Según el Diccionario de la Real Academia Española un energúmeno es una persona que se comporta de manera airada, furiosa o violenta. El término se utiliza comúnmente para describir a alguien descontrolado, gritón o exaltado. Después del discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, con una veintena de insultos y agresiones proferidos a los gritos, es la palabra más precisa para describir a Javier Milei. Es un energúmeno orgulloso de serlo. Lo que viene inmediatamente después de la definición, es preguntarse por qué sus asesores le recomendaron desatar su iracundia el día en que podía exhibir logros políticos concretos y anunciar cómo piensa superar los problemas de la economía real. Distraer la atención, cambiar la agenda, amedrentar a cualquier crítico (ya sea industrial, sindicalista o periodista), abroquelar a los propios o estigmatizar a los opositores. Es probable que todo eso a la vez.
En medio de una suerte de stand–up virulento, el Presidente anunció una serie de propuestas reformistas que mandaría al Congreso. En un momento de entusiasmo extremo habló de “cambiar la arquitectura legal” del país (¿fantasea con cambiar la Constitución Nacional?): reforma impositiva; reforma del código aduanero; del código civil y comercial; reforma del sistema educativo; reforma código penal; fortalecer Fuerzas Armadas y Servicios de Inteligencia, entre otras. Todo sin dar precisiones ni datos concretos. Más allá de esto, hay que tomar en serio a Milei quien acaba de lograr modificar de manera radical la estructura laboral de Argentina.
También ratificó el alineamiento absoluto con los Estados Unidos e Israel: “tiene que ser una política de Estado”, dijo. Y reivindicó las ayudas económicas de Donald Trump que le permitieron ganar las elecciones legislativas. Días antes había celebrado el asesinato de Alí Jamenei, líder religioso de Irán. Algo así como un “viva la muerte”.
Curioso para quien incorporó la idea de cambio moral en su discurso. Milei habló de superioridad moral pero omitió la estafa de libra, las coimas en Discapacidad, la relación de José Luis Espert con el narco Fred Machado o sus agresiones a un chico de 12 años con trastorno autista.
Algo de su apelación a profundizar la polarización con el peronismo y la izquierda tiene como objetivo que la oposición amigable (UCR, partidos provinciales, PJ del norte y los restos del Pro) se pliegue sumisa o se arriesgue a la andanada de insultos y, si gobierna a castigos económicos.
Del futuro de la economía real hubo poco y nada. Promesa de más apertura para terminar con la “industria prebendaria” y la reivindicación de una economía primaria con agro, petróleo y minería. Una aclaración: cualquier debate serio sobre el perfil industrial del país es necesario, pero queda obturado por la violencia discursiva y la renuncia a un destino fabril per se. Del cierre de empresas y negocios (casi 22 mil) desde diciembre de 2023, de la caída constante del consumo, de la persistencia de la inflación y de los despidos (unos 290 mil) no dijo nada.
Eso sí, como un Mesías enfurecido decretó: “la malaria ha terminado”. Cuestión de fe. Están los que creen en sus palabras y esperan que el mar se abra con sus gestos para llegar a la tierra prometida y por eso aplauden las puteadas y festejan las agresiones. Serán los menos, los que tengan el dinero para subir al barco, el resto perecerá en el mar esperando el milagro.

