Zonceras sobre la feria del libro de Buenos Aires

Todos los años escucho las mismas tonterías acerca de la Feria del Libro de Buenos Aires publicadas por gente supuestamente culta, lectora e inteligente. Todos los años me indigno en privado. Todos los años me prometo tomar nota de algunas cosas y este año voy a intentar hacerlo, a ver si el próximo no tengo que repetir lo mismo.

Soy lector. Creo que he leído todos los días desde que aprendí a leer. Era de los giles que leían libros en los recreos de la escuela mientras los compañeros jugaban al fútbol. Las librerías son como mi casa. En cualquier lugar del mundo donde entre en una (o en una disquería) es como si estuviera en una embajada de mi patria personal. No viajo mucho por el mundo, pero no hay semana donde no me meta en varias librerías, y no necesariamente por motivos laborales.

Un argumento que escucho seguido es el de que la Feria es para la gente que no lee. “¿Para qué voy a ir a la feria del libro si ya voy a la librería?”. Ante todo, alguien que sostiene tal cosa carece totalmente de imaginación, que es lo que se supone que la lectura estimula. Imagine usted la librería más grande del mundo. Calcule más o menos cuántos metros de estanterías pueden albergar. No hace falta hacer números precisos, pero figúrese en su mente cuánto espacio ocupa la planta de su librería mental. Ahora intente imaginar cuántas veces entraría ese plano en el de la feria del libro. No hace falta una mente desbocada para darse cuenta de que no hay librería del mundo que pueda albergar la cantidad de libros que entran en los miles de metros de estanterías y mesas de La Rural. Ya solamente por cantidad de oferta disponible, la feria es un paraíso para un lector.

Una idea derivada de esta falacia del habitué de librerías es que es innecesario ir, puesto que hoy puede uno conseguir lo que quiere de muchas maneras más sencillas. Una excusa que me causa casi ternura puesto que se trata de gente que piensa que sabe lo que quiere. Que conoce lo que existe y va al grano. Me pregunto cómo es que esos superhombres se enteran de las miles de novedades que se publican a cada rato, y ni hablar de las que ya se publicaron antes. A mí, que me dedico profesionalmente a trabajar con libros de temáticas específicas y sobre los que no se publica tanto como sobre otras, me cuesta mucho enterarme de todo lo que sale y me interesa. Y eso que me ocupo activamente de ello porque es parte, no solo de mis intereses personales, sino de mi trabajo. No hay día que no camine por la feria -y lo hago varias veces, sí- que no me sorprenda con libros que no conocía y que me interesan. Por las dudas, aclaro que pienso que descubrir libros desconocidos es uno de los grandes placeres de la vida del lector. Alguien que solo lee lo que ya sabe que quiere leer de antemano se está perdiendo de mucho y es un lector muy limitado. En la Argentina se publican cada vez más y mejores libros y es muy difícil enterarse.

Quizás el problema sea que quienes esgrimen estos argumentos no saben aprovechar la feria. Son los que solo pasean por los pasillos de los grandes grupos editoriales o de las librerías que dicen frecuentar. La feria del libro es mucho más que lo que llama la atención a los medios. A mí me molesta un poco cuando veo que la información más frecuente sobre la feria es “quiénes vienen”, lo que quiere decir, “qué famosos extranjeros” visitarán la feria para decir en un auditorio algo que seguramente preferíamos leer que escuchar en vivo, dudosamente traducido a las apuradas y rodeados de gente.

La feria es muy grande y muy variada y a mí me gusta ir por sus márgenes. Las editoriales menos conocidas, los stands de provincias, países o instituciones, los stands donde se agrupan muchas editoriales que no pueden pagarse un lugar a solas son los que yo prefiero. Ahí donde veo poca gente es adonde sé que voy a encontrar los mejores tesoros. Algunos colegas amigos se ríen de mí cuando me ven pasar con bolsas de ciertos stands carentes de todo prestigio o lustre, pero yo me río de ellos, que leen todos las mismas cosas que alguien determinó que había que leer entre copas de tequila y salchichas en las ferias de Frankfurt o Guadalajara. Ojo, no es que no vengan cosas muy valiosas de por allá, el problema es cuando limitamos nuestra dieta a una provisión tan acotada. Todos los años compro libros que nunca más vuelvo a encontrar después en ningún otro lado. Todos los años me arrepiento de dejar pasar oportunidades que después cuando voy a buscarlas ya no están disponibles.

“¡Hay demasiada gente!”, me dicen muchos amigos. Leer es, sobre todo, una actividad privada e íntima. Entiendo que puede haber una dimensión social de la lectura, del compartir, de la comunidad y bla bla bla, y no tengo problema con eso, pero desde hace varios siglos la lectura es algo que se hace en silencio y para uno mismo. Por eso las bibliotecas son lugares donde se supone que hay silencio (se suponía en realidad, porque las últimas veces que estuve yendo a algunas, mucha de la gente que trabaja allí o de la que va a “a estudiar” se la pasa de tertulia como si estuviera en el living de su casa o en un bar). Entonces, a los que tenemos el hábito de la lectura de libros no nos gustan las multitudes, aglomeramientos o largas filas para lo que sea.

Lo primero que respondo a eso es que quienes lo dicen cometen el error de ir un fin de semana por la tarde, generalmente el último fin de semana. A ellos les respondo en criollo: “jodansé”. Vayan un lunes, vayan tipo 19 hs, vayan los primeros días y los pasillos serán todos suyos. Insisto, donde haya gente amuchada, doblen para el otro lado, que estará libre. Los que más me divierten son los que hablan de los pasillos ínfimos por donde no se puede circular; son los que fueron por última vez a la feria en la década del ochenta, cuando se hacía en el Centro Municipal de Exposiciones. La feria es mucho más grande, amplia y transitable ahora. Ah, no pierdan el tiempo entrando por la calzada circular de Plaza Italia, en la Av. Santa Fe. Si no dan la vuelta y entran por Cerviño es porque en el fondo les gusta formar fila.

Una de las virtudes de la Feria es que pasan muchas cosas y medio que hay para todos los gustos. Pero para mí, la feria no es eventos culturales, conferencias, firmas de ejemplares, panchos caros, hacer fila, presentaciones de libros y todas esas cosas que se destacan en los medios. Yo prescindiría de todo eso si pudiera. Para mí la feria es ver y comprar libros de manera lujuriosa y descontrolada. No entiendo cómo gente que se dice lectora y culta no está aprovechando esa oportunidad cada año.

Leandro Donozo
Leandro Donozohttps://gourmetmusicalediciones.com/
Leandro Donozo nació en Buenos Aires en 1973. Cursó la carrera de Artes en la Universidad de Buenos Aires y participó en investigaciones y proyectos relacionados con bibliografía y documentación musical. Fue colaborador del New Grove Dictionary of Music and Musicians, co-director del Centro de Documentación e Investigación Musical de Buenos Aires (D.I.M.), miembro de la comisión directiva de la Asociación Argentina de Musicología y docente de la Licenciatura de Crítica de Artes de la Universidad Nacional de las Artes. En paralelo fue periodista en diversas revistas especializadas en música popular como Pelo, Generación X y La García, entre otras. Es autor de los libros Guía de revistas de música de la Argentina (1829-2007) y Diccionario bibliográfico de la música argentina. Desde 2005 es director de Gourmet Musical Ediciones.