Adelanto de «La nueva oligarquía tecnológica», de Ariel Goldstein

¿Un selecto club de tecnólogos dirige el destino de la humanidad? Se trata de ultrarricos que desprecian lo estatal, pero que se ven beneficiados por los Estados, mientras declaman discursos de libertad. ¿Quiénes son? ¿Cómo operan? ¿Existe un espacio de resistencia una alternativa a la posdemocracia?

Ariel Goldstein pone el foco sobre los miembros de la oligarquía tecnológica que marca –al menos, por ahora– el curso de la historia global en la actual fase posdemocrática. Personajes como Elon Musk, Jeff Bezos, Peter Thiel, Jensen Huang, Sam Altman, Mark Zuckerberg, Alex Karp y algunos otros multimillonarios tejen alianzas con los Estados y acumulan poder (y capitales) sin límites. Se trata de una dominación política que no está basada exclusivamente en partidos, ideologías ni instituciones representativas.

Este libro propone comprender a esta nueva oligarquía que ejerce su influencia sobre todo el planeta a través de sus empresas globales. Para ello, Ariel Goldstein nos acerca una tipología de roles de este nuevo régimen y un análisis de quiénes los encarnan: administradores que gestionan infraestructuras, arquitectos que diseñan ideologías y discursos, operadores que los convierten en acción política y traductores que los replican en las periferias.

¿Será posible que emerja algo distinto? ¿Tenemos posibilidades de impulsarlo? En La nueva oligarquía tecnológica, Goldstein delinea el mapa de la tecnopolítica actual despejando los caminos hacia espacios de acción posible.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Los administradores del régimen y los príncipes del poder ilimitado

El poder tecnológico contemporáneo no se sostiene solo por ideología o carisma, sino por control de infraestructuras materiales y simbólicas. Son las que convierten el poder tecnooligárquico en infraestructura cotidiana irreversible. Denomino administradores del régimen a los actores que garantizan la reproducción material, comunicacional y afectiva del orden tecnopolítico.

Los administradores del régimen son los actores que vuelven estable y cotidiano el orden tecnopolítico: no diseñan la gramática ideológica (arquitectos), ni lo ponen en movimiento mediante choque performativo (operadores), ni lo traducen en periferias inestables (traductores), sino que gestionan infraestructuras –logísticas, mediáticas, sociales y cognitivas– que convierten el poder oligárquico en entorno. Su tarea es que el régimen sea autoejecutable: que funcione aun cuando nadie lo “milite”.

Si los arquitectos producen la gramática, los operadores producen el acontecimiento y los traductores condensan la racionalidad en periferias frágiles, los administradores hacen lo decisivo: normalizan. Transforman una ofensiva política en vida social, y una ideología en infraestructura.

Jeff Bezos: administración mediático-estatal

Jeff Bezos encarna otra dimensión del poder tecnooligárquico: la convergencia entre infraestructura económica, influencia mediática y ambición geopolítica. Amazon, que comenzó como una librería digital, se transformó en una arquitectura global que combina comercio electrónico, logística planetaria, vigilancia laboral y computación en la nube. Con el lanzamiento de Amazon Web Services (AWS) en 2006, Bezos consolidó un pilar estratégico del Estado estadounidense: AWS se convirtió en la principal infraestructura de nube del mundo y la fuente más rentable del imperio Amazon.

Ese poder económico vino acompañado de una férrea resistencia a la sindicalización: el segundo mayor empleador privado de los Estados Unidos desalentó sistemáticamente la organización laboral entre más de 800 000 trabajadores. Aunque Bezos dejó el cargo de CEO en 2021, sigue siendo el mayor accionista individual de la compañía (con más del 8,6 %), lo que lo mantiene como uno de los actores privados más influyentes del planeta. Amazon es hoy un pilar estratégico para la administración pública, las Fuerzas Armadas y el sistema financiero global: cualquier regulación o enfrentamiento político sobre la empresa implica un riesgo estructural. Mientras tanto, Bezos desplazó su atención pública hacia proyectos personales –Blue Origin, viajes espaciales, adquisiciones ostentosas– mientras construía poder simbólico a través de un actor clave: The Washington Post.

The Washington Post: de watchdog democrático a vocero del mercado

La influencia de Bezos sobre The Washington Post expone la fragilidad de las fronteras entre prensa, negocios y poder político en la era tecnooligárquica. Días antes de las elecciones presidenciales, Bezos ordenó que el diario adoptara una supuesta “neutralidad editorial”: una decisión interpretada por muchos periodistas como una maniobra de autoprotección empresarial ante el posible regreso de Trump. La relación entre ambos había sido conflictiva: durante su primer mandato, Trump bloqueó el contrato JEDI –un acuerdo de 10000 millones de dólares en infraestructura cloud que Amazon disputaba con Microsoft– y atacó públicamente a Bezos en reiteradas ocasiones.

La neutralidad impuesta quebró la tradición histórica del Post, que solía respaldar candidatos demócratas. La medida provocó renuncias y tensiones internas, exacerbadas cuando la junta editorial calificó de “apropiada” a Pam Bondi como fiscal general sin mencionar que había sido lobista de Amazon. Ese gesto fue interpretado como un signo inequívoco del alineamiento empresarial del diario.

Desde entonces, Bezos reorientó abiertamente la sección de Opinión hacia dos ejes: la defensa de los “mercados libres” y las “libertades individuales”. Bajo el lenguaje de la neutralidad, el Post pasó de watchdog democrático a vehículo de un liberalismo proempresa que dialoga con la nueva derecha global: una derecha que proclama reducir el Estado, desregular y expandir el poder corporativo.

Lauren Sánchez: el rostro femenino del poder tecnoplanetario

La oligarquía tecnológica administra también afectos, aspiraciones y legitimidad simbólica. Lauren Sánchez encarna el arquetipo de mujer que suele rodear a los magnates tecnológicos: visualmente atractiva, con fuerte presencia mediática y dominio de las redes sociales, en una operación que articula marketing empresarial, emprendedurismo e innovación. De esta forma, contribuye a legitimar y humanizar el poder tecnológico y político de Jeff Bezos. Con una carrera destacada en Fox, Extra y Good Day LA, hoy se desempeña como vicepresidenta del Bezos Earth Fund, una fundación de filantropía climática con un presupuesto de 10000 millones de dólares. Su estética, carisma y estilo de vida la proyectan como un modelo aspiracional de mujer empoderada, aunque dentro de los márgenes de un sistema ultraelitista.

Sánchez funciona como interfaz simbólica entre Bezos y el mundo: aporta carisma a un poder que, sin ella, resultaría frío, codicioso y alienado. Expone con claridad la teatralidad del capitalismo de plataforma, en el que cada figura pública está diseñada con precisión quirúrgica.

La misión femenina de Blue Origin, curada por Sánchez, convoca a un elenco meticulosamente seleccionado de mujeres con alto perfil mediático. No es solo un viaje al espacio: es una puesta en escena diseñada para gestionar relatos y movilizar afectos. En este dispositivo, Sánchez se posiciona como curadora emocional y embajadora del futuro, en sintonía con las lógicas de Silicon Valley que reciclan discursos progresistas para blindar sus privilegios. Blue Origin transforma la exploración espacial en espectáculo, desdibujando las fronteras entre ciencia, marketing y lifestyle. Es un uso estratégico del feminismo mainstream. Pero detrás late una operación política precisa: la conquista del espacio deja de ser un proyecto estatal para convertirse en patrimonio privado, intermediado por filántropos e influencers.

Esta narrativa se inserta en un proceso más profundo: la sustitución de religiones y filosofías tradicionales por una tecnología dotada de una supuesta “alma”. El viaje espacial se presenta como un retiro espiritual cósmico, una experiencia emocional premium, en la cual figuras glamorosas, accesibles, “valientes”, legitiman el poder tecnocapitalista bajo la apariencia de una transformación interior.

La puesta en escena del vuelo femenino de Blue Origin es un ejemplo paradigmático de cómo la oligarquía tecnológica no solo transforma el mundo material –con cohetes, algoritmos y plataformas–, sino también reconfigura el orden simbólico y cultural contemporáneo. El espacio exterior, antes dominio de los Estados y la épica científica, es resignificado como territorio de autoayuda, empoderamiento emocional y glamour pop. Esta nueva narrativa se presenta como si fuera natural, sin fricciones ni conflictos, como si se tratara del curso inevitable del progreso humano. Pero en realidad es el resultado de una ingeniería cultural cuidadosamente diseñada, en la cual las emociones, los relatos inspiradores y la diversidad se convierten en recursos estratégicos al servicio del capital concentrado. Espiritualidad, feminismo y exploración son absorbidos por una lógica de mercado que convierte incluso el viaje a las estrellas en una marca personal y
un producto de consumo aspiracional.

OpenAI y Sam Altman: la administración cognitiva

En la génesis de OpenAI, la empresa que ha revolucionado el mundo tecnológico con su modelo de lenguaje ChatGPT, Sam Altman ha destacado que uno de los pilares es el carácter innovador como imán para el talento. La apuesta fue reunir a un grupo selecto de personas brillantes y disruptivas, ajenas a los caminos tradicionales del sector tecnológico.

Así que filtras al 99 % del mundo y solo obtienes a los pensadores originales y con mucho talento. Y eso es realmente poderoso. Si estás haciendo lo mismo que todo el mundo, como crear, por ejemplo, la aplicación número 10 000 para compartir fotos, es muy difícil reclutar talento. Pero si convencés de que nadie más está haciendo lo que vos hacés y podés atraer a un grupo pequeño y muy talentoso, los conseguís a todos. Y todos quieren trabajar juntos. Así que hicimos lo que en ese momento sonó como una propuesta audaz –o quizás extravagante–, que alejó a los expertos senior del campo y nos permitió atraer a gente joven, heterogénea y con talento, ideal para empezar.

Este enfoque revela no solo una estrategia empresarial, sino una visión ideológica: una élite intelectual y técnica que se autopercibe como portadora del futuro, legitimada por su diferencia radical con el resto. Altman proyecta a OpenAI como un refugio de innovación frente a una industria estancada, en el cual los valores de originalidad, riesgo y exclusividad se convierten en principios de selección y diferenciación social.

En la trayectoria de Altman también resuena con fuerza su rol como capitalista de riesgo, una figura clave del ecosistema de Silicon Valley. Esta dimensión lo vincula con actores como J. D. Vance, el trumpismo empresarial y las redes de financiamiento ideológico del nuevo poder tecnocrático, en el que la innovación no es solo una cuestión técnica, sino una narrativa política. OpenAI depende del financiamiento de NVIDIA, Microsoft, Oracle y SoftBank. Estas alianzas forman una red transnacional de actores privados que, en
lugar de competir, se asocian para crear barreras de entrada y reforzar su dominio.

A la vez, es importante señalar que las relaciones entre los billonarios tecnológicos no se rigen únicamente por la solidaridad de clase, sino también por una intensa competencia estratégica. Aunque comparten una visión tecnocrática del mundo y una defensa común frente a regulaciones estatales o demandas sociales, sus disputas por la hegemonía en sectores clave –como la IA, la exploración espacial o el control de infraestructuras digitales– los enfrentan en una guerra fría corporativa. Elon Musk ha mantenido enfrentamientos públicos y rivalidades empresariales con figuras como Mark Zuckerberg y Sam Altman, particularmente en torno al desarrollo de la IA, en el que se juegan no solo enormes beneficios económicos, sino el control simbólico sobre el futuro.

La convergencia ideológica entre Sam Altman y Donald Trump se manifiesta con claridad en su visión sobre la infraestructura y la necesidad de eliminar obstáculos regulatorios. En una entrevista, Altman afirmó:

Infraestructura construida en los Estados Unidos, y mucha. En lo que estoy totalmente de acuerdo con el Presidente es en que es increíble lo difícil que se ha vuelto construir cosas en los Estados Unidos: plantas de energía, centros de datos, cualquier cosa de ese tipo. Entiendo que se acumulan obstáculos burocráticos, pero no es útil para el país en general […] si se piensa en lo que debe suceder para que Estados Unidos lidere la IA, y los Estados Unidos realmente necesita liderar la IA.

Esta coincidencia no es menor: señala el punto de contacto entre el nacionalismo económico trumpista y las demandas de los líderes tecnológicos por una mayor concentración empresarial y un marco regulatorio más laxo. Mientras el gobierno de Biden había intentado introducir controles y reglas para evitar una concentración excesiva del poder corporativo en sectores sensibles como la inteligencia artificial, los grandes CEO de Silicon Valley presionan en la dirección opuesta: eliminar regulaciones para acelerar la innovación, competir con China y reforzar su hegemonía económica. En ese camino, la retórica del “liderazgo estadounidense” en IA funciona como cobertura ideológica para una ofensiva que busca desmantelar los límites al poder privado.

OpenAI sostiene públicamente que su modelo de negocios se basa en “un mercado libre que promueve la competencia justa, impulsando la innovación”. Sin embargo, esta declaración de principios contrasta con las estrategias concretas que la empresa despliega. Un ejemplo claro es su reciente impulso para crear una red social propia. A diferencia de lo que sugiere el discurso oficial sobre “conexión humana” o “comunidad”, el objetivo real de este proyecto no es socializar, sino capturar datasets en tiempo real, culturalmente situados y etiquetados por los propios usuarios. En otras palabras, se trata de convertir las interacciones cotidianas en insumos para entrenar modelos de inteligencia artificial cada vez más potentes.

Esta lógica confirma que las plataformas sociales no son espacios públicos neutrales, sino minas de datos destinadas a alimentar el poder computacional de una nueva élite tecnológica. En este sentido, OpenAI no escapa a una tendencia más amplia: el pasaje de un capitalismo productivo a una oligarquía extractiva, cuya principal materia prima no son los recursos naturales ni el trabajo físico, sino la subjetividad humana codificada en datos.

Altman se presenta como profeta del futuro, un visionario que dirige una empresa que define el mundo por venir. Lidera no solo un producto exitoso, sino un régimen algorítmico global con 800 millones de usuarios semanales, acceso a los datos del planeta y la legitimidad simbólica de quien anticipa –y diseña– el futuro. Bajo el relato de la abundancia, se oculta la ausencia de mecanismos democráticos de control. Sus chatbots no solo “responden”: coproducen realidades. Un caso reciente documentado por The New York Times muestra cómo, en 21 días y más de 300 horas de conversación, ChatGPT llevó a un usuario sin antecedentes psiquiátricos a un espiral delirante, reforzando con halagos y actuaciones conversacionales que convalidaban el delirio a una narrativa de “gran descubrimiento” pese a repetidas solicitudes de chequeo de realidad. El efecto se vio amplificado por memorias entre chats y la lógica de improvisación que prioriza mantener la historia antes que interrumpirla por seguridad. Lección central: estas arquitecturas lingüísticas moldean subjetividades y pueden producir daño psicosocial cuando optimizan retención/engagement sin contrapesos. Si la oligarquía tecnológica pretende administrar la conversación pública como si fuera un producto, deben existir salvaguardas incorporadas desde el diseño: límites de tiempo en las sesiones, recordatorios de descanso, pruebas de veracidad en hilos extensos, auditorías independientes y protocolos que ayuden a desescalar interacciones conflictivas. No basta con colocar mensajes de advertencia o aclaraciones legales que funcionan como coartadas simbólicas. Lo que está en juego no es solo la responsabilidad de los usuarios, sino el modo en que las propias plataformas estructuran la atención, el diálogo y el conflicto dentro del espacio digital.

La relación íntima que empresas como OpenAI o CharacterAI establecen con millones de usuarios en todo el mundo se ha convertido en un negocio formidable, centrado en la posesión y comercialización de datos personales. Permitir comportamientos como la generación de contenido erótico no es un desliz moral, sino una estrategia deliberada para maximizar el engagement. A mayor implicación emocional, más tiempo de uso, más interacciones, y más datos. Esa materia prima se traduce en ingresos mediante suscripciones, publicidad dirigida o servicios premium: una economía de la atención emocional puesta al servicio del lucro.

En noviembre de 2025, siete familias demandaron a OpenAI por muertes y colapsos psicológicos vinculados a ChatGPT. Estas tragedias no son anomalías: son el reverso del discurso de “cuidado” que las corporaciones tecnológicas han adoptado. La misma infraestructura que promete acompañar el sufrimiento humano puede inducirlo. Lo que emerge aquí es una nueva frontera del poder: la empresa privada que regula la emoción colectiva sin responder ante ninguna autoridad pública. En la economía del dato y del
alma, la empatía se convierte en un protocolo de seguridad y el dolor en una falla de diseño. En definitiva, OpenAI administra capas de lenguaje, atención, consulta, ayuda, conocimiento y acompañamiento que empiezan a intermediar la relación de millones de personas con el mundo.

La reciente colaboración de OpenAI con el Pentágono muestra que la inteligencia artificial comercial ya no opera únicamente como sector económico, sino como infraestructura estratégica de seguridad nacional. La figura de Altman aparece así a medio camino entre arquitecto y administrador del régimen tecnopolítico: no diseña solo productos, sino sistemas de mediación cognitiva y operativa a escala global. Integrar IA de frontera al aparato militar implica trasladar capacidades desarrolladas en el mercado a la lógica de la guerra, consolidando un ensamblaje Estado-corporaciónalgoritmo que redefine la soberanía contemporánea.

Poder sin límites en la posdemocracia
Publicada por: Marea Editorial
ISBN: 978-987-823-120-4

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