podría verse a uno como víctima y al otro como victimario. Uno tiene rango cardenal en la iglesia de religazón contemporánea, el otro es un creyente sacrificado… Pero, no obstante, padecen los dos por una misma problemática: el quemante régimen de hiperconexión. Intentan sustraer sus mentes del ritmo frenético de la Actualidad. Vidas muy diferentes que dan cuenta del medio ambiente común, la renovación constante del estado informacional; ambos, pues, tienen la necesidad de calmar la frecuencia nerviosa que el modo de vida conectivo impone al cuerpo orgánico.

Y, en efecto, cualquiera puede encontrar —sin buscarlos, mientras escrolea en sus redes sociales— ofrecimientos de diversas aplicaciones de celular para calmarse, meditar, incluso para ayudar a dormir. Recuerdo una (Calm) que se publicitaba con el video de un bosque en el que estaba lloviendo. No en vista panorámica sino un primer plano del follaje, muy pacífico, las gotas golpeando las hojitas, su sonido como arrullo perfecto de sosiego y, en el centro de la imagen, se dibujaba lentamente un círculo que no encerraba nada distinto, solo un círculo que iba dibujándose despacito para ayudarte a enfocar y quedarte allí —frenando el scroll— quieto en ese movimiento manso, programado y en loop. Una aplicación de calma instantánea para nuestros nervios.

Es que, ¿no estamos así, desatentos, o desmadradamente atentos (alertas), ansiosos, con grandes dificultades para bajar, necesitados de ortopedias serenantes? Mientras escribo esto, por ejemplo, tengo que alejar el celular de mis manos, de mi cuerpo, para sentir menos su influjo. Si en La llamada de lo salvaje Jack London cuenta la historia de un perro que, llevado a Alaska, siente desde su interior cómo lo tironea la llamada de la vida silvestre, los sujetos que vivimos en la mediósfera como ambiente existencial estamos así, como el perro, pero sintiendo dentro de nosotros el tironeo de la llamada de la conectividad. Así estamos virtualmente todos y todas, aún con diferencias etarias, de nacionalidad, clase social, género, ideología política, etc. La mesera de una parrillita suburbana, el almacenero de pueblo, su hijita de preescolar, el futbolista exitoso, la estudiante de secundaria, su docente, la escribana en el country, el empresario de vacaciones, el preso, el dirigente político, la poeta, en fin, todas y todos, celularizados. Todas y todos con la mano, los dedos, los ojos, el cerebro, el alma adosada a las pantallitas. ¿Alienados en la conectividad permanente? Hiperconectados y distraídos. Distraídos por la conectividad; mediatizados. Acaso no haya habido jamás una soga tan perfecta, de tan perfecta sujeción. ¿Cuánta gente es lo primero y lo último que mira cada día la pantallita, el portal portátil de la mediósfera? ¿Cuánto se degradó el sueño de la especie?, por señalar un par de emergentes de esta configuración subjetiva que, aunque evidente, aún está por ser vastamente pensada (incluso, como los peces al agua, podemos naturalizar la celularización mediática).

En el aula de la escuela (profe, no puedo, no puedo no mirarlo…), en la mesa de luz, en la mesa de cena amorosa, en el laburo que sea, en el bondi o en el tren, mientras juego con mi hijo, etc., la luminosa pantallita (y lo que viaja por la pantallita, pero en tanto viaja en la pantalla) es la campeona total de la disputa por la atención. Y esto desde los tiempos AC, Antes del Corona; la pandemia catalizó, o, mejor dicho, en ocasión de la pandemia se catalizó la tendencia —mediática, virtual, digital, celular, etc.— precedente.

Ya veremos que lejos está de ser un problema meramente de la esfera atencional. Pero, en principio, señalemos una tensión, una ambigüedad central en el asunto. Por un lado, la hiperconectividad parecería sacarnos de nuestro presente —y también veremos que este “sacarnos de nuestro presente” tiene varias dimensiones de sentido, vial y vincular, laboral, política, erótica, existencial…—. Parecería que si no gestionás tus conexiones, si no te abrís a la conectividad virtual, no existís. Pero, por otro lado, la red conectiva también es un medio de organizar encuentros, intercambios vitales, tráficos de afectos y ánimos algunos incluso disidentes respecto del orden normal de alienación mercantil.

Cada época tiene su régimen práctico de existencia (la existencia en Dios, la existencia institucional…); el de nuestro tiempo es un régimen conectivo de existencia. Ya no somos producidos como sujetos por grandes instituciones que fabrican individuos en serie y en masa imponiéndoles —y garantizándoles— una existencia más o menos sofocante en el encierro a largo plazo, ante cuyo poder, homogeneizante y repetitivo, cabía rebelarse gritando “la imaginación al poder”. Más bien, los dispositivos contemporáneos de producción de subjetividad —del tipo de humanos que somos—, caracterizados por las telecomunicaciones instantáneas, dan lugar a vidas que, para existir, deben conectarse. A menores conexiones, menor red, mayor precariedad: más amenaza el terror de la desexistencia (como plantea el pensador argentino Ignacio Lewkowicz en su Pensar sin Estado), de quedarte fuera, chau, no existís. Entonces, la conectividad aliena pero es a su vez una necesidad básica (y esto se acentuó mucho DC, Desde el Corona). Porque se trata de la clave de los modos de producir y de circular de nuestro tiempo —la clave, la llave: sin conexión, quedás afuera—.

El afamado paso del capitalismo industrial al posindustrial consiste también en una primacía de la rapidez conectiva por sobre la demora de los procesos lineales localizados; esto es señalado hace años por múltiples pensadorxs. Podemos comparar por ejemplo las viejas fábricas, automotrices por caso, que producían en un mismo lugar casi la totalidad de los componentes del producto final (incluso taller textil, para los tapizados; de hecho en 1968 hubo una huelga histórica de las costureras de una planta inglesa de Ford), con los modos de ensamblaje de partes de procedencia diversa y múltiple de la actualidad. Modo de producción conectivo (o recombinante, como dice el italiano Franco “Bifo” Berardi). Pero no se trata solo de la producción económica; también, de la producción lingüística, de los modos de hablar, de pensar, de las estéticas, de los vínculos, los afectos, los modos de vivir la ciudad, los modos de vivir el cuerpo… Dimensiones de una subjetividad conectiva —o, ya veremos, propiamente mediática—.

Subjetividad conectiva que expresa una mutación antropológica, según afirma Berardi leyendo a Marshall McLuhan, histórico pensador de la comunicación. Esta mutación se produjo cuando los contextos cognitivos de formación de mentes y cuerpos cambiaron de manera cualitativa: la humanidad alfabética dio paso a las generaciones videoelectrónicas, primero (nacidas desde fines de los setenta), y digitales, después. Empezó a ser masivo que los cachorros humanos recibieran más signos a través de una pantalla que de un cuerpo vivo.

2. “Hablo de mí porque soy el hombre que tengo más a mano”, dijo Miguel de Unamuno. Es decir que, en principio, cualquier miembro de una época sirve para investigar su medio ambiente y las racionalidades que lo traman. Yo, pues, que nací a fines de 1981, estaría de este lado de los mutantes, según Bifo Y así fue que, en el colegio, me aburría; más bien en las clases, ya que en la escuela —hablo del secundario—, por lo demás, me divertía bastante, o, para ser más preciso, experimentaba intensidades diversas: amistosas, políticas, perceptivas, musicales, callejeras, eróticas, etc. (como cualquiera, y por eso vale traerlo). Me aburría y, como sostiene la socióloga de la educación Marcela Martínez (en El problema de la atención), los pibes ahora vienen no aburribles. A diferencia de a los de las generaciones anteriores, a quienes no les quedaba otra que aburrirse y tolerarlo, la subjetividad mediática no tolera el aburrimiento.

Es incapaz de habitarlo. O, dicho en otros términos, aburrirse no es una operación necesaria para habitar las circunstancias mediáticas (como sí lo era en circunstancias de institucionalidad disciplinaria, solidez y paradigma alfabético). Más bien, la recepción contante de estímulos es una operación necesaria para habitar las circunstancias mediático-conectivas. Todo el tiempo tiene que estar pasando algo.

Como en general me aburría en las clases, calculaba cómo zafar, cómo pasar. Otra operación necesaria para habitar las circunstancias mediáticas: captar rápidamente el password necesario para pasar de pantalla. Una vez que pasaste, lo pasado ya no importa. Pero no quiero irme por las ramas, aunque es muy tentador en un comienzo de libro —todo está comprimido y por desplegarse—. Tentador sobre todo para quien ama las digresiones, o para quien, como yo, fue diagnosticado —que es lo que quería contar de aquel año 1996, 1997—, con Síndrome de Déficit de Atención (o ADD por sus siglas en el idioma inglés en que nació).

Me costaba prestar atención como corresponde, según el diagnóstico, y “atención” significaba atención monocentrada prolongada. Es decir, un rato largo a una misma fuente —cabe añadir, aburrida—. No podía tener paciencia y estarme callado atendiendo a algo no estimulante; me iba por estímulos periféricos u ocurrencias propias. Era disperso, parece. En otros casos, al diagnóstico “clínico” de déficit atencional y dispersión se le suma el de hiperactividad: no poder estar quieto. Como el alter-Zuckerberg de Black Mirror, que, para poder estar quieto un rato, tiene que irse al medio del desierto.

Desde entonces, los diagnósticos de AD/HD crecieron exponencialmente, fundamentándose con discursos neurocientíficos: el “déficit” sería efecto de que algunas sustancias en el cerebro vienen chanfleadas. Es hasta gracioso que se explique así la causa de que cientos de miles o millones de niños y adultos tengan la atención flotante y móvil justo en la misma época en que las pantallas, la ubicuidad mediática y la comunicación celular constante conformaron nuestro hábitat —la mediósfera—. El hábitat de la llamada guerra por la atención.

También circulan “explicaciones” (de gente como el inglés Simon Sinek o la española Marta Peirano) de la “adicción” al celular que se basan en señalar que cada vez que se recibe un mensaje aumenta la producción de determinada sustancia en el cerebro. Se habla así bajo el amparo de la autoridad científica (aunque la fisiología no es propiedad de la ciencia), pero como si la ciencia fuera una máquina de dar certezas y cerrar problemas de modo indiscutible, en vez de un procedimiento que tiene su motor en saber que en última instancia no se sabe y hay que probar (“ciencia es aquello sobre lo que siempre cabe discusión”, decía Ortega y Gasset). El problema es que este discurso puede derivar en una suerte de autoayuda voluntarista o en psicofármacos para lograr la abstinencia; es decir, despolitiza el problema, o solo lo politiza superficialmente al señalar las malévolas manipulaciones de las empresas que utilizan tecnologías persuasivas y producen de manera deliberada lazos adictivos. Pero no atiende a la profundidad de la conformación subjetiva que da lugar a ese sujeto así “persuadido” (persuadido, por ejemplo, de ver un capítulo más o de chequear el celu una vez más), tanto en su genealogía histórica como en el complejo entramado de sus dimensiones actuales. Supongamos que efectivamente la compulsión conectiva incluye los shocks de dopamina: ok, pero… ¿por qué la “notificación” o “actualización” produce el shock? ¿Qué valor y entidad subjetiva tiene el “microevento virtual” como para producir la bendita secreción dopamínica? Si no lo pensamos en su espesor histórico, se nos escapan tanto las causas como el territorio mismo del asunto.

A una persona cualquiera (no una persona “promedio”: eso no existe) en un momento cualquiera de un día cualquiera, ¿cuántas cosas demandan su atención, no ya durante la jornada, sino simultáneamente? Es quizás imposible contarlas; pero es evidente que portamos, pegado al cuerpo, un portal de ventanitas que convocan la atención en forma constante (y que, incluso, queda in-corporado). Los diversos canales de mensajes, individuales o grupales, las redes sociales, los portales informativos, el trabajo en sus diversas implicancias, la cuenta de banco, plataformas de compra y venta, el porno, el clima, la escuela, etc., etc., etc. Ventanitas que constantemente tienen potencial de actualización, en las que podría estar, siempre, pasando algo más grave —más gravitante— que el presente. Esté donde esté el cuerpo, algo lo tira, lo distrae, lo distracciona. Estemos donde estemos, en cualquier momento hay un potencial de tracción atencional que nos tira desde la mediósfera. La mediósfera, espacio virtual, dimensión formada por el intercambio permanente de comunicaciones remotas. O sea, no solo los mass media, no solo los grandes emisores comunicacionales (sobre los que volveremos), sino la esfera inmaterial de acción a distancia en tiempo real y todas las terminales de acceso a esa virtualidad real. Las ciudades se construyeron dejando la tierra debajo. Incluso muchas veces negándola, tapándola. También negando el cielo, o, mejor dicho, la noche, porque la oscuridad y las eternas estrellas son olvidadas por lo que siempre fue la característica sobresaliente de las ciudades modernas, lo que siempre más impresionó al ojo rural o montaraz: las luces.

Ahora asistimos a un nuevo salto histórico. La ciudad ve posarse sobre ella una nube virtual que pareciera ser el foco principal de atención y preocupación, la dimensión en la que, tendencialmente, más vive la gente. La nube virtual, esa instancia incorpórea pero de enorme poder, es la dimensión más dinámica de la ciudad. Vivimos en la ciudad en tanto es base de la mediósfera, que parecería ser donde en rigor vivimos. Incluso el valor de lo callejero o presencial se verifica, valida y vuelve efectivo cuando se eleva a signo en la mediósfera.

¿Y qué clase de sujetos se produce en la mediósfera?, ¿qué tipo de bicho humano, siendo que lo humano es arcilla, materia labrable que muta en sus formas según la época y las circunstancia, casi sin invariantes? Si el campo producía campesinos y la ciudad, ciudadanos, ¿qué subjetividad se produce en el hábitat mediático? Una subjetividad mediática. Esta noción tiene varias aristas y derivaciones que iremos abriendo a lo largo del libro: su genealogía, sus gestualidades y operaciones características, sus modos de hacer ciudad y cuerpo, sus patrones afectivos, su imbricación con la lógica financiera, su incidencia en la dominación política y en los modos de insurgencia, etc.

¿Pero por qué hablamos de religión celular? Es por supuesto una provocación para pensar, más que una postulación conceptual rigurosa; no creo que haya exactamente una religión celular. Pero sí señalaré atributos religiosos, y más profundamente teológicos, en lo que nos sucede con las pantallitas y la conectividad. Porque no es la primera vez que un cielo brillante, que un “más allá”, resulta superior y mandante sobre la experiencia terrenal presente.

3. Presencia desnutrida, sensorio Hay aplicaciones hasta para recordarnos que tomemos agua, porque mucha gente perdió la capacidad de sentir la sed. Es una pavada, una anécdota o dato superficial de alguna gente, o bien, una expresión —entre tantas— de la profunda y compleja insensibilización que recorre nuestros cuerpos, únicos, singulares, históricos. ¿También una población puede deprimir su capacidad de percibir lo que le está pasando, como cuerpo colectivo, quemada por la estimulación brillante de las pantallitas y su imperativo de rendimiento? La alienación mediosférica es un problema político. Esta nube también es teológica, en tanto subordina la experiencia terrena; una teología tecnológica. Es que hay una esfera abstracta, incorpórea, superior a los cuerpos, que los orienta; esfera abstracta cuyos umbrales, las pantallas, parecieran acaparar lo bueno, lo verdadero, lo bello. Una instancia por la que nos desvivimos, siempre pendientes de que baje de allí una revelación; siempre pendientes de lo que pasa en esa esfera ingrávida y luminosa: hay algo que no está de cuerpo presente —no está acá ahora— y que domina el presente. Más atractivo, más rozagante, más intenso, más real. Nunca se presenta en todo su ser ante nosotros, aunque los portales para acceder rebosan de luz; a la vez, está en todas partes. Omnipresente, aunque incorpórea, es la mediósfera. Y en esta nube maravillosa también pareciera saberse todo sobre nosotros.

La vida presente como un medio para otra cosa: este enajenante formato, como veremos, tiene una larga historia, y es heredado por la mediósfera y sus dispositivos, que lo maquinizan y renuevan. No hace falta siquiera confiar del todo en recibir efectivamente el premio divino alguna vez (acceder a esa divinidad, alcanzar esa plenitud, consagrarnos, ¡salvarnos!); no: aun sin “esperanza”, la conexión, con su promesa, ya organiza un goce y una obediencia muy elevados.

El capitalismo financiero —o recombinante— deshace las viejas asociaciones y comunidades estables de la sociedad, atomiza, celulariza, y ofrece a su vez su técnica como dispositivo de la religazón. Estamos solos pero re-conectados. La pandemia fue la ocasión propicia para que esto se acentuara: reaccionamos al peligro como somos.

Cada vez más las empresas y corporaciones se ofrecen como gestores de comunidades, acaso leyendo el desamparo existencial y de sentido en que consiste el capitalismo financiero (en que necesita consistir). Ofrecen seudocomunidad tanto a clientes y espectadores como a lxs propixs trabajadorxs (“el crew es Dios”, decía la cadena de comida chatarra más famosa del mundo en sus capacitaciones para empleados). Cautivar prometiendo precisamente aquello que tu presencia bloquea es un viejo truco de los poderes; ofrecer el paliativo del mal que generan (como cuando las potencias capitalistas centrales, o los organismos internacionales de crédito, ofrecen “ayudas para el desarrollo” o un marido golpeador le ofrece seguridad a la esposa…).

Las pantallitas, así como nos aíslan, así como compartimentan y acentúan la individualidad y la separación, a la vez nos enlazan. Un archipiélago de puntos jamás autopercibidos como partes de un cuerpo común, sino separados, que se contactan. Millones de personas amontonadas que no se sienten juntas. Salvo cuando algo nos pone en común.

Algo similar planteaba a finales de la década del sesenta Guy Debord. Su libro La sociedad del espectáculo está cerca de ser un clásico aunque no deja de ser un texto revulsivo, revoltoso. Allí, el agitador de la Internacional Situacionista plantea, ya, que el Espectáculo es la secularización de la religión. El Espectáculo es el reino de la separación, y la religión ordenaba la separación más drástica: entre lo supremo, lo divino, y nosotrxs, sucios y corrompibles mortales.

Pero, más en general, la separación es la separación entre la experiencia concreta y las instancias de determinación de sentido sobre la vida. Dice Debord que la televisión, y el Espectáculo en general, reúne lo separado en tanto separado. Es decir que hay modos de unir separando. Hay ligaduras que refirman la separación (como el cemento a los ladrillos). Es posible hiperconectarnos para no estar juntxs jamás. Así padece la subjetividad mediática: no podemos estar ni realmente juntos ni realmente solos. Celularizados, cada vez más conectados, cada vez más separados.

Salvo, por supuesto, en los movimientos colectivos. O, mejor dicho, salvo en los movimientos presentificantes, liberadores de la alienación conectiva: cuando pasamos de estar constantemente comunicados a estar en común; cuando los artefactos y las redes se usan con sentidos divergentes a los de la inercia de su diseño prefigurado; cuando son recurso de algo cuyo centro está acá en nosotros y no desplazado al brillo mediático; cuando, en vez de la alienación normal, teológica, adictiva y de mandato productivista, que atenta contra la sensibilidad (la capacidad de percibir-nos, degradando la experiencia y reforzando, también, el statu quo), las redes y pantallas se subordinan al presente afectivo de los cuerpos. La presentificación acontece cuando el presente organiza el sentido en lugar de estar persiguiendo o cumpliendo algo.

Ejemplos hay muchísimos, desde lo individual hasta lo multitudinal. Baste decir que las movilizaciones democratizantes de las últimas décadas no solo usaron las redes fácticamente, sino que tuvieron forma de red (sin estructura rígida, ni vanguardia iluminada). Y, más aún, fueron movilizaciones presentificantes, no mediáticas, en el sentido de que su valor primordial no fue ser medio-para otra cosa por venir, sino su potencia de alteración inmediata de los posibles. Cito, por ejemplo, una consigna política extraordinaria: “El presente es feminista”. Se opone a la clásica “El futuro es nuestro”. Acaso solo una atención radicalmente situada en el presente pueda liberar el futuro.

Jamás tan cerca
La humanidad que armamos con las pantallas.
Publicada por: Paidós
Fecha de publicación: 05/01/2022
Edición: Rústica con solapas
ISBN: 978-950-12-0406-3
Disponible en: Libro de bolsillo

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