El síndrome de Peter Thiel

La historia de cuando el multimillonario empresario llevó a la quiebra a un medio digital por haberlo sacado del clóset

Está bien la cobertura que se está haciendo alrededor de la presencia de Peter Thiel en Argentina pero creo que en demasiados casos se busca darle al personaje un ángulo turbio y conspiranoico más bien exagerado. Por momentos parece que fuera el Dr. No de la saga Bond. Además, si voy a leer una semblanza de un personaje peculiar e interesante como Thiel, no espero que me cuelen tres párrafos del fantasma de Martín Varsavsky. Es como ir a ver a ver a Haaland y que salga a la cancha Cavani.

Es buen síntoma, no obstante que se hable más de Thiel y menos de, no sé, Delcy Rodríguez.

Creo, sí, que para entender a Thiel es preferible hurgar en otras aristas más reveladoras y menos esotéricas o milenaristas. Thiel no es un prepper apocalíptico. Es un inversionista que quiere ganar lo más posible y pagar pocos impuestos. Lo normal. Como tal, anda a la caza de negocios promisorios en sus etapas incipientes y su curiosidad a veces lo lleva a países remotos que podrían presentar oportunidades.

La farándula de los nerds

Thiel es un nerd de manual: fue un niño prodigio de las matemáticas y el ajedrez. En su juventud fue una promesa del derecho: doctor en leyes por la Universidad de Stanford, trabajó en el poder judicial y en importantes estudios de abogados.

Pero siempre le tiró Silicon Valley. Dicho esto, si «la política es la farándula de la gente fea», Silicon Valley es la farándula de los nerds.

Thiel es un Trump con más IQ y menos tolerancia al ridículo: un tipo con un enorme ego, muy preocupado por el tamaño de su nombre en el cartel. Un incansable marketero de sí mismo y un inversionista serial que sabe que hay que cubrir el paño para embocar un pleno. Ha hecho docenas, acaso cientos de inversiones que quedaron en la nada, pero tuvo tres aciertos importantes: PayPal, Facebook y Palantir.

No le resto mérito, todo lo contrario, pero en su grandes éxitos fue más bien un actor de reparto: uno de varios inversionistas no mayoritarios. Su claim to fame actual, Palantir, es sin dudas una empresa muy rentable en una industria tecnológica y geopolíticamente complicadísima, pero no es el Gran Hermano que muchos imaginan.

Fomentando FOMO y mimesis

Todo bucanero de Silicon Valley que se precie de tal se dedica a inflar expectativas, generar controversia, captar la atención de la prensa y manufacturar escasez.

De ninguna manera estoy poniendo a Thiel en el nivel de estafadores como Bernie Madoff, Elizabeth Holmes (guglear Theranos) o Sam Bankman-Fried (guglear FTX), pero es innegable que el sujeto se mueve en ese mismo ámbito, es un maestro del modus operandi tech: fake it till you make it (finge hasta que lo logres). Esquemas Ponzi con algo más de sustancia.

Thiel incita el consabido FOMO para disparar curiosidad, intriga, épica y, ulteriormente, mimesis masiva. Nunca lo negó, vale aclarar: lo admite abiertamente cuando cuenta sin tapujos que su autor de cabecera es el otrora profesor de historia y filosofía de Stanford René Girard, que supo pergeñar la teoría de la mimesis y los chivos expiatorios tan celebrada en círculos conservadores y libertarios de Silicon Valley.

Ahora bien, lo cierto es que la fortuna de Thiel no es TAN grande como su personaje: se supone que ronda los 30 millardos de dólares, cifra que bien puede estar totalmente inflada por él mismo con fines de bruñir su imagen de magnate, tal como lo ha hecho Donald Trump a lo largo de toda su vida pública. Amancio Ortega (español fundador de Zara) o Carlos Slim (mexicano propietario de Telmex), con 150 y 130 millardos de dólares respectivamente, le quintuplican en patrimonio. En Estados Unidos, hay no menos de 30 plutócratas con fortunas mayores a la de Thiel. Eso le debe mosquear, en el ámbito en el que se mueve Peter el net worth es una señal importantísima.

Insisto, no estoy “bajándole el precio”: su visita a la Argentina es una buena señal, el sujeto tiene una trayectoria y un pensamiento muy admirables, soy muy fan. Pero es un ser humano como cualquiera, lleno de inseguridades y resbalones. No es infalible y lejos está de tener algún tipo de clarividencia sobre el futuro o los secretos de la conducta humana (disculpas por señalar lo obvio).

En todo caso, a mí me gusta la estrategia Thiel: es a la vez un activist investor y contrarian investor. Tiene olfato, coraje y resistencia al facaso. Su personaje está hábilmente curado para construir renombre en el star system de San Francisco a través de misterio y excentricidad. Le importa MUCHÍSIMO lo que se dice y se escribe de él, porque en ese halo reside gran parte de su capacidad de tener influencia y acceso a información monetizable.

En cierta forma tiene la mentalidad de un migrante, de alto calibre pero migrante al fin. Las estrategias posibles de un migrante son dos:

– ir a un lugar con mucho pasado y presente, tal vez ya saturado pero aún vibrante de oportunidades

– elegir un lugar sin presente pero hipotéticamente con mucho futuro, donde está todo por hacerse

A Thiel le interesa Argentina por la misma razón que fue uno de los primeros magnates de Silicon Valley en apoyar a Trump en 2015 (acaso el primero y el único en aquel entonces): porque sabe que una inversión rinde mayores múltiplos cuando se compra en el pozo.

Además, porque hacerse el excéntrico garpa.

Excentricidades, renuncios, contradicciones

A Thiel le gusta jugarla de gurú, de contrarian thinker. Forjó su personaje y su imagen de marca alrededor de eso: siempre original, nunca imitador.

Ahora bien, vive anunciando a los cuatro vientos que aborrece California y detesta San Francisco, pero nunca termina de irse.

Tiene un fondo dedicado a financiar startups de mocosos que opten por abandonar o directamente no ir a la universidad, institución que considera anticuada y perjudicial, a pesar de que es doctor en leyes por la universidad de Stanford y también fue profesor. ¿Es posible que se haya decepcionado de mayor? Quién sabe.

Thiel escribió un libro junto con un alumno suyo de Stanford, «Zero to One: Notes on Startups, or How to Build the Future», muy respetado y consultado en círculos de contracultura empresarial. Sostiene que hay que ignorar a la competencia para evitar el riesgo de, consciente o inconsciente, copiarla. Un emprendimiento debe ser absolutamente original, crear ex ante un negocio donde no había nada, para volverse espontáneamente monopólico en ese mercado nuevo y propio que la misma idea ha generado. Crear un monopolio por mérito, sin favoritismo de las burocracias o el poder politico, me parece válido. Si les importa mi opinión, creo que es muy acertada esta visión de los negocios. Palantir, sin embargo, es esencialmente un contratista del Pentágono que no calza ni por casualidad en esta filosofía. En fin.

Sexo, mentiras y vendetta

Para entender al personaje Thiel es harto revelador indagar en su vendetta contra el fundador y editor de Gawker, un medio que parecía haber reinventado el periodismo en los primeros 2000, cuando reinaba la web 1.0.

Recordemos todas las movidas que Silicon Valley nos quiso vender como tectónicas disrupciones inexorables y terminaron quedando en el camino: America Onlne, Altavista, Pets.com, MySpace, Napster, Foursquare, Gawker, Buzzfed, Meerkat, Vine, Google Plus, Club Penguin, Second Life, NFTs, etc, etc etc.
Gawker y Buzzfeed formaban parte de ese grupo: supieron ser las estrellas más fulgurantes del firmamento periodístico de la web 1.0.

Resulta que Thiel es gay, hoy está felizmente casado con un señor, pero en los early 00s lo mantenía en secreto. El fundador/editor de Gawker, un británico de nombre Nick Denton, también gay pero desacomplejadamente fuera del armario, aparentemente consideraba que Thiel era una suerte de ¿traidor a la causa? que cobardemente ocultaba su orientación sexual, y se empeñó en deschavarlo públicamente. Cuando el dato ganó trascendencia tras un artículo en Gawker, Thiel inició gestiones bajo cuerda para ejecutar una vendetta, lo que finalmente se concretó al presentársele la oportunidad de financiar los honorarios legales de una demanda que la estrella de la lucha libre Hulk Hogan inició contra Gawker por haber publicado un vídeo íntimo comprometedor. Thiel gastó, dicen, diez millones de dólares estadounidenses para ayudar a Hogan (nombre real Terry Bollea) a ganar el juicio y destruir a Denton, cuya empresa prácticamente quebró por la indemnización que se vio obligada a pagar. Denton quedó efectivamente en la lona: también tuvo que hacer frente a los gastos legales con su patrimonio personal. La historia es curiosísima, mezcla periodismo, tecnología, farándula, sexo, lawfare, egos. A quien le interese entender los nuevos medios le aconsejo averiguar sobre el tema, es acojonante.

Gawker, el antepasado bastardo de Twitter

Gawker fue fundado en Nueva York en 2002, en plena era de la web 1.0. El verbo to gawk es traducido como «mirar boquiabierto» o «mirar embobado». Gawker significa en inglés mirón, fisgón. Exactamente lo que le ocurre a millones de usuarios de teléfonos desde la llegada de los smartphones.

Gawker, EMHO, posiblemente inventó, o bien catapultó al discurso público, lo que hoy llamanos trolling.

Empezó como un simple blog por y para insiders del endogámico ecosistema de medios neoyorquino que fue mutando en una suerte de newsletter de agregación multitemática, crudo, sarcástico y vulgar en su abordaje del mundo de los negocios, farándula, política, tecnología, hobbies, lifestyle y demás, con un par de docenas de cronistas caóticamente dedicados a la caza de primicias. Su claim to fame era que republicaban con arriesgada velocidad información verificada sin mayor rigor, recibida en su gran mayoría de neoyorquinos rápidos con el telefónito. Verbigracia: foto y comentario anónimo de alguien que vio a un importante actor comiendo con un poderoso productor en una mesa oculta de algún restaurant de difícil acceso.

La inmediatez era era la clave: recordemos que estamos hablando de la era previa a los smartphones, los blogs se leían exclusivamente en dispositivos de escritorio, las cámara de los teléfonos eran poco amigables y menos nítidas.

Los artículos, o mejor dicho los “posts” (actualizaciones, según define la RAE) tenían los comentarios abiertos y los cronistas participaban de los «debates” si tapujos ni filtros. Trolling va, trolling viene.

Muchos entusiastas de los medios como industria, me cuento entre ellos, suponen que Gawker, con todas sus falencias, fue una iniciativa revolucionaria y adelantada a su época, que prenunció lo que Twitter sería cinco años después.

Pero Peter Thiel lo destruyó.

Mi tesis, totalmente contrafactual y conjetural pero no del todo descabellada, es que si Thiel no hubiera destruido a Gawker, el ecosistema de los medios hoy sería muy diferente: el periodismo más o menos tradicional habría conservado ciertas barreras jurídicas y cierta habilidad de gatekeeping del discurso público, cosa que hoy ha perdido por completo o está a punto de perder.

Gonzalo López Martí
Gonzalo López Martíhttp://LopezMartiMiami.com
Gonzalo López Martí es es un hombre de la publicidad, el marketing y los medios. Ha trabajado para todo tipo de clientes: desde Coca-Cola hasta Burger King, FedEx, DHL, Chevrolet, Dell, el Partido Demócrata de EEUU y el PRI mexicano. Si bien inició su carrera en su Buenos Aires natal, los vientos profesionales le llevaron a Nueva York, Barcelona, Madrid, Ciudad de México y Miami, donde reside desde hace más de 20 años. En sus inicios fue periodista y sigue escribiendo columnas de vez en cuando.