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Adelanto de «Viaje al fin del Amazonas», de Silvina Heguy

9789873752520


Expansión agrícola, minería ilegal, gigantescas represas hidroeléctricas en medio de la selva virgen, explosión demográfica… Incendios y tala; ocupación de tierras y trata de personas; violencia. Desertificación. La feroz destrucción de la región amazónica extiende su amenaza a toda la superficie de la Tierra: lo que le pase influirá de manera decisiva en el equilibrio del planeta.

Mientras tanto, se cruzan allí buscadores de oro, traficantes de diamantes, aventureros, ladrones de tierras de guante blanco, pistoleros capaces de matar a una monja que recita el Evangelio, colonos desplazados con engaños, multinacionales, aborígenes corrompidos, perseguidos y asesinados, demasiadas promesas oficiales sin cumplir.

En esta crónica que llevó años de viajes por Brasil y una compleja investigación, la periodista Silvina Heguy no queda encandilada por la riqueza formidable del paisaje ni cae en la tentación derecrear las aventuras de los exploradores. Va más allá del verde deslumbrante y misterioso de la selva; viaja por rutas que fueron trazadas para la colonización; visita comunidades indígenas y a agricultores; recorre pueblos olvidados y otros bendecidos por el nuevo oro verde: la soja; navega por ríos que se quedaron sin peces; reconstruye el plan de la dictadura militar brasileña para la Amazonía, nunca desarticulado; descubre a los gauchos amazónicos y se acerca hasta la ilegalidad del extractivismo. En esa geografía solitaria y salvaje, revela con gran poder narrativo las complejas historias de quienes va encontrando en su camino. El resultado es denuncia y advertencia: sin importar a qué distancia estemos de la Amazonía, todo lo malo que le está ocurriendo terminará por afectar nuestras vidas.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Capítulo IX – La maldición del oro y de las polleras

Después de cerrar una tranquera precaria, única señal de algún tipo de límite en la selva, un par de monos pequeños y amarillos siguen a la camioneta como perros de campo que “despiden” a los visitantes. Lo hacen saltando de rama en rama y con pequeños aullidos. La salida del garimpo es igual de sorprendente que la entrada. Durante un trecho bastante largo, el camino es de suelo movedizo, como el de la mina, hasta que, por fin, se transforma en tierra sólida. El lugareño que hace de guía enumera cada elemento nuevo que aparece, sin detenerse. En un descampado ve lo que nadie: una ciudad. O el fantasma de una ciudad. Después de atravesar un pequeño arroyo, con sus costas corroídas por buscadores ilegales de oro, presenta una serie de edificios de los que ya no queda ni media pared.

“Ésta era la vía principal del pueblo. En los años setenta, cuando el oro valía en serio, esto estaba lleno de buscadores de oro. El pueblo no tenía descanso. Llegaban de todas partes. Había almacenes, casas, hoteles. Hasta aquí venían traficantes de todas partes del mundo”. Pero nada queda. La ciudad se levantó sobre la fragilidad pasajera de la fiebre del oro, y tal como se edificó, desapareció.

La búsqueda de oro es una maldición para la cuenca amazónica. Lo es desde su descubrimiento, cuando Diego Álvarez llegó hasta la costa de lo que hoy es San Salvador de Bahía. Detrás de la selva que se veía desde su barco, cualquier cosa podía existir. Para los habitantes de América, el oro venía del Sol y era un amuleto de protección; para los conquistadores, era parte del botín.

Movió también a Francisco de Orellana y a sus hombres cuando navegaron el Amazonas en 1542 y Gaspar de Carvajal alucinó a las mujeres guerreras que le recordaron los relatos de las amazonas griegas. Años más tarde, uno de los primeros piratas británicos que llegaron a América, Walter Raleigh, aseguraba que había hablado con hombres sin cabeza cuyos ojos lo miraban desde sus torsos, unas criaturas que ya habían sido imaginadas por William Shakespeare en Otelo y que seguramente le sirvieron de “inspiración” a Raleigh para su libro El descubrimiento del vasto,  rico y hermoso imperio de las Guayanas con un relato de la poderosa  y dorada ciudad de Manoa, obra que escribió tratando de tentar a los británicos con las riquezas de estas tierras. En sus páginas describe un lago de agua salada que durante el verano baja su nivel y deja al descubierto grandes pepitas de oro. Oro y selva es una unión constante. Todavía los científicos no logran ponerse de acuerdo sobre cómo llegó hasta ahí.

Existen varias teorías; una habla de una lluvia de meteoritos que la bañó hace tres mil ochocientos millones de años. De ser cierta, los pueblos originarios no estaban tan desacertados en atribuirle su origen al espacio exterior. Fue uno de los hijos que tuvo uno de esos primeros exploradores con una indígena quien ayudó a cimentar el mito de una ciudad bañada en oro en la selva amazónica. Su nombre era Muribeca, y “descubrió muchas minas, acumuló enormes cantidades de plata, oro y piedras preciosas, que eran trabajadas en forma tan espléndida por las hábiles tribus tapuyas, que hacía palidecer de envidia a los primeros colonos europeos”, escribió en su diario Percy Harrison Fawcett, el viajero y explorador de principios del siglo XX que inspiró algunas de las aventuras del personaje de ficción Indiana Jones. Fawcett aportó su grano de arena a la leyenda cuando anunció que había encontrado un documento de un explorador anterior, al que sólo identificó como Raposo, y que daba cuenta de la existencia de la ciudad perdida y rodeada de minas de minerales preciosos.

“El grupo se encontró viajando otra vez hacia el Este, hacia los poblados de la costa, desanimados por este peregrinaje sin fin y descorazonados por su fracaso en descubrir las minas perdidas. Raposo casi pensaba que eran sólo una leyenda, y sus compañeros ya habían decidido, hacía tiempo, que tales minas no existían. Habían caminado por pantanos y maniguas cuando aparecieron ante ellos montañas dentadas, más allá de una planicie verde interrumpida por estrechos cinturones de selvas. Raposo las describe poéticamente en su narración: ‘Parecían alcanzar las regiones etéreas y servir de ron al viento y a las estrellas’. Cualquiera que haya pasado meses en el monótono plano de las llanuras apreciará su rapsodia. Éstas no eran montañas comunes; a medida que el grupo se aproximó, los 0ancos parecieron estallar en llamas, porque había llovido y ahora el sol poniente se re0ejaba sobre las rocas húmedas, ricas en cristales y en cuarzo ligeramente opaco, tan común en esta región de Brasil. A los ansiosos exploradores les parecieron tachonadas de piedras preciosas. Torrentes saltaban de roca en roca, y sobre el pináculo de las montañas se formó un arco iris, como para indicar que a sus pies se encontraba un tesoro”.

El extenso documento que Fawcett juraba cierto le sirvió para asegurar que la ciudad perdida existía y que él sabía cómo encontrarla. Finalmente, era el último explorador de la era victoriana. El único capaz de sumergirse en la selva con un machete, un grupo pequeño de gente, un compás, sus papeles, y salir con un mapa preciso de su travesía con la única guía de las estrellas. Lo había hecho durante más de dos décadas, y sus encuentros con pueblos jamás vistos, sus tropiezos con cocodrilos, jaguares y boas de tamaños kilométricos, se transformaron en la materialización del imaginario de la época sobre el último terreno no explorado de la Tierra: la Amazonía. Nadie dudó entonces cuando salió a la búsqueda de aquella mítica ciudad a la que bautizó con la letra Z.

A su encuentro —el descubrimiento que, creía, sería el más importante del siglo XX— partió el 20 de abril de 1925 desde Cuiabá. Salió con la compañía de sólo dos hombres: su hijo mayor, Jack, y un amigo de éste, Raleigh Rimell. Inexpertos, jóvenes y sin vicios fueron las tres características que elogió de ellos para invitarlos al viaje. Si cualquier travesía por la selva sin senderos y sin instrumentos de precisión es difícil, en aquel momento lo era aún más. Pero Fawcett era un convencido de que las expediciones demasiado numerosas nunca llegaban lejos. Esta vez, no se sabe adónde llegó el viaje: los tres aventureros se desvanecieron sin dejar rastros. Su desaparición marcó el fin de una época: la de los expedicionarios solitarios que luchaban contra la selva. Pronto llegarían los aviones, las radios para transmitir y el dinero para financiar la exploración, que tampoco tendría el objetivo del descubrimiento de lo desconocido sino del hallazgo de más riqueza.

La ciudad Z no era más que otra versión de El Dorado, la ciudad de oro, que fue mutando y mudando en el territorio americano hasta convertirse en un espejismo que se re0ejaba en cualquier latitud. Ya despojada de todo halo de fantasía, su esencia se reaviva cuando el precio del mineral sube y olas de aventureros salen detrás de un rumor sobre el descubrimiento de una nueva veta dorada. El ciclo podría resumirse en una historia que se repite ante cada espasmo de entusiasmo por el metal.

Una noticia comienza a circular en la selva: una nueva veta de oro se descubrió en alguna parte, casi siempre de difícil acceso. Poco a poco llegan hasta allí los buscadores: como tantos otros, con la fantasía de ser nuevos millonarios. El garimpo se vuelve un lunar en el monte, son como pequeños hormigueros con túneles que van cavando los garimpeiros.

La estructura de una mina ilegal de oro no ha cambiado a pesar de los años. Apenas surge el rumor aparece, casi al mismo tiempo, un supuesto dueño, quien asegura tener documentos que demuestran que posee la concesión de la mina. Tala árboles y construye una pista ilegal pequeña para que aterricen y despeguen los aviones, que también él domina. Por ahí sale el oro y llegan los víveres y el combustible. La segunda línea de poder la forman los dueños de los pozos, que poseen máquinas para cavar y moler la piedra para separarla del oro. Ellos manejan también a los garimpeiros, por lo general, cinco o seis por pozo, que trabajan en el barro, buscando en el fondo del río o rompiendo la roca, con la amenaza permanente de contraer malaria. La mayoría usa mercurio para separar el metal de la piedra, con el cual, además de dejar una contaminación peligrosa en la selva, se intoxican. Al final del día, reciben un pequeño porcentaje de lo extraído. Pueden trabajar en turnos de veinticuatro horas por unos noventa dólares. Según consignan varias fuentes, los garimpeiros se llevan el treinta por ciento de la ganancia. No tienen demasiado margen para quejarse: saben que en el poblado que se armó cerca de la nueva mina hay muchos esperando entrar a buscar oro.

¿Adónde va el oro extraído ilegalmente? OjoPúblico, el medio periodístico peruano, realizó una extensa y valiosa investigación en el terreno y entre documentos encontrados en Lima. Fue en junio de 2015. Tras describir las rutas del tráfico de oro ilícito en Sudamérica, logró mostrar el rol de las compañías vinculadas a la asociación London Bullion Market —algunas de ellas certificadas como comerciantes de lingotes de alta calidad— en la destrucción de zonas como Huepetuhe y La Pampa, en Madre de Dios, Perú; del lecho de los ríos bolivianos Pando y Beni, que llegan hasta el Madeira, en la selva brasileña; en la selva del Caquetá y los bosques del Chocó, en el Pacífi- co de Colombia, así como en las montañas de Nambija, en la frontera ecuatoriana con Perú.

En la justicia peruana —según se desprende del informe— hay expedientes donde se investigan millonarias operaciones de estas corporaciones en la compra de oro amazónico realizadas con “jefes de la minería ilegal, acopiadores del crimen organizado, propietarios de exportadoras fantasmas y testaferros que fingen ser empresarios. Además, con traficantes de dinero y socios de casas de cambio, controvertidos inversionistas rusos y chinos, contrabandistas peruanos, bolivianos y brasileños, directivos de empresas en paraísos fiscales del Caribe y hasta personajes investigados por la DEA”.

A pesar de los años transcurridos, aún nadie encontró aquellas montañas tachonadas en piedras preciosas de las que habló Fawcett. Lo más parecido fue Serra Pelada, y nada tuvo de esa imagen soñada por cientos de exploradores. Desde Cuiabá, desde donde también partió Fawcett, hasta Curionópolis, la ciudad que se formó al costado de la mina más grande de oro a cielo abierto, hay casi dos mil kilómetros. La llegada a la meca del oro decepciona. Un rancherío precario rodea la parte más próspera de edificaciones de material, también sumergida en un semiabandono. Hasta ese lugar había llegado una invasión de buscadores de oro a principios de los años ochenta. El ya mítico yacimiento no fue descubierto por ningún explorador vestido para la aventura y con mapas secretos. Fue un geólogo del Departamento Nacional de Producción Mineral del Brasil quien, en 1976, encontró oro en esta parte del sur del Estado de Pará. El descubrimiento fue un secreto de Estado que duró poco. Al año siguiente, el rumor era tan fuerte que aparecieron los primeros buscadores de oro. En quince días llegaron cinco mil personas, cuentan las crónicas de la época.

En octubre, también de ese año, la Compañía Valle do Rio Doce, que ya se había hecho propietaria de los derechos para explotar el yacimiento, confirmó que en las sierras de los Carajás había oro. Ése fue el inicio de más olas de inmigrantes que coparon el yacimiento. La montaña soñada se transformó en un pozo gigante nunca antes imaginado. Los garimpeiros horadaron la tierra colorada en gradas cada vez más profundas. Se calcula que llegó a haber, colgados de sus paredes, cien mil hombres al mismo tiempo. A medida que el hoyo se profundizaba, el peligro aumentaba: si caía un minero, eran cientos los que lo acompañarían en un trágico efecto cadena.

El pico de extracción fue en 1983, cuando se sacaron casi catorce toneladas de oro. Con los años, la producción fue decayendo. En 1987 se produjo un levantamiento de los mineros, que pedían al Estado que se ocupara de hacer aún más profunda la excavación para poder buscar más oro. Los manifestantes cortaron rutas y un puente. La represión policial mató a más de sesenta mineros. Las condiciones de trabajo eran de esclavitud. Las imágenes tomadas por el fotógrafo Sebastián Salgado muestran la magnitud del horror. Los hombres-hormiga cargaban rocas en bolsas de unos treinta kilos y las subían por escaleras precarias enganchadas a las paredes. A lo largo del día llevaban en promedio novecientos kilos. Lo hacían siguiendo la fila con otros cientos por delante y por detrás. Cada tanto, un policía armado los vigilaba. Los garimpeiros llegaban a la superficie y depositaban la bolsa en un camión. Un operario dejaba registrada en un cuaderno la carga, y en una tira de papel que tenía el garimpeiro dibuja un palito. En 1983, cada bolsa era el equivalente a 400 dólares actuales.

Hasta mediados de 2015 —cuando murió—, era normal ver por las calles de tierra de Curionópolis a “Indio”. José Mariano dos Santos rondaba los 60 años y era la materialización del sueño dorado de cualquier garimpeiro. En los primeros meses de Sierra Pelada había encontrado 411 kilos de oro puro. Lo vendió rápidamente y escondió el dinero en varias bolsas en su ropero. Tenía 27 años, era analfabeto y millonario. Lo primero que hizo fue contratar un Boeing 737 para seguir a una chica hasta Río de Janeiro, y pasó dos meses con ella en el hotel Copacabana Palace, el cinco estrellas sobre la vereda tropical. Después compró trece autos y once casas. Cuando murió, estaban todas derruidas, como el pueblo donde se transformó en leyenda. Vivía como los que quedaron ahí, sumergido en la pobreza y con la esperanza de que alguna vez volviera la fiebre del oro, aunque, al contrario que el resto, se jactaba de que todavía tenía algo de plata de su golpe de suerte: le alcanzaba para comprar whisky.

Pero no todos lograron reunir un capital, aunque fuera para dilapidar. Alrededor de la mina rápidamente se tejieron redes de contrabando en las que, además del mineral extraído, se movían drogas, mujeres y hasta animales exóticos. El descontrol durante el auge de Sierra Pelada era tal que el gobierno federal envió al comandante Sebastião “Curió” Rodrigues de Moura a implantar la ley seca. Las drogas, el juego y la prostitución quedaron prohibidos en el pueblo. Para evitar el contrabando, el Estado se transformó en el único que podía comprar el oro hallado. El metal, dice la ley brasileña, pertenece a quien lo encuentra y no al dueño del yacimiento. Aun así, se estima que la mayoría del oro encontrado fue contrabandeado por intermediarios, y los garimpeiros no tuvieron grandes ganancias.

En 1992 directamente se prohibió la extracción manual de oro en Sierra Pelada. De la montaña ya no existía nada; sólo un cráter abandonado que se llenó de agua. Se calcula que en esos años se extrajeron cuarenta y dos toneladas de oro de forma legal en la que había sido la mina de oro a cielo abierto más grande del planeta. Una vez que todo desapareció, el efecto del tan ansiado descubrimiento, además de la huella en la tierra, dejó contaminación. Los análisis médicos hechos a los Kayapó, la etnia que vive en la zona, mostraron que el veinticinco por ciento de ellos tenía una cantidad letal de mercurio en su sangre.

El oro siguió debajo de la tierra. En 2007, la empresa canadiense Colossus Minerals logró los permisos de explotación. En los ocho años posteriores intentó poner la mina en funcionamiento con nuevas maquinarias. Estiman que gastó trescientos millones de dólares. Pero el plan tenía un aspecto macabro: aplastarían con topadoras la aldea en la que aún vivían seis mil personas. La minera había firmado un acuerdo con la cooperativa de buscadores de oro del lugar, COOMIGASP, y ambas comenzaron a ser investigadas por esa asociación. Según los fiscales, la canadiense transfirió a las cuentas privadas de los principales líderes de los garimpeiros dieciséis millones de dólares. Sin aviso, en 2010, la cooperativa reformuló el contrato con la minera y le dio una participación del setenta y cinco por ciento. “No hubo ninguna explicación convincente para la reducción” de la participación del COOMIGASP, señalaron los fiscales federales que trabajaron la causa. “Se valieron de trucos astutos y el mal uso de los fondos sindicales” para intimidar a los garimpeiros “humildes y sin educación” para que aprobaran el contrato, dijeron. “Es muy extraño que una compañía como Colossus deposite dinero en cuentas personales”, insistió el fiscal Hélio Rubens en declaraciones a la prensa. “Cualquier empresa sabe que este dinero debe ser depositado en la cuenta oficial”.

En 2013, Colossus anunció que se había quedado sin dinero. Al año siguiente, presentó la quiebra en Canadá. En Curionópolis vieron salir a los empleados canadienses una tarde para no volver. Dejaron la mayoría de los documentos y las maquinarias.

La inestabilidad de la fiebre del oro volvió a sembrar la incertidumbre en el pueblo. Pero bajo la tierra siguen existiendo por lo menos cincuenta toneladas de oro, de las trescientas sesenta que originalmente había. Voluntarios vigilan la mina. La naturaleza cíclica de la codicia por el oro se mantiene y puede reavivarse en cualquier momento: una empresa japonesa está negociando con la cooperativa para operar la mina. Sierra Pelada no es la única zona en la mira de los buscadores de oro. Cuando en 1990, y por la presión internacional, el ex presidente Fernando Collor de Mello firmó el decreto que les dio sus tierras a los Yanomami, cuentan que las mujeres realizaron una ceremonia: quemaron las polleras que llevaban puestas. El fuego se llevó el símbolo del abuso sexual. Se las habían dado los buscadores de oro que habían invadido sus tierras y abusado de ellas. Con la nueva demarcación, el gobierno federal brasileño se comprometía a echarlos de la reserva. Los Yanomami —“famosos” por los polémicos estudios de Chagnon— abarcan tres grupos, los sanumá, yanomam y yanam, que viven en los Estados brasileños de Amazonas y Roraima y también en el Estado Amazonas, en Venezuela. Muchos de ellos nunca han sido contactados, y la FUNAI los vigila mediante sobrevuelos con sus avionetas desde la década de 1970. A partir de 2014 han detectado la presencia de buscadores de oro ilegales en las tierras protegidas. El gobierno brasileño —mediante denuncias— ha alertado amenazas sobre una aldea en especial, identificada como Moxihatetea. Desde el aire, habían detectado unos ochenta indígenas que no tenían contacto con otros grupos de su etnia. El 18 de diciembre de 2014, según consta en los registros, la gran casa comunitaria estaba vacía. La hipótesis es que habían sido asesinados o que habían huido. A unos treinta kilómetros, en esta parte de la Amazonía brasileña que pertenece al Estado de Roraima, vieron a dos garimpeiros buscar oro. Según la FUNAI, hay unos treinta mil buscadores de oro en la reserva de 9,6 millones de hectáreas. La fiebre del oro ha vuelto a enfermar la selva y a su gente. En aquel vuelo también detectaron ocho botes sobre el río preparados para sacar oro, además de tres pistas ilegales de aterrizaje. Se estima que cada embarcación llega a sacar hasta tres kilos de oro por mes: esos ocho podrían haber extraído de la selva mineral por 4,3 millones de dólares mensuales. El equipo de vigilancia es insuficiente contra semejante operativo ilegal, reconocieron los mismos funcionarios en las notas de prensa. El 18 de diciembre de 2014 —en aquel sobrevuelo— además lograron ver un grupo de quince mujeres no contactadas. La mayoría iba semidesnuda, como es su costumbre. Salvo una adolescente, que llevaba un corpiño de algodón negro y una pollera de varios colores de una tienda brasileña.

Viaje al fin del Amazonas
¿Cuáles serán las consecuencias para la humanidad si el mayor espacio virgen del planeta no logra protegerse y superar el peligro de extinción por la desforestación causada por la soja transgénica, la minería y las centrales hidroeléctricas?
Publicada por: Debate
Fecha de publicación: 09/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 9789873752520
Disponible en:Libro de bolsillo