viernes 9 de diciembre de 2022
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Adelanto de «La vida cotidiana durante el estalinismo», de Sheila Fitzpatrick

Este es un libro acerca de la vida en la Rusia urbana en el apogeo del estalinismo. Trata de viviendas comunitarias atestadas, de esposas abandonadas y esposos que no pagaban los alimentos de sus hijos, de falta de comida y ropa, de colas interminables que consumían la jornada de las amas de casa. Trata de la queja popular ante estas condiciones y de cómo reaccionó el gobierno. De los laberínticos trámites burocráticos que convertían la vida cotidiana en una pesadilla, y de las formas en que los ciudadanos de a pie intentaban eludirlos, entre ellas el sistema omnipresente de influencias y conexiones personales. Trata de lo que significaba ser un privilegiado en la sociedad estalinista, o uno de los tantos millones de marginados o parias. Trata de la vigilancia policial y las epidemias de terror.

Con una narrativa vívida, exacta y coral, y con una destreza deslumbrante para reconstruir toda una época, Sheila Fitzpatrick revela cómo, entre fines de los años veinte y comienzos de los treinta, al calor de los planes de industrialización rápida y la colectivización de la agricultura, se produjo una desarticulación social masiva, con el desplazamiento de millones de campesinos a las ciudades y el pasaje de una economía de mercado a una basada en la planificación estatal centralizada. El Estado se convirtió en un regulador incansable de la vida y en el único distribuidor de bienes. Surgió así el Homo Sovieticus, una especie cuyas habilidades más desarrolladas incluían “cazar y recolectar” en un entorno urbano marcado por la escasez. Para eso movía contactos; era un operador, un oportunista, pero por sobre todas las cosas un sobreviviente.

En el marco de un Estado revolucionario que lideraba el derrumbe de las viejas jerarquías y los viejos valores, muchos –en especial la juventud urbana y los jóvenes campesinos escolarizados que accedían a posiciones antes reservadas a una élite– aceptaron el sacrificio porque veían en el socialismo un proyecto modernizador y un horizonte utópico, la única vía para superar el atraso y alcanzar el porvenir.

Atendiendo a las vicisitudes de una vida cotidiana atravesada por la excepcionalidad y los sobresaltos, pero también a los “relatos” que circulaban entre los ciudadanos para darle sentido a la dificultad extrema, Sheila Fitzpatrick ha escrito un libro fascinante sobre las estrategias de las personas comunes, entre la desesperación y el cálculo, entre la victimización, la pasividad y las convicciones genuinas.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Dominar la cultura

La cultura era algo que había que dominar, como las tierras vírgenes y la tecnología extranjera. Pero ¿qué era la cultura? En la década de 1920, hubo acaloradas discusiones entre intelectuales comunistas al respecto. Algunos enfatizaban la índole esencial de clase de la cultura y, por tanto, querían destruir la cultura “burguesa” y desarrollar una nueva cultura “proletaria”. Otros, entre ellos Lenin y Lunacharski, creían que la cultura tenía un significado que iba más allá de las clases y que Rusia tenía muy poca. El bando “proletario” logró un breve dominio en los años de la revolución cultural, pero luego fue desacreditado. Eso posibilitó el ascenso de otra visión, para la cual la cultura era algo inmensamente valioso y estaba más allá de la clase. Pero también dejó el acuerdo tácito de que el significado de la cultura no debía analizarse demasiado a fondo. La cultura, como la obscenidad, se reconocía al verla. Tautológicamente, era el conjunto de comportamientos, actitudes y conocimientos que poseían las personas “cultas” y del que la gente “atrasada” carecía. Su valor positivo, al igual que su naturaleza, era evidente.

En la práctica, podemos distinguir varios niveles de cultura a lo largo y a lo ancho de la Unión Soviética. El primero es la cultura de la higiene básica –lavarse con jabón, cepillarse los dientes, no escupir en el suelo– y la alfabetización básica, todavía ausente en parte importante de la población soviética. Aquí la misión civilizadora soviética se interpretaba en términos muy similares a los de algunas naciones europeas entre los pueblos nativos atrasados, aunque cabe señalar que en el caso soviético los “elementos atrasados” incluían a los campesinos rusos. El segundo nivel, enfocado en los modales a la mesa, el comportamiento en lugares públicos, el tratamiento dispensado a las mujeres y el conocimiento básico de la ideología comunista, era lo que se exigía a todos en la ciudad. El tercer nivel, parte de lo que antes se llamaba cultura “burguesa” o “pequeñoburguesa”, era la cultura del decoro, que incluía los buenos modales, el discurso cuidado, una vestimenta atildada y adecuada, y cierta valoración de la alta cultura de la literatura, la música y el ballet. Este era el nivel de cultura que se esperaba implícitamente de la clase dirigente, es decir, de los miembros de la nueva élite soviética.

Los periódicos y revistas difundían con asiduidad los logros en el dominio del primer nivel de la cultura, aunque sus noticias no siempre puedan tomarse como informes literales de la realidad. En 1934, por ejemplo, una “expedición cultural” a Chuvasia –una combinación de educación y propaganda en la cual participaron maestros y médicos, periodistas y fotógrafos– regresó con noticias maravillosas sobre la conversión de los koljozniki a la cultura plasmada en toallas, jabón, pañuelos y cepillos de dientes. Hasta hacía poco, la gente usaba jabón solo en los días festivos importantes; ahora, en un 87% los hogares koljoznik usaban jabón, mientras que el 55% de los koljozniki tenía toallas individuales. En el pasado, el baño era una rareza; en ese presente, la gran mayoría de las familias koljoznik se bañaban al menos una vez cada dos semanas. En el pasado “un pañuelo era un regalo de bodas, algo para llevar los días festivos”; en ese presente, una cuarta parte de los koljozniki tenía pañuelos. En una aldea, uno de cada diez hogares tenía un frasco de agua de colonia.

Otro tipo de informes llegaba desde el Lejano Norte, donde los cazadores y los pastores de renos de las “pequeñas aldeas” se mostraban reacios a las normas culturales básicas rusas. “¿Por qué ustedes, los rusos, pretenden impedir que vivamos a nuestra manera?”, le preguntó una mujer janty a un joven estudiante ruso que estaba entre los “misioneros” soviéticos enviados al Norte. “¿Por qué llevan a nuestros hijos a la escuela y les enseñan a olvidar y a destruir las formas janty?”. Cuando llevaron a los niños nativos a internados rusos, estos mostraron una abierta resistencia a ser cultivados. Como informa un historiador, boicoteaban algunos alimentos, se negaban a resolver problemas matemáticos con personajes ficticios, se comunicaban en secreto con los espíritus, sufrían de depresión y continuaban “escupiendo en el suelo, frente a la estufa y debajo de la cama”.

En el segundo nivel, apropiado para el contexto de la clase obrera urbana, los principales indicadores de cultura eran dormir con sábanas, usar ropa interior, comer con cuchillo y tenedor, lavarse las manos antes de comer, leer el periódico, no golpear a esposa e hijos, y no emborracharse tanto como para faltar al trabajo. En las páginas de Krokodil puede verse que estas convenciones no se cumplían. Un cartoon muestra a dos comensales en una cafetería pública (donde en años anteriores, como se recordará, a menudo escaseaban los cubiertos y la vajilla). El epígrafe dice: “Es bueno que hayan aparecido los cuchillos y tenedores de nuestra cafetería. Ahora no hay que lavarse las manos”.

En este nivel la cultura exigía que los niños durmieran solos, no con sus padres, y que tuvieran sus propias toallas y cepillos de dientes y un rincón aparte del departamento donde pudieran hacer la tarea.

Esto no era fácil de lograr en un departamento comunitario atestado, y menos aún en las barracas, por lo que las familias de clase obrera que lo lograban tenían motivos de orgullo. La esposa de un trabajador de Stajánov, Zinovieva, relató sus logros culturales al ser interrogada por líderes políticos locales en una conferencia:

Zinovieva: Tengo dos hijas en la escuela secundaria. Una es una estudiante “diez puntos” y la otra, “ocho puntos”. Las visto con prolijidad. Recibí un premio de la escuela por criarlas bien y por mantener su habitación limpia y confortable.
Joroshko: ¿Tienen habitación propia? zINOVIeVA: Sí, y también camas separadas. IVÁNOV: ¿Se cepillan los dientes?
Zinovieva: Se cepillan los dientes; tienen sus propias toallas, patines, esquíes… Lo tienen todo.
Ivánov: ¿Viven mejor de lo que vivían antes?
Zinovieva: Sin duda. Ahora nadie las humilla; nadie las golpea.

La cultura del segundo nivel implicaba lo que Stephen Kotkin ha llamado “hablar bolchevique”, esto es, aprender las costumbres y rituales del lugar soviético de trabajo, las reglas de las asambleas y el lenguaje público de los periódicos. Una persona culta no solo no escupía en el suelo: también sabía pronunciar un discurso y proponer mociones en una sesión, comprendía conceptos como “lucha de clases” y “competencia (emulación) socialista”, y estaba informada sobre la situación internacional.

Este aspecto de ser culto –el desarrollo de lo que los bolcheviques llamaban “conciencia”– se expresaba de diversas maneras. En un plano menos político, implicaba aprender la urbanidad que describió una joven trabajadora:

He cambiado mucho desde que me uní al Komsomol; he madurado. Antes era muy callada, pero ahora, cuando vuelvo al pueblo, oigo a los niños decir: “Marusia Rogacheva ha madurado de verdad. Moscú le ha enseñado mucho. Solía tener miedo de pronunciar palabra”.

Variantes decididamente políticas eran la lectura línea a línea del nuevo texto estalinista de Aleksandr Busygin, Compendio de Historia del Partido Comunista de la Unión Soviética, que hacía que uno “sienta que está aprendiendo la manera de pensar bolchevique”, y la decisión de una de las compañeras de trabajo de Marusia, Praskovia Komarova, de unirse al partido para mejorar su situación. Luego de convertirse en activista, Praskovia escribió: “Comprendí que el partido era la vanguardia de la clase obrera. Pensé: ‘¿Por qué debería quedarme atrás?’ y en 1931 mi esposo y yo nos unimos juntos al partido”.

Los estajanovistas tenían una relación especial con la adquisición de cultura, ya que en este campo, como en la producción, se esperaba que fueran ejemplares. Si su dominio de la lectura y la escritura era débil, tenían la obligación de mejorar. Debían “trabajar sobre sí mismos”, como hizo Busygin con su lectura del Compendio. Si escatimaban esfuerzos en este deber, sus esposas debían ayudarlos a estar a la altura: una esposa estajanovista describió que para avergonzar a su esposo e inducirlo a asistir a las clases de alfabetización, le decía que eso era lo mínimo que se esperaba de él como organizador sindicalista. Otra mujer, cuyo marido leía con dificultad y sin ganas, logró que se interesara en la educación superior leyéndole en voz alta la inspiradora novela autobiográfica de Nikolái Ostrovski, Así se templó el acero. Los esposos estajanovistas debían “[ir] juntos al teatro y a conciertos y tomar prestados […] libros de la biblioteca pública”.

Los miembros de la nueva élite –muchos de ellos, recientemente ascendidos de la clase obrera y campesina– tuvieron que adquirir las habilidades culturales del segundo nivel, pero bajo mayor presión. Un trabajador que dominaba La guerra y la paz, así como el Compendio, era un gran triunfador, merecedor de elogios; la esposa de un gerente que no sabia quién era Pushkin y nunca había visto El Lago de los Cisnes era una vergüenza. Leer los clásicos de la literatura rusa del siglo XIX, estar al día con las noticias y la escena cultural contemporánea, ir al teatro, hacer que los niños estudiasen piano… todo era parte de la cultura que se esperaba de los individuos que ocupaban puestos de gerencia y de los profesionales.

El estrato gerencial tuvo que hacer frente a exigencias más altas en algunos aspectos. Desde mediados de la década de 1930, se esperaba que vistieran de una manera que los distinguiera de los obreros de planta. “El cuello blanco y la camisa limpia son herramientas de trabajo necesarias para cumplir con los planes de producción y la calidad de los productos”, aclaró Ordzhonikidze a sus gerentes e ingenieros de la industria pesada. También les dijo que debían afeitarse periódicamente y ordenó a las fábricas que proporcionaran espejos adicionales para que el personal pudiera controlar su apariencia.

Además de tener en cuenta estas marcas de estatus, los gerentes también debían adquirir habilidades organizativas para aplicar no solo en el lugar de trabajo, sino en su propia vida. El nuevo jefe de una fábrica de rulemanes describió cómo se las ingeniaba para cumplir con su exigente trabajo. Empezaba el día con gimnasia a las 6.15 hs. Después de una jornada laboral de once horas, llegaba a su casa con tiempo suficiente para un poco de recreación cultural: idas al teatro y al cine, paseos en automóvil. Se esforzaba por estar al día con la literatura técnica de su campo, así como con las belles lettres. El secreto era su carácter metódico y su habilidad para sostener una rutina.

Las mujeres tenían otros imperativos culturales en este nivel, ya que, con la sola excepción del pequeño (pero preciado) grupo de mujeres que eran al mismo tiempo administradoras y profesionales, en su mayoría se desempeñaban como amas de casa a tiempo completo. Su responsabilidad era crear un ambiente familiar “culto” donde el jefe de familia pudiera relajarse al llegar de su exigente trabajo. En este contexto “cultura” implicaba decoro y buena organización del hogar, también comodidad y buen gusto. La vida hogareña debía manejarse de acuerdo con lo programado; los departamentos debían estar equipados con cortinas “blancas como la nieve”, manteles impolutos y pantallas de lámparas que arrojaran una “luz tenue”. En vista de su responsabilidad en las compras del hogar, las mujeres también tenían que ser consumidoras perspicaces: debían saber dónde convenía comprar y ser expertas en calidad.

Las esposas de élite debían usar las habilidades adquiridas en el contexto doméstico para que la vida por fuera del hogar se volviese más culta. Esta era la tarea central del movimiento de las esposas (que se describe en el capítulo 6), cuyas funciones tenían mucho en común con la filantropía “burguesa”. Las esposas se hicieron cargo de la tarea de embellecer el espacio público.

Las manos de las mujeres han cosido decenas de miles de servilletas, caminos de mesa, alfombras, cortinas, pantallas de lámpara que engalanan las barracas del Ejército Rojo. Equiparon con amor los cuarteles de los submarinistas. Los claveles y las margaritas ya no tienen malezas ni ortigas en Trans-Baikal. […] Las esposas de los comandantes de la flota del río Amur cavaron sesenta y ocho mil canteros y plantaron setenta mil árboles.

Los requisitos culturales del tercer nivel incluían saber cómo vestirse para ocasiones públicas formales, cómo comportarse en fiestas educadas y cómo alternar con los invitados. Para un observador externo, un relojero judío inculto, eran las formas de sociabilidad que distinguían con mayor claridad a “la intelliguentsia”, con lo que se refería en términos generales a la clase alta, de las clases bajas. “La intelliguentsia es instruida, es culta, da fiestas”, dijo. “Los campesinos y los trabajadores no tienen bailes, no tienen fiestas, no tienen nada culto”. Este hombre incluyó específicamente a los comunistas en la categoría de personas cultas. “El hombre del Partido es más avanzado y más culto porque el partido lo educa. Un hombre del Partido pedirá permiso antes de tomar un cigarrillo, mientras que uno que no es del Partido lo hará sin pedir permiso”.

Por desgracia, en la sociedad soviética, incluso en las más altas esferas, todavía había muchos forcejeos, insultos, escupitajos y otros comportamientos incultos. “¡Qué culto se ha vuelto [nuestro jefe] Iván Stepánovich!”, dice la leyenda de un cartoon de Krokodil que llevaba el apropiado título “Buen tono”. “Ahora, cuando insulta a la gente, solo usa la forma educada”. Otro cartoon con ese título, publicado meses más tarde, muestra a un hombre de traje, a las claras un trepador, con una mujer de peinado elegante en un café. Cuando se ponen de pie para irse, se revela que la silla y el lado de la mesa que él ocupaba están cubiertos de colillas de cigarrillos. En un esfuerzo por ser culto, pero sin mayor resultado en su cometido, el hombre le informa con altanería a su compañera que “no lo educaron para tirar las colillas al suelo”.

Cambiar de nombre

Una persona culta necesitaba un nombre culto. El significado de esta premisa fue cambiando con el tiempo. Los nombres exóticos y revolucionarios estuvieron de moda en los años veinte: Elektron, Edison, Barrikada, Iskra (por el periódico prerrevolucionario de los bolcheviques, Iskra [La Chispa]) y Kim (sigla rusa de “Juventud Comunista Internacional”), entre otros. En la década de 1930 perdieron popularidad, con excepción de algunos derivados de Lenin como Vladlen (Vladímir Lenin) y el elegante Ninel. Algunas personas llamaban a sus hijas Stalina o Stalinka. Pero esto no era muy común, y no se dio un boom de Iósif (nombre de pila de Stalin) para los niños.

Los cambios de nombre debían ser registrados en el ZAGS, la oficina de nacimientos, defunciones y matrimonios; y durante algunos años el periódico Izvestiia publicó regularmente listas de los cambios. Al observarlas descubrimos que, como siempre, algunas personas dejaban sus apellidos insultantes o embarazosos y elegían nombres literarios o científicos para reemplazarlos: de Svinin a Nekrásov, de Kobylin a Pushkin, de Kopeikin a Fizmatov (derivado de “física y matemáticas”). Los cambios de nombre étnico fueron menos comunes. En contraste con el período zarista tardío, a mediados de la década de 1930 no eran muchos los que abandonaban los nombres extranjeros (algunos incluso los adoptaban) y los cambios de un nombre no ruso, por ejemplo tártaro, a uno ruso también eran poco frecuentes. Los judíos eran la excepción, ya que muchos de sus nombres evocaban la zona de asentamientos y preferían cambiarlos por nombres rusos: de Izrail a Leonid, de Sarra a Raisa, de Mendel y Moiséi a Mijaíl, de Avram a Arkadi. Durante las grandes purgas, algunos cambiaron de apellido porque eran los mismos de algunos conocidos “enemigos del pueblo” y por lo tanto peligrosos. Una Bujarina cambió su nombre en 1938 y una Trotskaya (forma femenina de Trotski) también.

Pero los cambios más comunes a mediados de los años treinta fueron los de nombres rurales anticuados a nombres urbanos modernos y “cultos”. Es difícil definir qué era lo que daba “cultura” a un nombre, aunque gran cantidad de los nombres favoritos también habían sido populares entre la nobleza rusa en el siglo anterior y por eso ocupaban un lugar destacado en los clásicos literarios como las novelas de Tolstói. Resulta más fácil discernir el principio que volvía menos atractivos ciertos nombres: un aura general de “atraso” o una asociación particular con estados no nobles de la Rusia Imperial (campesinos, comerciantes y populacho urbano, más el clero). Acaso esto también haya motivado en general el abandono de los nombres judíos.

Los hombres abandonaban los nombres “campesinos” como Kuzma, Nikita, Frol, Makar, Tit y Foma, como asimismo aquellos relacionados con el clero como Tijon, Varfolomei, Mefodi y Mitrofán. En cambio, asumían identidades modernas y cultas con nombres como Konstantín, Anatoli, Gennadi, Víktor, Vladímir, Aleksandr, Nikolái, Iuri, Valentín, Serguéi y Mijaíl. Por su parte, las mujeres repudiaban nombres como Praskovia, Agafia, Fekla, Matrena y Marfa y se convertían en Liudmila, Galina, Natalia, Nina y Svetlana.

Se dice que algunos funcionarios y medios de comunicación locales animaban a la gente a “salir de la modorra polvorienta” y a deshacerse, en pro de la modernidad, de los “viejos nombres campesinos”. Pero los cambios de nombre modernizadores parecen más productos del Zeitgeist que de directivas del Kremlin. El jefe de propaganda del Comité Central consideraba vulgar y trivial animar a la gente a abandonar los nombres anticuados.

Sin embargo, para muchas personas, era parte importante de la transición de la aldea a la ciudad, o de una identidad antigua, basada en el Estado y vinculada a la tradición, a una ciudadanía moderna.

La vida cotidiana durante el estalinismo
Cómo vivía y sobrevivía la gente común en la rusia soviética
Publicada por: siglo veintiuno
Fecha de publicación: 01/20/2022
Edición: primera edición
ISBN: 978-987-629-950-3
Disponible en: Libro de bolsillo

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