Hoy cualquiera puede hablar en clave digital. Hay herramientas, tutoriales, filtros, efectos. La pantalla democratizó la voz. Pero también la igualó, la hizo homogénea. Todos decimos algo. Todos mostramos algo. Pero, ¿cuántos realmente comunicamos? ¿Cuántos de verdad tocamos al otro, más allá del scroll, del zapping, del like distraído? Adaptarse al entorno virtual no se trata solo de trasladar viejos formatos a nuevas plataformas. Ser un orador digital hoy es mucho más que saber hablar bien. Es una danza más compleja. Requiere entender la manera de diferenciarse, generar impacto y establecer un vínculo genuino con la audiencia. Es un nuevo lenguaje, con sus propias reglas, posibilidades y desafíos. La clave es desarrollar estrategias disruptivas, que no solo rompan con lo esperado, sino que también inviten a nuevas formas de escuchar, pensar y participar. Cómo conectar con los demás es una invitación a repensar cómo nos comunicamos con nuestro público en una realidad cada vez más virtual, pero que sigue necesitando empatía, claridad y propósito, y en la que nuestra voz, aunque atravesada por pantallas, sigue siendo el canal más poderoso de conexión humana.
A continuación, un fragmento a modo de adelanto:
Ganar y perder
El mundo da vueltas y alguien nos observa a través del espejo. En cada mirada a nuestro teléfono más de un millón de píxeles se configuran y vuelven a organizarse en una danza digital fluida, atravesando nuestros sentidos, haciendo vibrar nuestro intelecto, nuestra alma y, finalmente, nuestra voluntad.
Una frase conocida dice: No somos lo que decimos, somos lo que hacemos. Y hoy, sin lugar a dudas, hacemos que nuestra vida sea mayormente digital. De esta manera, queda poco espacio para la discusión: la superficie del dispositivo digital es pulida, brillante y genera fascinación adictiva en personas de todas las edades. Atrapa nuestros sueños, nos arropa con su luz constante y cálida. Acompaña rutinas cotidianas, construye momentos y, en ocasiones, define destinos personales. ¿O acaso el teléfono celular y una información repentinamente descubierta no ha unido o desunido a las personas de este planeta? Pero, ¿no ha permitido, también, acceso a información y mundos que de otra forma permanecerían ocultos a la conciencia?
Jugar, trabajar, pensar, navegar, meditar, sufrir, gozar. Todo en la misma superficie, en el mismo espejo de agua. Pero, ¿qué es lo que pasa con nuestra comunicación cuando la pantalla sucede? Una pregunta abierta a un laberinto digital al cual accedemos a través de un eje de coordenadas cartesianas. Si observamos, podemos reconocer un escenario que se ve desbordado por las innumerables posibilidades que hoy las comunicaciones digitales proponen. El enfoque hacia las mal llamadas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC´s) ha generado un sinnúmero de publicaciones, en gran parte metáforas, eufemismos y optimismos exagerados, que no representan lo que acontece cuando la pantalla ocurre. ¿Cuáles son las pérdidas? ¿Y cuáles las ganancias de lo digital, del sucedáneo? Porque jugar el juego online no es en vano: ganamos y cedemos terreno todo el tiempo. Cada elección implica una posesión, pero a la vez una pérdida. Y esta no es una pregunta menor si tomamos conciencia de la penetración que el bit tiene en nuestra vida cotidiana.
Este libro es de oratoria, por lo que no pretende explicar el fenómeno digital en su conjunto, sino comprender cuáles son los aspectos de la pantalla que afectan nuestra comunicación personal. O, en otros términos: cómo podríamos hacer una oratoria más eficiente cuando se da a través de un dispositivo. Enfrentarse al vidrio del ordenador no es simple. La pantalla es un espacio fragmentado que desde su propia naturaleza nos predispone a la disrupción, la dispersión y el trabajo cognitivo en paralelo. Por tal motivo, la pantalla es un verdadero rectángulo de incertidumbre y caos: realizar una clase o comunicarse con un ser querido a través de la computadora implica asimilar una nueva forma de comunicarnos, si lo queremos hacer de manera eficiente. Significa integrarnos a la máquina artificial de la forma más orgánica posible, potenciando las ganancias y minimizando las pérdidas. Por ejemplo, poder compartir un video o hablar con un fondo musical es un recurso que no podría existir en otra instancia oratoria cara a cara. Esto es ganancia. Por el contrario, cuando decimos un discurso mediante una imagen sintetizada, gran parte de los gestos no son percibidos; se diluye todo el aspecto cualitativo de nuestra comunicación. Esto es pérdida.
Un orden que desordena
Es evidente que hay cierta idea de caos, de entropía, cuando nos aventuramos a las comunicaciones (inter)mediadas por una pantalla. Estas dificultades son muy notorias a partir de las situaciones recientes que han obligado a una buena parte de la sociedad a trabajar y estudiar desde sus hogares: los alumnos no prenden sus cámaras, las personas se distraen leyendo el diario online mientras nosotros en forma desesperada intentamos captar la atención de nuestra audiencia.
Es la paradoja del siglo XXI: nunca el ser humano tuvo tantas herramientas tecnológicas para comunicarse, pero, al mismo tiempo, aumentan ciertas dificultades para lograr una conexión eficiente con otras personas. Aquí nos referimos al concepto de eficiencia en la comunicación en términos del lingüista holandés Teun van Dijk (1983) quien, en su libro La ciencia del texto, elabora el concepto de pragmática lingüística: un enunciado es pragmáticamente eficiente cuando logra sus objetivos respecto de un estado intencional inicial de quien ofrece un contenido específico a su audiencia.
Tal vez, entonces, una primera regla importante sería poder diferenciar el concepto de comunicación de la idea de información y conexión o conectividad.
Regla número 1
Información y conectividad no son equivalentes a comunicación. La comunicación implica vínculo, relación. Se trata de un fenómeno mucho más amplio, que comprende la integración de dos entidades diferentes que tienen la intención de escucharse, comprenderse y prestarse atención mutua.
Los seres humanos, sobre todo, aquellos que formamos parte de las sociedades atravesadas por la tecnología, tenemos la impresión de que solo alcanza con publicar un contenido, pero ya veremos que no es así. Aunque nosotros amemos nuestro contenido, aunque nos parezca lo más importante que podamos decir, no se trata solamente de postear en Internet. Se trata de construir un vínculo con el que escucha. Así, intentaremos descubrir los pasadizos, puentes y túneles que nos comunican en el laberinto digital.
De la información a la comunicación
En su etimología, la palabra comunicación proviene del latín communicatio y significa “acción y efecto de transmitir y recibir un mensaje”. Sus componentes léxicos son: el prefijo con- (enteramente, globalmente), munus (cargo, deber, ocupación), -icare (convertir en), más el sufijo -ción (acción y efecto).
Comunicar es convertir a partir de la acción y el efecto. Y esto implica algo muy superior al dato digital. Trasciende la idea de que solo con información todo es posible. Comunicar en forma eficiente significa algo más.
Que alguien tome hoy un celular en la cima de una montaña y le envíe una selfie a un amigo que camina por las calles de Chicago, Barcelona o Buenos Aires es algo que no asombra a nadie. Como el agudo investigador español Manuel Castells (1996) ha escrito muchas veces “la tecnología no es ya un subproducto de la cultura, sino que la cultura se organiza por y para la tecnología”. Esto quiere decir que nuestra vida se organiza hoy a partir de la tecnología que, a la vez, establece rutinas y alimenta un discurso muy poderoso: el de la sociedad de la información.
Para comprender el culto a la información es necesario entender el recorrido que el ser humano ha transitado desde la caverna hacia la realidad virtual. Desde la caminata del primer homínido en la sabana africana hasta la multidimensionalidad de los contextos virtuales sensoriales, la tecnología se ha constituido en este recorrido como una narrativa poderosa que estructura nuestros días y que se sustenta en la posibilidad del dato y de la información. Pero, al final del día, una pantalla no es más que información traducida en píxeles, impulsos de luz reflejados en un eje de coordenadas, que pueden ser observados e interpretados por el usuario.
Entonces, ¿alcanza con esto para crear un espacio de comunicación? Sostengo que no, que la pantalla funciona a menudo como espacio distractor y que es necesario un conjunto de habilidades mayores, las cuales proyectan la información hacia el espacio del vínculo.
Este libro es una invitación a descubrir estas habilidades y a transitar nuevos caminos en la ruta de la información. A ejercer una actividad que no está muy de moda: repensar las cosas con suficiente profundidad como para encaminar los resultados que deseamos. Si todos comprenden la tecnología desde la equivocación, estamos en un gran problema: se desaprovechan las ganancias y se suman solo pérdidas. Una mala comunicación virtual conduce a la saturación y a la adicción a las pantallas. Este es un llamado a empezar de nuevo, considerando a la computadora y al teléfono celular como herramientas que potencian y amplifican las posibilidades de vincularnos con los demás.
Si a partir de nuestra primera regla de la oratoria online, acordamos que información no es lo mismo que comunicación, podremos llegar a esta idea: un buen uso de la tecnología y de la comunicación mediada por ordenador tiene mucho más que ver con lo que nosotros hacemos con los dispositivos y no tanto con las capacidades de estos. Al final del día, un diseño pulido y moderno de una notebook o un celular no aseguran viralidad o difusión de nuestros mensajes. Al contrario: dada la velocidad de reproducción de sus dinámicas, la industria ha logrado que la tecnología se transforme en un commodity. O sea: si comprar una computadora Apple Macintosh representaba en los años 80 y 90 un signo de distinción y profesionalismo, hoy ya no lo es. Lo mismo sucede con los automóviles, los relojes y casi todos los bienes tangibles, que en el pasado simbolizaban un determinado estatus social y que actualmente —y en un proceso que ha llevado algunos siglos y que hoy encuentra su culminación material— han sido introducidos en una era plana, llana, donde todo tiene el mismo valor.
Por estos motivos, comunicar bien a través de la pantalla exige el ejercicio de volver a pensar sobre la tecnología, su función en la sociedad en su conjunto y, también, su rol activo en nuestra vida cotidiana.







