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Introducción a la Bulimia Cultural

Nunca leí tanto como ahora. Nunca vi tantas horas de películas y tv. Escuché más música que cualquier otro año de mi vida. Y mucho de lo que leí, vi y escuché en este último tiempo tiene más calidad que mis consumos culturales anteriores.


Es que tenemos a nuestra disposición toda la historia y la geografía de la cultura. Es demasiado fácil de obtener, diverso y barato como para resistirse. Y ese es el gran problema. ¿Los síntomas? Estar escuchando un buen disco y desear que termine para empezar a escuchar otro. Que resulte cada vez más difícil recordar dónde leímos algo (¿online? ¿en un libro? ¿en el diario? ¿en una revista?). Grabar programas de tv y no tener tiempo para verlos. Tener la “desgracia” de encontrar una radio online perfecta y apagarla con la sensación de que nos estamos perdiendo lo que va a venir.

El arte efímero de Marta Minujin hecho norma. Antes releíamos libros, escuchábamos un disco decenas de veces. Ahora bajamos un MP3, lo escuchamos y lo borramos o lo sepultamos en el disco rígido en busca de más. Salvo por los libros con un valor afectivo en nuestras vidas, ¿para qué seguimos teniendo bibliotecas?

Escribí esto hace poco más de una década. Bauticé a esta conducta «Bulimia cultural» (no encuentro otras referencias anteriores a ese post). Y desde entonces el párrafo inicial podría leerse año tras año y siempre sería verdad.

En ese mayo de 2006 nos sentíamos abrumados, pero Spotify, YouTube o Netflix eran promesas o ni existían. Las mayoría veía las series en el cable y la palabra «booktuber» no había sido acuñada. Había televisores, equipos de audio y monitores, pero los teléfonos eran para hablar, no para ver largometrajes en el inodoro o musicalizar nuestros viajes con una discoteca infinita. Se hablaba de «zapping», pero no de «bingewatching», su contracara reciente. Si un libro estaba agotado o no se había editado en el país, nos resignábamos: ahora terminamos consiguiendo, probablemente gratis, su versión para Kindle. Lejos de que un soporte ceda su lugar a otro, parece haber lugar para todos.

Con el mismo tiempo que teníamos hace diez años (o probablemente menos) y mucho, pero mucho más contenido a nuestra disposición. ¿Cómo nos curamos de la asfixiante bulimia cultural?

No parece haber solución lógica: restringiremos nuestro consumo, con el sentimiento de que nos estamos perdiendo cosas que valdría la pena leer, ver o escuchar.

Pero desde este espacio queremos aportar una cuota de optimismo. Hay alternativas y queremos contarlas. De nada sirve que sumemos otra lectura (esta) para «cuando tenga un rato» si lo que vamos a proponer no le sirve al bulímico cultural para que su relación con los bienes culturales mejore. Queremos dar consejos, técnicas y recursos prácticos para aprender a seleccionar lo que vale la pena. Que para cada persona será diferente.

Bienvenido a Bulímicos Culturales Anónimos: «El primer paso es admitir nuestra impotencia frente a los lanzamientos del mes y reconocer que nuestras horas de ocio nunca serán suficientes».

Los esperamos la próxima semana.